Sociedad

Retirada

Escrito por ANDRÉS OLLERO. Publicado en Historia-Cultura-Noticias-Entrevistas.

–«Me va usted a perdonar, don Luis, una indiscreción:

–¿Cómo puede alguien que ha sido becerrista, novillero ymatador de toros llegar a ser gobernador civil?

Sin pestañear, Mazzantini le responde:

–Pues ya ve usted, mi querido amigo, degenerando, degenerando...»

La anécdota es tan legendaria como discutida, sin que falte quien la atribuya a Juan Belmonte a propósito de uno de sus banderilleros. Recuerda en todo caso que el tiempo no deja de pasar; incluso para aquellos toreros que cuando dan una natural consiguen que se paren los relojes. Tarde o temprano llega un día en que el matador ha de asumir verse reducido al estado laical y descubrir que, de toda la bulla que le rodeaba, le acaban quedando los cabales de la tertulia de ‘Los Corales’; donde no faltaría nunca un Luis Bollaín o algún Sebastián Miranda.

Claro que, como hay gente para todo, hasta podía acabar de alcalde de Jerez, como el mismísimo Álvaro Domecq.

Al modesto autor de estos tercios de quites parece haberle llegado también la hora de la retirada, aunque –para su suerte– los amigos lo interpretan más bien como un ascenso. No falta, sin embargo, quien considere su destino como una finca manifiestamente mejorable.

Teniendo en cuenta que la mayor parte de mis libros los he dedicado a estudiar la jurisprudencia constitucional (aunque al vicepresidente emérito D. Guillermo Jiménez no le guste que la llamen así…), me duele oír según qué cosas sobre el Tribunal Constitucional. Quizá para consolarme, lo acabo atribuyendo a que la mayor parte de los ciudadanos no tienen una idea muy exacta de cuáles son sus funciones y acaban sintiéndose defraudados, tras esperar que el Tribunal haga lo que ni puede ni debe hacer.

Kelsen, para bien o para mal autor del invento, consideraba al Tribunal Constitucional como un legislador negativo, encargado de extraer del ordenamiento jurídico lo que ahora llamaríamos normas tóxicas; a la vez le prohibía, para no inmiscuirse en el debate político, introducir la norma que considerara mejor de las que estuvieran en oferta, que es por el contrario lo que casi siempre espera el ciudadano. Ve en él una especie de tercera Cámara (cuando se discute si tiene sentido la segunda), encargada de remediar los dislates de las anteriores. En realidad su función es más parecida a una ITV; se trata de comprobar si la norma legislada reúne los mínimos requisitos para no hacer peligrar la convivencia democrática.

Comprobado ese aspecto, no le preocupará la marca del vehículo, ni si al día siguiente será preferible que se encamine al campo o a la playa; no es su problema.

Tampoco es el Tribunal una tercera instancia judicial; pero basta contabilizar el número de recursos de amparo que se le plantean para comprobar que eso precisamente es lo que piensa el ciudadano, empeñado en ir al fin del mundo hasta que le den la razón. Puede que su abogado no fuera suficientemente convincente a la hora de hacerle ver que mejor dejarlo estar.

El fenómeno no es nada insólito. El populismo barato que lleva a despreciar las instituciones, del que vive algún que otro político, se alimenta del desconocimiento de la labor que le compete. Habrá sin duda diputados mejores o peores, pero pensar que el mejor diputado es el que más tiempo aguanta sentado en el escaño es simplemente una memez. A riesgo de sorprender, añoro una Educación para la Ciudadanía que, en vez de meterse en la cama del alumno o en sus aledaños, le ilustre sobre lo que puede y debe esperar de sus instituciones.

Considerarlas por definición degeneradas, cuando simplemente no se prestan a identificarse con su caricatura tertuliana, es una triste manera de tirar piedras contra el propio tejado.

Por lo que me dicen, en el Tribunal Constitucional –fieles a un ascetismo judicial– los magistrados no son muy dados a explicar al ciudadano de qué deben ocuparse. A mí me puede costar no hacerlo. Nos vemos…

Artículo publicado el 22 de Julio en El Ideal de Granada

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