Sociedad

Las Responsabilidades del Desastre de Annual

Escrito por Juan María Silvela Miláns del Bosch. Publicado en Historia-Cultura-Noticias-Entrevistas.

D. Juan María Silvela Miláns del Bosch, coronel retirado del Ejército de Tierra Español, impartió una conferencia el pasado 23 de Noviembre en la Casa Revilla de Valladolid en la que realizó un análisis detallado de las responsabilidades del Desastre de Annual. Reproducimos a continuación las notas del conferenciante. 

El proyecto de ocupación total, con preponderancia de acciones civiles y pacíficas, de la zona de Marruecos asignada a España en el Tratado con Francia de 1912, había sido decisión del Partido Liberal cuando gobernaba. Si el procedimiento elegido no era el más adecuado a las características sociológicas y al escaso desarrollo social y político de los rifeños, es a los promotores del método a quienes se le debe achacar la primera responsabilidad. Al menos, podían haber proporcionado al Ejército, encargado de ejecutar la ocupación, los medios necesarios. El Gobierno del Partido Conservador, que mantuvo el mismo sistema, pudo hacerlo, pues tuvo una buena oferta para comprar varios “stocks” de los aliados sobrantes de la Gran Guerra (1). En el material ofrecido figuraban morteros, arma que hubiera sido muy efectiva. Pero faltaba la estabilidad gubernamental imprescindible que pudiera abordar, como mínimo, un programa de adquisiciones de armamento, material y vestuario adecuado para el territorio, si era imposible llevar a cabo la modernización total del Ejército. En 23 años se habían sucedido 32 gobiernos y desde 1917 hasta septiembre de 1923 nada menos que 15 Ministros de la Guerra. En el año de su nombramiento como Alto Comisario, y desde el 2 de febrero hasta el 15 de diciembre, el general Berenguer tuvo que rendir cuentas a cuatro Ministros de la Guerra distintos.

Aunque España no era precisamente un modelo de democracia, hay que suponer que los partidos Liberal y Conservador contaban con el suficiente apoyo popular que sus correspondientes gobiernos debieron aprovechar para explicar a la opinión pública la conveniencia de nuestra presencia en Marruecos y tomar las medidas necesarias para atender las peticiones del Ejército. Desde luego no eran exageradas, pues el general Jordana, poco antes de morir en su despacho el 10 de noviembre de 1918, informaba al ministro de la situación y se mostraba conforme con los medios; sólo pedía: los “actuales o muy pocos más, pues en lo que a fuerzas se refiere, me bastaría con las asignadas en las plantillas de rigor, pero a condición de que se cubrieran constantemente las bajas de hombres y ganados”(2).

A pesar de sus reiteradas reclamaciones, no lo había conseguido y en aquellas fechas faltaban más de 5.000 hombres y 1.600 cabezas de ganado. En l921 las necesidades eran mayores y la penuria, por tanto, más acusada. Sin embargo, en la memoria que el Ministro de la Guerra, Vizconde de Eza, realizó como consecuencia de su visita al Protectorado en verano de 1920 (3), encontró “muy satisfactoria” y “de perfecta disciplina y organización” el estado del Ejército. Que los soldados calzaran alpargatas, los fusiles (la mayoría procedentes de la guerra de Cuba) estuvieran descalibrados y el material de campamento fuera pésimo y escaso no era importante; sólo le faltaba decir que lo importante es que la moral estuviera muy alta. Incluso afirmaba que “por fin se ha dado con la orientación apetecible”.

La amarga queja del general Jordana sobre los condicionamientos políticos que se le imponían condenándole a la inacción ya se había olvidado; llegaba a pedir, con respecto al Raisuni, “si puedo gritarle cuando grite, llamarle la atención cuando mienta y no llegar en los procedimientos de templanza más allá de lo que decorosamente debe llegarse”. Desmintiendo al ministro, Berenguer le informaba por carta el 4 de febrero del año siguiente (1921): “esta es la triste realidad, la que todo el mundo palpa, la que no puede pasar inadvertida a quien vea de cerca este Ejército. Es el resultado de varios años de no atenderlo en sus necesidades; no es el resultado de la imprevisión, lo es de la falta de recursos”. A continuación, escribía: “Sin embargo, hemos actuado como si todo estuviera en condiciones, hemos cerrado los ojos ante las realidades para llevar la misión que se nos ha encomendado”. Son palabras que parecen escritas después del Desastre y todavía faltaban seis meses para producirse. No cabe duda de que acertó con la “clave” del problema. Este afán por cumplir la misión, a pesar de no contar con los medios adecuados, es una consecuencia de la formación recibida por los mandos en las academias. Las autoridades, que tienen la responsabilidad de decidir las misiones y los medios que deben asignar a las fuerzas puestas a su disposición, lo han tener en cuenta, si no quieren hacerlas fracasar. De esta situación fueron víctimas, más que otra cosa, Silvestre, Berenguer y  el Ejército de la Comandancia General de Melilla. El general Burguete así lo expuso ante la Comisión del Senado el 26 de julio de 1924: “Lo que se derrumbó fue un sistema, sólo un deplorable sistema”, que impuso el gobierno del Partido Liberal y mantuvo el Partido Conservador en los suyos. Cuando se decidió la ocupación total por procedimientos bélicos y con medios suficientes, se tardó, a partir del desembarco de Alhucemas, sólo 15 meses en pacificar el Protectorado, paz que no volvió a romperse y duró hasta la independencia de Marruecos; era lo que no se había conseguido durante 16 largos años y había costado tanta sangre y dinero. Por todo ello, los sucesivos gobiernos, con sus presidentes a la cabeza, y especialmente los ministros de Estado y del Ejército del último, fueron los máximos responsables del Desastre. El Vizconde de Eza se empeñó, incluso,  en llevar a cabo el proyecto de reducción del Servicio Militar a dos años y había advertido públicamente en Madrid que no enviaría ni un solo hombre más a Marruecos; a pesar de ello, siguió aprobando todas las acciones militares que le presentaron, como consecuencia de las líneas políticas de ocupación establecidas.

El Desastre fue aprovechado inmediatamente para ofender al Ejército. Los partidos de izquierda y republicanos no dudaron en lanzar terribles acusaciones para conseguir que el pueblo español asumiera una imagen denigrante del que consideraban sostén fundamental de la Corona, su último objetivo a destruir. Se especuló con el problema del Protectorado para provocar crisis políticas, alborotos en las Cortes y disturbios callejeros, explotando la sensibilidad popular. Pero se olvidaron de que el desprestigio del régimen traería “ipso facto” el de España. Gravísima insensatez, pues su principal problema era, en palabras de Ortega y Gasset, “ser españoles”.

No hace mucho, se ha insistido en atribuir al Ejército la máxima responsabilidad (4). Sin embargo, no se podía iniciar ninguna acción, por insignificante y oportuna que fuera, que no estuviera previamente autorizada por Madrid en sus dos vertientes: política, autorización del Ministro del Estado, y militar, aprobación del “plan de maniobra” por el Ministro del Ejército. Es decir, “el Ejército desarrollaba la coacción armada donde y cuando se lo requería la dirección política” (5) y “desde que se implantó el protectorado en el año 12, hasta el desembarco de Alhucemas el año 25, operó bajo la dirección del Ministro de Estado” (6).

Se citan para desprestigiar al Ejército casos de corrupción graves que se dieron por aquellos años en el Protectorado, principalmente en la zona occidental del Protectorado. Con frecuencia se han generalizado demasiado; de todas formas, corrupción como la descubierta en Larache, vista desde la actualidad, no parece, lamentablemente, tan importante. También se dieron numerosas prácticas poco ortodoxas o no reglamentarias que podemos calificar de corruptelas. En realidad, se realizaban para paliar la carencia de medios y el abandono en que se encontraban las unidades; algunos lo aprovecharon en beneficio propio con evidente abuso, produciéndose un deterioro general de la disciplina y un encanallamiento de un sector de los oficiales, desde luego minoritario, aunque de nefasta influencia en los soldados. Con todo, “si nuestro Ejército padeció flaquezas, predominaron las virtudes, y si su labor no se estimó completa, culpa no fue suya, sino de quienes lo estorbaron o malbarataron sus resultados. Cuando se lo puso en condiciones hizo todo lo que se le pidió” (7) y, además, desaparecieron las corrupciones y corruptelas, formándose un ejército disciplinado, adiestrado y efectivo.

Se nombró Alto Comisario al general Berenguer en razón de su condición de político conocedor del problema. Sin embargo, tuvo que ser designado Inspector del Ejército a los pocos meses (24 de agosto de 1919), debido a la situación delicada del Protectorado que hacía necesario intervenir militarmente inmediatamente después de cada actuación política. Incluso, en septiembre de 1920, casi un año antes del Desastre, fue nombrado jefe del Ejército de África. Sólo por esta designación, debe ser considerado como el máximo responsable militar de los sucesos que llevaron a la destrucción de la Comandancia General de Melilla. Él mismo lo reconoce cuando escribía (8): “el mando de Melilla fue siempre regido por el alto mando de África” y atribuía a la “crítica caprichosa” lo del “alto mando débil” que dejó actuar imprudentemente a Silvestre.

Aseguraba que siempre exigió un plan detallado para conceder permiso para operar. Efectivamente,  en carta dirigida al general Silvestre del 10 de enero de 1921 le pedía un plan de ocupación de Alhucemas. Además, el 4 de febrero, escribía también al Ministro de la Guerra informándole de “los problemas inmediatos que tiene pendientes nuestra acción en Marruecos”. Para la zona de Melilla indicaba únicamente: “la ocupación de la Bahía de Alhucemas”. No se recató en comunicarlo a la opinión pública, pues, en declaraciones publicadas el 1 de abril en “el Telegrama de Rif”, afirmaba que “en otoño estará sometido al Majzen todo el litoral de nuestra zona”; siete días después, entrevistado por Cándido Lobera en el mismo periódico, anunciaba que “esta primavera salvaremos las divisorias de los ríos Nekor y Amekran” y “una vez en la vertiente norte rápidamente nos extenderemos por la bahía de Alhucemas, que puede considerase como fruto maduro. El general Silvestre realizará estos avances con la misma pericia y economía de sangre que los que hasta aquí llevó a feliz término...”. Al día siguiente, tampoco se recató y volvió a anunciarlo en la Orden de la Plaza: “recibid por tanto acierto la más efusiva felicitación, que espero reiteraros pronto en la Bahía de Alhucemas”. Por tanto, demostró tener más obsesión en ocupar la citada bahía que el mismo Silvestre. Por lo expuesto y ser Berenguer quien se plegó a la idea de Romanones de cómo actuar en Marruecos, aceptar las limitaciones de personal y medios impuestos por el Ministro de la Guerra, quedarse en su zona occidental con más del doble de los efectivos de los que concedió a Melilla y la mayor parte de los presupuestos; pero, sobre todo, por ser el jefe del Ejército del Protectorado y haber animado, conocido y aprobado los planes para ocupar las cábilas de Beni Tuzin y Tensaman y no reaccionar con rapidez ante las últimas y angustiosas peticiones de auxilio de Silvestre, se le debe considerar como el máximo responsable militar del Desastre, aunque la historiografía, en general, haya echado todas las culpas de la derrota sobre el Comandante General de Melilla.

En realidad, fue el general Picasso, en su famoso informe, quien eligió a Silvestre como cabeza de turco. La mayoría de los historiadores, que se han acercado al tema, le han seguido. Sin hacer un mínimo análisis de sus argumentos, han utilizado con reiteración las conclusiones del citado Juez Instructor contra el Comandante General de Melilla. Así ha quedado injustamente como el único y principal responsable de la derrota. Seguramente, porque era la autoridad militar más elevada contra quien le dejaron actuar. Efectivamente, el 15 de agosto de 1921 había solicitado informes sobre los planes previstos para el Protectorado antes del Desastre por la Alta Comisaría y el Ministerio de la Guerra a los titulares de ambas instituciones. Nueve días después, le fueron denegados por Real Orden, advirtiéndole que su instrucción no debía “extenderse a los acuerdos, planes o disposiciones del Alto Comisario, concretándose a los hechos realizados por los Jefes, Oficiales y tropa en las operaciones....” (9), prohibición reiterada el 1 de septiembre por iniciativa de Berenguer y vuelta a denegar por telegrama del nuevo Ministro de la Guerra, La Cierva. Por tanto, resulta hipócrita el discurso del Vizconde de Eza en el Congreso, pronunciado el 22 de noviembre de 1922; afirmaba, entonces, que en la intervención de otro parlamentario, Marín Lázaro, se había “acreditado que en el Expediente Picasso no hay sino motivos de irresponsabilidad para los ministros que estaban en el poder cuando los luctuosos sucesos de Melilla”.

Picasso, para fundamentar su tesis de que Silvestre actuó “distanciándose, a lo que puede juzgarse, de las miras del Alto Mando”, es decir, por su cuenta y “rebasando al límite racional la capacidad de sus medios de acción, sin exacta apreciación de las circunstancias políticas regionales”, utilizó, en el “Expediente” que instruyó, un telegrama de fecha 13 de noviembre de 1920, firmado por el Alto Comisario y dirigido al Ministro de la Guerra. En el texto, Berenguer informaba que en sus proyectos “no entraba intensificar por entonces la acción por la parte de Melilla”. El Juez Instructor, para que el telegrama le sirviera, suprimió la parte que añadía: “.... y como siempre es conveniente ir ganando el terreno que se pueda en las ocasiones favorables, autorizaría al general Silvestre para hacer lo que propone, si VE no ve en ello inconveniente de momento” (10). Lo que Silvestre proponía eran las operaciones planeadas por el general Aizpuru, su antecesor en el cargo de Comandante General de Melilla, contra las cábilas de Beni Ulixech y Beni Said.  Para disipar cualquier duda, Berenguer expresaba incluso su conformidad: “cuyo plan de desarrollo estimo acertado”. Es curioso que Cardona, historiador militar, se diera cuenta de que el telegrama era del año anterior y por ello afirmara que Silvestre ya había actuado por su cuenta en el 20. Es otra acusación falsa contra el Comandante General recogida en su libro citado en la nota 4 (página 75). Si se hubiera molestado en buscar el telegrama en el expediente, que como él tanta gente dice haber leído, y no haberse conformado con las conclusiones del mismo, podría no haberse equivocado.

Estas operaciones fueron aprobadas por los Ministros de Estado y Ejército y se llevaron a cabo con éxito. Además, Silvestre fue felicitado por ello, lo que hace incomprensible la utilización parcial del telegrama del año 20 por el juez, que le descalifica absolutamente. No es suficiente la descripción de la excelente Hoja de Servicios de Picasso para defenderle; la tergiversación de los hechos es evidente y vergonzosa y no sólo en este asunto.
Silvestre era consciente del peligro, así se lo reconocía el 4 de mayo de 1921 a Blanco Belmonte en el diario ABC, cuando aseguraba que tenía en frente a 12 cábilas sin relación con España, de hombres valientes, “fanáticos y fanatizados...ante los que ha fracasado la política de atracción...donde impera la ley del más fuerte... (y) en un terreno tan duro como la sierra de Gredos”. Esta preocupación era consecuencia de las precauciones expuestas en el plan que encargó al coronel Morales para la ocupación de la Bahía de Alhucemas y que remitió a Berenguer en carta fechada el 26 de febrero; fue asumido totalmente por el Comandante General de Melilla, incluso el plazo recomendado de no intentarlo hasta el otoño.

El general Picasso utilizó un borrador de este informe, que figura en los folios 220 a 241 del “Expediente” ya citado y que le había sido entregado por la familia del coronel. Al desconocer la carta de Silvestre al Alto Comisario, creyó que el Comandante General había desestimado el plan de Morales. La carta de Silvestre está salpicada de expresiones como “sin apremios de tiempo” y el avance hacia la bahía “requiere sólida y cuidadosa preparación”. Todavía en una carta que envía a Berenguer el 29 de mayo y, en vista de que la situación política “va presentándose nubosa”, le previene y escribe “en estas condiciones, hay que pensarlo mucho antes de efectuar un avance”. Se limitaba a ”reducir por ahora” su actuación a ocupar dos posiciones en Beni Tuzin y otra delante de Boudinar en Tensaman (Abarrán).
Por tanto, calificar la posición de Abarrán como “punta de lanza”  para llegar a Alhucemas es otra inexactitud. Se ocupó fundamentalmente para defender la comunicación entre Annual y Sidi Dris y asegurar la sumisión de dos importantes fracciones de la cábila de Tensaman a España.

El conocimiento del deterioro de la situación, debía haberle servido al general Silvestre para que no se dejara convencer por Villar en su propuesta de ocupar Abarrán. A veces, previó el Desastre y llegó a avisar, pero no se le hizo caso. “El Día Gráfico” de Barcelona publicó unas declaraciones suyas el día 12 de julio de 1921 que son una llamada de atención y una protesta contra Berenguer y el Vizconde de Eza: “a él y al Ministro de la Guerra toca dar los elementos que deba emplear, y a mí, con arreglo a lo que pueda disponer, obrar; y allá ellos y los resultados”. Continuaba disculpando a sus soldados y aseguraba que el posible “descalabro” no sería culpa de ellos. Terminaba con una verdadera advertencia: “ahora tengo que defenderme ¡presiento graves movimientos! Pero ¡si no me ayuda el gobierno....! Si las confidencias que ya conoce el Ministro son ciertas, quizás se avecinen acontecimientos cuya responsabilidad declino”.

¿Pudo hacerlo mejor Silvestre? Sin duda. No deben utilizarse los futuribles, pero ya inmersos en la cuestión de las responsabilidades, es obligado establecer lo que hubiera sido más acertado, aunque no se tenga seguridad alguna. El duro combate del 16 de junio en “Loma de las Árboles”, donde no se pudo forzar la línea rifeña para realizar la aguada, a pesar de haber utilizado la mayor parte de las unidades disponibles de la Comandancia, excepto el Regimiento Alcántara, debió convencerle de que la situación era tan peligrosa que obligaba a considerar la conveniencia de realizar un repliegue. Desde luego, es fácil opinar a “toro pasado” y es, quizás, pedir demasiado que Silvestre reconociera el error de haber llevado a cabo prematuramente la ocupación de Annual y Sidi Dris.

La propuesta que el teniente coronel Fernández Tamarit  hizo al general Silvestre, en carta fechada el 16 de mayo de 1921, era muy arriesgada. Aconsejaba al Comandante General retroceder hasta Ben Tieb, pues consideraba prematuro haber ocupado Annual, Sidi Dris y Afrau. No tenía ninguna confianza en Beni Said, Beni Ulixech, M´talza y Tensaman y auguraba una catástrofe semejante a la del “Roghi”, pues no estaba consolidada la retaguardia: “había edificado sobre arena”. Proponía, a continuación, que una columna potente formada por las tres Armas, desde Ain Zorah y rodeando las cabeceras de las cuencas de los ríos Kert y Nekor, atacara por sorpresa a los beniurriagueles desde el sur. Previamente, se debía realizar un amago de ataque por mar, más allá del cabo Quilates. De esta forma, se alargaba demasiado la línea de abastecimiento logístico, el talón de Aquiles de las fuerzas de la Comandancia, pero el terreno era más favorable para el ataque en fuerza y la cábila rebelde podría llevarse un buen escarmiento. El problema es que Madrid jamás aprobaría la maniobra descrita. De la carta puede deducirse que el teniente coronel se lo habría propuesto también a Berenguer, pero no le había hecho caso y ni siquiera había querido entrevistarse con él. De todas formas, es significativo que, en la reconquista del terreno después del Desastre, se utilizaran hasta Dar Drius prácticamente los mismos ejes de progresión seguidos por Silvestre.

Otra cuestión es que el Comandante General, máximo responsable de la falta de adiestramiento de las unidades bajo su mando, no tomara las medidas necesarias y exigiera el cumplimiento de un programa para mejorar la instrucción a pesar de la penuria de medios. Sin duda, una actuación enérgica en este sentido hubiera paliado los efectos del Desastre.

No se debe terminar la distribución de responsabilidades sin hacer una referencia al general Navarro. Igual que Silvestre, ha sido muy mal tratado. Se olvidan que, desde el 31 de julio, estaba autorizado a negociar la rendición de Monte Arruit, que estaba herido cuando, al entregar la posición, fue engañado para apartarlo de la puerta y llevarlo a la sombra de una casa del antiguo campamento para librarlo de la preparada traición e incumplimiento de las condiciones de entrega, con el único fin de cobrar un rescate por él. Existen dos testimonios directos inéditos que reconocen su entereza y categoría personal. Son los diarios del soldado Antonio Matez y del alférez Maroto y Pérez de Pulgar; sus afirmaciones fueron ratificadas por el capitán de Sigifredo Sainz Rodríguez y el sargento Basallo en sus memorias del cautiverio (11); los cuatro fueron compañeros de prisión y, por tanto, tuvieron un contacto directo con el general Navarro, en especial el capitán y el sargento; éste último incluso estuvo encadenado con él. Analizar y evaluar la actuación del general Navarro durante el repliegue excede del espacio asignado a este artículo; en todo caso, ya lo hizo, y bien, su defensor en el Consejo de Guerra, Rodríguez de Viguri (12). De todas formas, debió quedarse en Dar Drius, aunque, comprobada la lentitud y en qué condiciones llegó el refuerzo peninsular a Melilla, no se puede afirmar que hubiera podido resistir hasta ser auxiliado.

Tanto Navarro, como Silvestre y Berenguer eran excelentes profesionales y jefes de prestigio; lo habían demostrado en numerosas ocasiones. Abandonados por los sucesivos gobiernos, fueron víctimas, como sus soldados, dicho en palabras de los generales Burguete y Cavalcanti, del sistema elegido para la ocupación del territorio, que había sido reiteradamente denostado por el general Goded.

“Los luctuosos sucesos de Melilla” se han utilizado para reclamar reformas contra el Ejército. Ningún profesional que se precie se opone a las reformas, pero, tanto hoy como ayer, les gustaría que fueran para que funcionen las ametralladoras, cañones y vehículos (13), para que las plantillas se completen, para que se lleven a cabo los programas de instrucción, para disponer de los medios necesarios que permitan montar las cadenas logísticas y éstas funcionen con efectividad y para que los soldados tengan equipos adecuados. Por último, es imprescindible que una vez recibida la misión, se deje al Ejército llevarla a cabo sin limitaciones o condicionamientos ajenos a la situación que perjudiquen su cumplimiento en los términos establecidos. De esta forma, sería muy difícil que ocurriera un nuevo Desastre.

Notas:
1.-Pando, Juan: “Historia secreta de Annual”. Edita Temas de Hoy. Madrid, 1999
2.-Los párrafos entrecomillados de cartas, informes y telegramas utilizados en este artículo y referentes a los generales Silvestre, Berenguer y Gómez Jordana y a los ministros de Estado y Guerra no tendrán información adicional en notas para no cansar al lector. Han sido publicados íntegros en: Galbán Jiménez, Manuel: "España en África" Imptª Servicio Geográfico del Ejército. Madrid, 1965.
3.- Apéndice documental en "Historia de las Campañas de Marruecos" (Tomo III) Edita SHM. Madrid, 1981.
4.- Cardona, Gabriel:: “El poder militar en la España Contemporánea hasta la Guerra Civil” Edita S. XXI. Madrid 1998.
5.- Opinión bien razonada de Galbán Jiménez.
6.- Caballero Poveda, Fernando: "El Desastre de Annual". Artículos I, II y III de las Revistas Ejército núm,s 482, 483 y 484 de 1980.
7.- Berenguer, Dámaso: "Campañas en el Rif y Yebala 1921-1922". Edita Sucesores de R. Velasco. Madrid, 1923.
8.- Se ha escrito mucho sobre el deterioro de la relación entre el Alto Comisario y el Comandante General de Melilla a partir de su entrevista a bordo del “Princesa de Asturias”. No hubo testigos de la misma, aunque es muy probable que discutieran acaloradamente; sin embargo, la última carta que Silvestre dirigió a Berenguer terminaba: “este subordinado que te quiere”. Además, Berenguer en su libro (7) aclaraba: “recelos no hubo tal y que de existir por parte del general Silvestre nunca se reflejaron en forma que pudiera apercibirme de su intensidad malsana, ni llegaron a perturbar nuestras relaciones oficiales, ni aun las particulares”.
9.- Galbán Jiménez, Manuel: “España en África”. Imprenta del Servicio Geográfico del Ejército. Madrid, 1965.
10.- El telegrama se conserva en el propio “Expediente” (Archivo General Militar) y Caballero Poveda en sus artículos de la Revista Ejército lo reproduce completo.
11.- Sainz Rodríguez, Sigfredo: "Con el general Navarro en operaciones y en el cautiverio" Edita Sucesores de Rivadeneira. Madrid, 1921. El general Uxó Palaxi recoge en su artículo: “los prisioneros de ABDELKRIM” (Revista Ejército, núm. 679 -1997-) la admiración del sargento Basallo por el general Navarro expresada en sus “Memorias”.
12.- Rodríguez de Viguri: "La retirada de Annual y el asedio de Monte Arruit". Madrid, 1924.
13.- Hay constancia de que, en una de las primeras unidades que fue a Bosnia-Herzegovina, un BMR tenía el cañón de su arma principal en reparación. Los numerosos servicios obligaron a utilizar el citado vehículo con profusión. Para ello pusieron como cañón un palo de escoba y la funda del arma bien cerrada para disimular. Los soldados, con humor, apodaron al BMR con el nombre de "el manso". ¿Hicieron bien el capitán de la unidad y el teniente de la sección en ordenar el empleo del vehículo, así como el sargento o cabo primero jefe del mismo en cumplir sin dudar las misiones encomendadas? En pequeño, es una repetición de las condiciones de Annual. En Bosnia salió bien y sólo se cuenta como anécdota, pero es un asunto que debía analizarse con detenimiento.

 

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