Familia y Educación

Un hito decisivo en el desarrollo personal

Publicado en Adolescencia y juventud.

Pedagogos y psicólogos eminentes suelen decir que, cuando un joven descubre en qué consiste la auténtica libertad, está básicamente formado. De ahí la necesidad de que tengan una idea precisa de lo que significa e implica la libertad humana. Pero este tema puede plantearse desde diversas perspectivas. Hoy adoptaré la perspectiva pedagógica. Haré el ensayo de exponer a unos jóvenes de cultura media las distintas formas de libertad que podemos ejercitar los seres humanos y de qué modo podemos lograr esa alta cota que supone la libertad creativa o libertad interior. Para ello se necesita poner en juego una “mirada profunda”, que debemos ir adquiriendo a medida que ascendemos de nivel de realidad. Por eso comenzaré por la descripción de las formas más elementales de libertad -elementales en sentido de “básicas"-, e iré ascendiendo hasta las formas más elevadas y perfectas.

Se cuenta que, en los días anteriores a la guerra civil norteamericana, dos hombres pujaban, en una subasta, por conseguir la posesión de una joven negra muy bella. El uno era de temple sereno; el otro, iracundo. Al final, ganó el primero, y el antiguo dueño le transmitió los documentos de propiedad y le entregó a la joven de un empujón. Ella miró con odio a su nuevo amo. Éste se mantuvo en silencio durante unos instantes. Luego se acercó a la joven y le dio los documentos, al tiempo que le decía: “Eres libre; puedes irte”. La joven se quedó perpleja. Luego le dijo, conmovida: “Pues no me voy; me quedaré a servirle, pero no por obligación… sino por amor”. Ante la bondad inesperada de su nuevo dueño, la desventurada mujer cambió el resentimiento por la aceptación amorosa, interiorizó el deber de servirle y subió de un golpe a los niveles 2 y 3, en los que se viven los grandes valores de la unidad y la bondad. Tal cambio significó el ascenso desde el nivel -2, en el que se hallaba, al nivel 3. El logro de esta forma elevada de libertad sucedió aquí súbitamente. De ordinario, requiere todo un proceso

Vamos a ver genéticamente, como si lo estuviéramos descubriendo por primera vez, a través de qué proceso logramos un tipo de libertad tan elevado que se ajusta plenamente a nuestra dignidad de personas.

I Cinco formas primarias de libertad

1. La libertad de ejercitar las potencias fisiológicas

La primera forma de libertad que desea ejercitar el ser humano es la libertad de movimiento. El bebé, en la cuna, mueve sus extremidades constantemente y se sentiría muy frustrado si no pudiera hacerlo. Más adelante, a medida que pone en forma sus potencias -moverse, ver, oír, tocar, pensar, recordar, querer…-, el niño tiende a ejercitarlas con avidez.

En cambio, el paralítico se ve trabado, incapaz de dar rienda suelta a su afán de caminar, desplegar energías, tomar iniciativas… No se siente libre, y su estado de postración le duele en lo más hondo. Le falla la vida en su misma raíz, pues la libertad de ejercitar las potencias fisiológicas está enraizada en las bases mismas del propio ser.

2. La libertad de ejercitar estas potencias en todo tiempo y lugar

La libertad de movimiento necesita, para desplegarse plenamente, un campo de libre juego, un espacio en el que moverse y trazar diversos proyectos: viajar, entablar relaciones, establecer la residencia... Si carece de este tipo de libertad, el hombre ve limitada hasta la asfixia su capacidad de desplazarse y realizar sus planes. De ahí la angustia del encarcelado, que tiene libertad para ejercitar sus potencias naturales, si tiene buena salud, pero no puede hacerlo donde y cuando quiere. Por eso siente la cárcel como un encierro asfixiante, pues reprime una de sus tendencias naturales. Su deseo de liberación es, en cierta medida, semejante al del minusválido. Aunque la prisión sea amplia y confortable, la imposibilidad de planificar sus movimientos le produce una sensación de ahogo, afín al del asmático que se ve rodeado de aire por todas partes pero no puede aspirarlo. Al prisionero le sucede esto respecto al espacio. Recordemos la patética estampa de los presos saliendo del calabozo a la luz del día, escena que inmortalizó Beethoven, paladín de la libertad, en su genial ópera Fidelio.


3. La libertad de moverse en la sociedad con un mínimo desahogo económico

El que puede moverse sin trabas en un medio social que ofrece múltiples posibilidades de diverso orden pero no puede asumirlas por carecer de medios económicos adecuados se siente privado de libertad, libertad real de elección. Nuestra primera forma de libertad viene dada por la capacidad de ejercitar, sin traba alguna, nuestras potencias (andar, ver, oír, hablar, pensar, diseñar proyectos de todo orden...), pero el ejercicio de las potencias no es fecundo si no contamos con posibilidades, que suelen ir unidas al desahogo económico. Leonardo da Vinci estuvo dotado de potencias extraordinarias –inteligencia, imaginación creadora, poder inventivo…-, pero no pudo satisfacer su ansia de volar, porque su sociedad carecía de posibilidades para ello: conocimientos científicos y técnicos, recursos económicos, planes políticos... La falta de posibilidades supone para el hombre una merma de libertad. De ahí que pasar de la penuria económica a la holgura suponga una liberación.

Para sentirse libre, debe uno contar con posibilidades diversas entre las que poder elegir. Por eso los niños y los jóvenes suelen considerarse muy libres cuando disponen de numerosas posibilidades y pueden elegir las que desean. El gobernante que ofrece esta libertad de maniobra a los ciudadanos es considerado a menudo como un liberador, un promotor de la libertad. ¿Es ésta una valoración justa? En un aspecto sí; en otro, no, pues poder elegir entre muchas posibilidades no equivale todavía a ser libre interiormente. Es sólo una condición para ello, como lo es el ejercicio expedito de las propias potencias –ver, oír, andar…-.


4. La libertad de manejar todo tipo de objetos, utensilios, artefactos…

El ejercicio de las propias potencias gana en eficacia cuando nos valemos de ciertos utensilios y artefactos. Uno se siente dotado de autoestima, se ve dotado de cierto poder cuando maneja, por ejemplo, un coche de cierta cilindrada. Cuando uno se pone al timón de un balandro y navega a favor de viento se siente lleno de poderío. Se ve inmerso en una trama de fuerzas que confluyen –la técnica naval, las fuerzas naturales, el arte de navegar- y hacen posible un acontecimiento exitoso: surcar el mar con potencia, facilidad y elegancia.

5. La libertad de proponerse alguna meta o finalidad al realizar movimientos y acciones.

Supongamos que me he liberado de toda suerte de trabas fisiológicas y sociales, y puedo moverme, hacer planes, relacionarme a mi arbitrio con otras gentes. Dispongo de absoluta libertad de maniobra. Siento satisfacción al poder elegir, pero me vería frustrado, por falta de libertad para trazar mi vida y darle sentido, si no soy capaz de orientar mis movimientos y mis actividades a metas concretas y adecuadas.
Estas cinco formas de libertad constituyen la “libertad de maniobra” o libertad de movimiento y acción.

II. Límites de estas cinco formas de libertad elemental

Estas formas de libertad primaria podemos verlas muy amenguadas o, incluso, anuladas por diversas circunstancias ajenas a nuestra voluntad:


1. La enfermedad entorpece nuestra libertad de movimientos.

2. La reclusión limita nuestra libertad de movimiento a ciertos lugares y tiempos.
3. La penuria económica nos impide realizar los desplazamientos que deseamos llevar a cabo.

4. La libertad de movernos con la sensación de poderío que nos dan los artefactos se ve limitada por las normas de circulación.

5. La libertad de perseguir ciertas metas en cada momento es anulada cuando, en casos excepcionales, la meta nos viene fijada por la sociedad. Al llamarlo a filas, en 1939, a Mattieu -protagonista de la obra de Jean Paul Sartre El aplazamiento- lo destinaron a donde no quería ir, y desertó para ser totalmente libre. Pero sintió que era muy libre para nada, y se vio andando por un astro muerto. Era una libertad vacía.

Esta limitación de nuestra libertad de maniobra se nos hace especialmente dura, pues achica el horizonte de nuestras posibilidades de desarrollo si no somos capaces de elevarnos a un modo superior de libertad, que sustituya con creces a la libertad de maniobra. Esta nueva forma de libertad no nos viene dada por la naturaleza de modo espontáneo y patente. Debemos descubrirla y, en parte, promoverla. No basta que alguien nos hable de que existe. Necesitamos sacarla nosotros a la luz, ponerla en forma como se pone el arte de tocar el piano. El gran filósofo alemán J. A. Fichte indica al lector de una de sus obras que procure descubrir por sí mismo lo que él le dé a conocer. De lo contrario, se quedará fuera del mensaje recibido:

“Todo lo que se puede hacer ahora por ti -escribe- es guiarte para que encuentres la verdad, y a esa dirección se reduce lo que una enseñanza filosófica puede aportar. Pero siempre se presupone que eso hacia lo que el otro te conduce lo poseas de veras interiormente tú mismo, y lo mires y contemples. De no hacerlo, oirías narrar una experiencia ajena, de ningún modo la tuya (...)”. (Cf. Sonnenklarer Bericht an das grössere Publikum über das eigentliche Wesen der neuesten Philosophie, en Fichtes Werke, Walter de Gruyter, Berlin 1971, p. 337).

Si no vibramos personalmente con las realidades que vamos descubriendo -por iniciativa propia o por sugerencia ajena-, no nos haremos cargo de la grandeza que albergan, no sentiremos la íntima emoción que produce lo valioso y no convertiremos el saber en un principio de excelencia personal.


III. Cómo superar los límites de la libertad por vía de elevación

Para ello debemos vivir una serie de descubrimientos encadenados:

1. Descubrimiento de las realidades abiertas o "ámbitos"

Un fajo de papel pautado que se halla en una papelería es un objeto, una realidad delimitable, pesable, asible, situable en un lugar o en otro. Si escribo en él una composición musical, transformo el fajo de papel en una partitura; convierto un objeto en un “ámbito”, una realidad abierta, porque me ofrece la posibilidad de conocer una obra musical. Por ser abierta, la denomino “ámbito”. El fajo de papel es mío, lo poseo, puedo utilizarlo para cualquier fin: escribir en él, abanicarme, encender una estufa... Convengamos en que pertenece al nivel 1. En el nivel 1 (el de los objetos), nuestra actitud es de dominio, manejo y disfrute. Tomamos los objetos como medios para nuestros fines.
Si ese fajo de papel es convertido en partitura, y la tomo como guía para interpretar la obra expresada en ella, debo respetarla al máximo, colaborar con ella, serle fiel, ajustar mi acción a las normas que ella me da. Mi actitud ha de ser de respeto, estima y colaboración. Estamos en el nivel 2. Hemos transformado una realidad y cambiado nuestra actitud respecto a ella. Con ellos nos hemos liberado del apego al dominio y posesión de objetos-, hemos convertido la libertad de maniobra en libertad creativa y hemos ganado un modo más valioso de relación con una realidad del entorno.


2. Descubrimiento de las experiencias reversibles

Algo semejante sucede con una declamación poética. Alguien me habla de un poema que figura en un libro. Es para mí algo que está ahí. Sé que es una obra literaria, pero no me preocupo de asumir las posibilidades que me ofrece y darle vida; la tomo como una realidad más de mi entorno, y queda situada en mi mente al lado de las mesas, las plumas, el ordenador, los libros... El poema lo considero, en este momento, casi como un objeto, una realidad que se halla en mi entorno pero no se relaciona conmigo activamente, ni yo con él. Está a mi lado, pero alejado, al modo de las realidades cerradas u objetos. Pero un día abro el libro y aprendo el poema de memoria, es decir, “de corazón” -como dicen expresivamente los franceses e ingleses-, porque asumo las posibilidades estéticas que alberga, y lo declamo creativamente, dándole el tipo de vida que el autor quiso otorgarle. En ese momento, el poema actúa sobre mí, me nutre espiritualmente, y yo configuro el poema, le doy el ritmo debido, le otorgo vibración humana, lo doto de un cuerpo sonoro. Esa experiencia de declamación no es meramente “lineal”; no actúo yo solo en ella. Es una experiencia reversible, bidireccional, porque ambos nos influimos mutuamente: El poema influye sobre mí y yo sobre el poema. Fijémonos en los cambios realizados.

• Cambió el poema (pasó de ser algo ajeno a mí a constituirse en principio interno de mi actuación);

• cambió mi actitud respecto a él (pasó de ser pasiva a ser colaboradora);
• cambió el tipo de experiencia realizada (pasó de lineal a reversible),
• y surgió una forma nueva, maravillosa, de unión con el poema: la unión de intimidad. Antes de entrar en relación con el poema, éste era distinto de mí, distante, externo, extraño, ajeno. Al asumir sus posibilidades estéticas y declamarlo, se me vuelve íntimo, sin dejar de ser distinto, pues nada nos es más íntimo que aquello que nos impulsa a actuar y da sentido a nuestra actividad. De esta forma, el poema deja de estar fuera de mí, en un lugar exterior a mí. Él y yo formamos un mismo campo de juego. En eso consiste ser íntimos. La unión de intimidad sólo es posible en el nivel 2, el de la creatividad. Esta transfiguración de lo externo, extraño y ajeno en íntimo da lugar a una forma eminente de unión. Ningún tipo de unión con un objeto alcanza el carácter entrañable que adquirimos al formar un campo de juego con una realidad abierta, que nos ofrece posibilidades creativas.
Al asumir fielmente las posibilidades que me ofrece un poema, me atengo a él, le soy fiel, lo tomo como una norma que me guía, y justamente entonces me siento inmensamente libre, libre para crearlo de nuevo, darle vida, llevarlo a su máximo grado de expresividad. Fijémonos en el modo de transfiguración y liberación que se opera aquí: los términos libertad y norma son entendidos de modo tan profundo que dejan de oponerse entre sí y pasan a complementarse. En el nivel 2, la libertad que cuenta es la libertad creativa. La norma que nos interesa es la que procede de alguien que tiene autoridad, es decir, capacidad de promocionar nuestra vida en algún aspecto (1). Un declamador literario, un intérprete musical, un actor de teatro... se sienten tanto más libres cuanto más fieles son a los textos literarios y a las partituras musicales. Cuando actuamos creativamente, es decir, cuando asumimos de forma activa las posibilidades que nos da una obra -literaria, musical, coreográfica, teatral...- convertimos el dilema “libertad-norma” en un contraste enriquecedor. La relación sumisa de la libertad con la norma se transforma, en el nivel 2, en una relación de liberación y enriquecimiento: la norma, asumida como una fuente fecunda de posibilidades, me libera del apego a mi capricho, a mi afán de hacer lo que me apetezca. Amengua, con ello, mi libertad de maniobra, pero incrementa mi libertad interior o libertad creativa, libertad para crecer como persona asumiendo normas enriquecedoras. No olvidemos este dato: toda transfiguración va vinculada con una liberación y una ganancia. Me libero del apego al dominio de realidades propio de la libertad de maniobra, y gano una forma de libertad creativa que me permite unirme más estrechamente a las realidades que trato. La falta de “libertad creativa” achica nuestro horizonte personal, nuestro campo de posibilidades creativas, y deja vacía nuestra “libertad de maniobra”. Somos libres para hacer lo que queramos en un nivel, pero, en un nivel superior, no sabemos qué hacer en orden a llenar nuestra vida de sentido mediante el encuentro.

3. Descubrimiento del encuentro

Este segundo descubrimiento –el de las experiencias reversibles- es muy prometedor porque nos abre inmensas posibilidades de relación con las realidades más valiosas de nuestro entorno y hace posible el acontecimiento más importante de nuestra vida: el encuentro. Ahora sí podemos descubrir por dentro lo que significa encontrarse. Encontrarse no se reduce a estar cerca. Significa unirse de tal forma que se crea un campo de juego común, un espacio de enriquecimiento mutuo. Al recibir cada uno activamente las posibilidades creativas que el otro le ofrece –por su condición de “realidad abierta”, crean un tipo de unión muy elevado y superan la escisión entre el dentro y el fuera, lo interior y lo exterior. Si me encuentro contigo, tú no estás fuera de mí ni yo de ti; estamos en el campo de juego que hemos creado y que dinamiza nuestra actividad y le da pleno sentido.
Esta capacidad creativa surge cuando cumplimos las condiciones del encuentro: la generosidad, la apertura veraz, la confianza, la fidelidad, la paciencia, la comunicación cordial… Estas condiciones se denominan valores, porque colaboran a nuestro desarrollo personal. Al ser asumidas por nosotros como principios internos de actuación, tales valores se denominan virtudes, es decir –según su origen latino- capacidades para el encuentro.

Si adoptamos estas actitudes virtuosas y tenemos la suerte de hallar otra persona que se comporte de igual forma, nos encontramos en sentido fuerte, y experimentamos los frutos del encuentro: energía interior, alegría, entusiasmo, plenitud y felicidad, sentimiento que se traduce en paz y amparo interiores, así como en gozo festivo o júbilo. Entonces realizamos la experiencia decisiva de nuestra vida: descubrimos que el ideal de nuestra vida es el encuentro, o, dicho de forma más amplia, la creación de las formas más elevadas de unidad, valor que va unido internamente con el de la bondad, la verdad, la justicia, la belleza.


4. Descubrimiento de la libertad creativa y sus diversas formas

El ideal de la unidad no es una mera idea; es una idea motriz, dinamizadora. Ejerce en nuestra vida un papel determinante, como sucede con la clave en una partitura: determina el sentido de todas las notas, de forma que, si cambiamos la clave, las notas cobran un sentido distinto. De modo semejante, si oriento la vida hacia el ideal de la unidad –o ideal del encuentro-, visto con toda su potencia configuradora, realizo siete transformaciones, que elevan mi vida a un nivel de excelencia.


• La “libertad de maniobra” se transforma en “libertad creativa”.
• La vida anodina se colma de sentido.
• La vida pasiva se vuelve creativa.
• La vida cerrada se torna relacional.
• El lenguaje pasa de ser mero medio de comunicación a vehículo viviente del encuentro.
• La vida temeraria –entregada al vértigo- se torna prudente –inspirada por el ideal de la unidad-.
• La entrega al frenesí de la pasión se trueca en amor personal.


Al ejercitar la libertad creativa –tema que hoy nos ocupa-, descubrimos en ella diversos planos de perfección. Si elijo en virtud del ideal de la unidad, actúo con libertad creativa. Por ejemplo, doy palabra de dar una conferencia a unos jóvenes, y voy a darla aunque me encuentre cansado y hubiera preferido quedarme en casa o dar un paseo. Decido ir porque he optado por el ideal generoso de la unidad, no del ideal egoísta de satisfacer mis gustos. Pero supongamos que cumplo mi palabra de crear una relación de encuentro con esos jóvenes porque pienso que la sociedad considera la lealtad como un deber. Al elegir en virtud de un deber externo a mí, soy libre interiormente, pero en grado elemental. Si interiorizo ese deber, y lo cumplo por amor al ideal de la unidad, mi libertad interior gana en calidad. Finalmente, si ese amor se vuelve incondicional, totalmente desinteresado, mi libertad alcanza un grado sorprendente de perfección.

En el horror de un campo de concentración, un padre de familia está a punto de ingresar en un calabozo para morir allí de extenuación, y rompe a llorar. Uno de los prisioneros –el número 16.670, de nombre Maximiliano Kolbe- se adelanta y se ofrece para entrar en su lugar. Esta libertad interior frente al propio instinto de conservación sólo es posible cuando uno ha interiorizado de tal modo el ideal de la unidad que todos los demás valores –incluido el de la propia vida- quedan fecundamente supeditados a él. Hace falta una capacidad sobrehumana de despego de sí mismo, de distanciamiento respecto a la propia situación adversa para desbordar el presente y situarse en el punto de vista del puro amor, del amor que, incluso en una situación límite, consagra las últimas fuerzas a restaurar la unidad que los enemigos están desgarrando de forma implacable. Esta identificación con el amor absoluto, incondicional, marca el momento cumbre de la libertad humana.
En las descripciones anteriores queda patente que, si seguimos el proceso de crecimiento personal, adquirimos formas nuevas y más elevadas de libertad, superando las inferiores sin el menor trauma.


IV. Consecuencias de esta forma elevada de libertad

1. Nos vuelve responsables

Cuando conseguimos que los grandes valores –con el valor ideal en la cima-, se nos vuelvan íntimos, aun siendo distintos, damos un paso de gigante hacia nuestra madurez personal, porque esa intimidad indica que respondimos positivamente a la apelación de tales valores y nos hicimos responsables. Ser responsables significa, en principio, prestar suma atención a cuanto encierra valor y nos invita a que lo asumamos y realicemos. Nos invita en cuanto nos ofrece posibilidades para actuar de modo creativo, fundando relaciones cordiales, bondadosas, justas, bellas. Si asumimos activamente esas posibilidades, participamos activamente en la realidad valiosa que nos las ofrece. Ese tipo de respuesta participativa es la quintaesencia de la verdadera libertad. Sólo este tipo de libertad nos permite alcanzar la meta que corresponde a nuestro ser y a la que nos vemos llamados. Ahora advertimos con claridad que el grado máximo de libertad lo alcanzamos cuando somos plenamente responsables, porque nos liberamos del egoísmo individualista y respondemos activamente a la llamada de los más altos valores.


Esta forma de altísima libertad la rehuimos, con frecuencia, porque no tenemos el coraje de aceptar responsablemente todo lo que somos y estamos llamados a ser. Grabemos bien esta idea decisiva: Ser responsable indica responder positivamente a los valores que me apelan y responder de las consecuencias de tal respuesta. Si asumo activamente estas posibilidades valiosas, actúo responsablemente y me hago responsable del resultado de mis acciones. Primero, respondo a un valor; segundo, respondo de las consecuencias de haberlo asumido. Son las dos formas de respuesta que dan a nuestra libertad creativa toda su fecundidad.


Ahora descubrimos que nuestra libertad creativa es tanto más elevada cuanto más excelente es el valor al que respondemos. Si respondemos positivamente al valor más alto –la unidad que funda con los demás el que está dispuesto a dar la vida por amigos y enemigos-, conseguimos una forma de libertad perfecta, que parece superar las fuerzas humanas.

2. Nos libera del desconcierto intelectual

La libertad creativa permite al hombre ser muy receptivo a cuanto encierra auténtico valor y, al mismo tiempo, actuar con total autonomía frente a cualquier intromisión manipuladora. La manipulación puede ser externa (prejuicios y malentendidos consagrados por los medios de comunicación, empobrecimiento injustificado de la vida personal, tergiversación del lenguaje...) o interna (primacía de las energías pulsionales sobre las espirituales; exaltación de los procesos de vértigo por lo que encierran de halago…).


Al inmunizarnos, al menos en cierta medida, contra la manipulación, nos liberamos de multitud de riesgos: los de confundir la libertad creativa con las libertades para entregarnos al vértigo, el entusiasmo con la euforia, la autonomía personal con la ruptura del vínculo que nos une a los valores, la exaltación que produce la entrega a una experiencia de fusión seductora con la exultación suscitada por un encuentro personal...

3. Nos permite recuperar la energía creativa

Esta múltiple liberación espiritual nos dispone para cumplir, una a una, las diversas exigencias del encuentro y desarrollarnos plenamente como personas. Lograr este desarrollo es la única forma verdadera de vivir una vida lograda. Entregarnos al frenesí del vértigo implica un gran despliegue de energía, pero se reduce a dar vueltas sobre el propio eje sin avanzar, pues la forma de libertad ejercitada es ilusa de raíz. Sólo cuando orientamos nuestra vida hacia la creación de modos de auténtico encuentro vivimos con una forma de libertad plena y nos hallamos colmados de ilusión.


4. Nos otorga la verdadera alegría interior

Debemos distinguir la alegría y la euforia. La euforia es la exaltación que nos invade cuando comenzamos a saciar nuestras pulsiones instintivas. La alegría verdadera es el sentimiento de plenitud que experimentamos cuando desarrollamos nuestra vida personal. Este desarrollo se lleva a cabo al elegir en virtud del ideal auténtico de nuestra existencia y crear verdaderas relaciones de encuentro con toda suerte de realidades valiosas. Para ello debemos cumplir una serie de exigencias, poniendo en juego nuestra capacidad de ser libres-para-ser-creativos. Aquí resalta el nexo profundo de la “libertad interior” –conseguida con esfuerzo- y la verdadera alegría.


Conclusión

Hemos seguido un proceso de crecimiento muy sugestivo. A lo largo de sus distintas fases, aparece la libertad en sus diversas formas y nos muestra su inmensa riqueza. En el nivel 1, la libertad de maniobra presenta un valor; nos permite ejercitar nuestras potencias, asumiendo las posibilidades que nos son dadas. Pero este ejercicio de las potencias tiene por meta crear nuevas posibilidades. Por ejemplo, ejercitamos la libertad de movernos con el fin de realizar diversos encuentros. Orientar la libertad de maniobra a la realización de encuentros es la tarea propia de la libertad creativa. Debemos amenguar, para ello, nuestra libertad de maniobra, y con esa renuncia adquirimos una forma superior de libertad, la libertad creativa. Al crecer como personas, aprendemos a ver la libertad no tanto como la capacidad de movernos arbitrariamente cuanto como el poder de crear relaciones más y más valiosas. Este poder supone voluntad de colaboración y renuncia a la reclusión egoísta en uno mismo, pero ese sacrificio no frena nuestro ascenso hacia lo alto; lo impulsa de forma progresiva.

A medida que alcanzamos una forma superior de libertad, nos liberamos del apego a las formas inferiores. Así se explican casos heroicos de personas que han soportado la falta absoluta de libertad de maniobra sin perder el buen ánimo, la fidelidad a sus creencias, la cordialidad con los demás.

Ahora vemos con claridad una de las bases de la vida ética: la necesidad de aceptar que amengüe la libertad de maniobra para hacer posible la libertad creativa. Este paso de un tipo de libertad inferior a otro superior lo damos siempre que transfiguramos una realidad y acomodamos nuestra conducta a las exigencias de la realidad nueva. El proceso de perfeccionamiento ético va unido a una serie de transfiguraciones de la realidad y de la conducta. De ahí la importancia decisiva del estudio de los niveles de realidad y de conducta (2).

Recordemos, para terminar, el imperecedero elogio de la libertad que nos legó Cervantes. “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”. ¿A qué tipo de libertad se refiere el autor? Posiblemente, el amargo recuerdo de las mazmorras africanas le hiciera pensar en las distintas formas de la “libertad de maniobra”, que tienen, ciertamente, una importancia básica. Pero, conociendo al autor, no dudo que, al confrontarlas con los diversos modos de libertad creativa, habrá concedido a éstos su máxima estima.


Notas al pie:

1. Como sabemos, el vocablo “autoridad” procede del verbo latino “augere”, que significa promocionar, enriquecer. De él proceden los términos “auctor" (autor) y “auctoritas” (autoridad).

2. Sobre este tema y los demás tratados en esta conferencia pueden verse amplios análisis en mis obras Descubrir la grandeza de la vida (Desclée de Brouwer, Bilbao 2009) e Inteligencia creativa (BAC, Madrid 42003).

 


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