Sociedad

El tránsito entre dos milenios

Escrito por Luis Suárez Fernández. Académico de la Historia. Publicado en Historia-Cultura-Noticias-Entrevistas.

A la luz de la historia, D. Luis Suárez Fernández -Académico de la Historia-, realiza un análisis del trásito entre los dos milenios

Prólogo

Muchos de estos textos responden a una mera improvisación, ya que están ordenados en un esfuerzo de meditar, en voz alta, sobre la coyuntura que se ofrece a nuestro tiempo, tránsito de un milenio a otro o, para decirlo con palabras de Juan Pablo II, del umbral de la esperanza. Ante todo ha habido que hacer una especie de comparación entre las dos fechas miliarias vividas por el Cristianismo: la primera significó ya un proceso de maduración que, aparte de culminar las secuelas que la caída del Imperio romano dejara tras de sí, permitió dar un impulso que colocó a Europa, entonces llamada Cristiandad, en la cumbre de todas las culturas existentes; la segunda parece haber llegado en una toma de conciencia acerca de los defectos y malversaciones que en varios siglos, se han desencadenado sobre esa misma sociedad, colocada a la cabeza. Pues el siglo XX ha sido el más cruel de la Historia. Habiendo abandonado la Verdad que Cristo mismo comunicara, los grandes avances científicos y tecnológicos, llegaron a ponerse al servicio del odio.

Finalmente se ha descubierto y aislado la clave: odio, en vez de amor, ha llegado a convertirse en sentimiento dominante. Sin embargo, precisamente a causa de las dimensiones negativas que el odio ha llegado a adquirir en tiempos cercanos a nosotros, un proceso de creación y restablecimiento se ha iniciado. La Iglesia cuenta ahora con una nueva dimensión, los movimientos laicales que permiten penetrar de santidad las estructuras sociales. Y el Papa, despojado de compromisos temporales, ha adquirido la gran voz que permite que se le escuche. Se ha descubierto el papel sustancial de la femineidad y, con ella, de la vida, que no es mero componente biológico sino mucho más, ya que en los seres humanos materia y espíritu forman unidad sustancial.

Es lo que intentamos repasar en estas páginas con un solo propósito: movernos a nosotros mismos a conversión, esto es, a volver al camino de la esperanza. No consiste ésta en asumir la actitud pasiva de quien confía en que alguien venga de fuera a moverle, sino en el dinamismo que conduce de nuevo a la Verdad. Ninguna acción es pequeña: de los grupos reducidos nacen los impulsos generosos que conducen a la afirmación positiva. Así, en ocho capítulos, hemos tratado de recorrer un camino. La ayuda de Dios, indefectible, hará el resto.

Í N D I C E


I. DECLARACION INFALIBLE SOBRE LA UNICIDAD DE LA IGLESIA

II. EN LOS UMBRALES DEL TERCER MILENIO

III. BALANCE DEL PRIMER MILENIO

IV. ERRORES Y FALLOS QUE DEBEN EVITARSE

V. JERUSALEM, ROMA Y SANTIAGO, CAMINOS PARA PEREGRINAR

VI. JUBILEO, ENLACE CON LA TRADICION REMOTA

VII. CONSECUENCIAS DE LA DESIDEOLOGIZACIÓN

VIII. GLOBALIZACIÓN: SUS CORRESPONDENCIAS ETICAS

B I B L I O G R A F Í A


I. DECLARACION INFALIBLE SOBRE LA UNICIDAD DE LA IGLESIA


1. Se trata de un documento redactado en la congregación para la doctrina de la fe que el Papa, al confirmarlo, advirtió que de acuerdo con el Concilio Vaticano I, se trata de una Verdad que la Iglesia considera infalible. Para nosotros, fieles cristianos, esto significa que no caben debates ni discusiones. Tenemos que recordar ante todo que, inmediatamente antes de la Ascensión, Cristo ordenó a los; apóstoles que predicasen a todas las gentes la doctrina que les había enseñado, añadien-do que aquel que la aceptara, sería salvo. De modo que la salvación se encuentra vinculada al mandato de Cristo, a su enseñanza y a su Redención. De ahí que la Iglesia haya enseña-do siempre que la mediación de Jesucristo es necesaria para la salvación. Lo que se ha de predicar está contenido en el Credo en cuya fórmula definitiva, que llamamos de Nicea aunque es la obra de dos Concilios iniciales, todos debemos coincidir.

Falta aun mucho para que la doctrina sea conocida en el mundo entero, aunque en cuanto a la extensión se haya avanzado prodigiosamente en los últimos tiempos; apenas quedan rincones en el globo donde no, se haya predicado. No sucede lo mismo en profundidad, lo que dificulta la adhesión que se espera. Por eso cada fiel cristiano tiene una misión continuada de comunicar la Verdad que él posee. Conviene llamar la atención sobre este punto pues la comunicación de la doctrina de la fe, nucleada en el Credo, no es cometido profesional de determinados cristianos; cada uno, desde el lugar en que se halla situado. es sujeto de dicha obligación.

Esta afirmación de Verdad absoluta y completa en el cristianismo - ya que Jesús completó la revelación que se había venido dispen-sando - no significa que dejemos de reconocer lo que hay de santo y verdadero en otras religiones: pues el Universo en su estructura y la Naturaleza en su existencia, constituyen una forma de revelación. El hombre ha sido dotado de condiciones y capacidad para descubrir parcelas de esa Verdad, ya que las criaturas son medio de acceso al Creador. De modo que las religiones, resultado de ese descubrimiento, poseen parte de verdad en la doctrina y de santidad en la conducta. De ahí la urgente necesidad de mantener el diálogo con otras confesiones, a fin de descubrir lo que hay de común en la enseñanza y de prestarse ayuda para una mejora en el comportamiento. La urgencia de es-te diálogo, desde una intención recta, ha sido destacada por el Concilio Vaticano II. Lo que, en modo alguno, significa colocar al cristianismo en el nivel de una doctrina producto del esfuerzo humano.

La Declaración quiere llamar especialmente la atención sobre este punto: la fe de la Iglesia es la revelación de Cristo, constituye una: unidad transmitida en el tiempo y enriquecida por el Magisterio sin que esto signifique innovación alguna. Cada tiempo requiere el empleo de, expresiones nuevas como son nuevos los medios de comunicación, pero esto no significa cambio alguno. Sin embargo, en los últimos se han producido corrientes de opinión, incluso en sectores que se consideran a si mismos católicos, que tratan de negar o poner en duda algunos aspectos de dicha doctri-na que constituye un valor permanente e inalterable de la Iglesia. La Declaración quiere llamar la atención especialmente sobre siete puntos:

- Se dice que no es necesario considerar que la revelación dis-pensada por Jesucristo es última y, definitiva; nuevas circunstancias pueden añadir otras verdades o sustituir las que se formulan por otras.
- También se apunta a que la fe fue elaborada por los discípulos años después de la muerte de Jesús, creándose de este modo un "Jesús de la fe", distinto del "Jesús histórico". Una doctrina que ciertas corrientes de la Teología liberal protestante habían formulado hace ya bastantes años.
- Es puesto en duda el carácter inspirado de la Escritura, aplicándose a ésta los criterios que ordinariamente se emplean con documentos históricos y tratándola como una obra humana, de gran importancia desde luego.
- Algunos autores llegan a negar la unidad en la Trinidad. reinsertándose en las corrientes doctrinales de los siglos antiguos, como fueron el arrianismo, el nestorianismo y desviaciones suficientemente aclaradas por los Concilios ecuménicos.
- En consecuencia se llega a poner en duda la divinidad de Jesús que sería únicamente una figura sublime dentro de las catego-rías humanas.
- Finalmente y, como resultado de estos planteamientos o de algunos de ellos, se rechaza la unicidad de la Iglesia ¡le Cristo. Caben, simultáneamente, diversas iglesias, cada una de las cuales tendría su parcela de verdad.

2. No cabe duda de que estas desviaciones en relación con la doctrina permanente de la Iglesia, que la Declaración quiere recordar. acudiendo para ello a los textos precisos del Nuevo Testamento. son una consecuencia de la influencia del pensamiento filosófico laico y de las nuevas metodologías históricas. Resulta imprescindible, para cualquier fiel, preocupado de comunicar a sus amigos o vecinos la doctrina sostenida por la Iglesia, acudir al documento a fin de proveerse de las citas textuales que son necesarias en cada caso. Aquí nos limitaremos a señalar los nueve puntos que en el mismo se exponen, sintetizándolos en una corta y expresiva llamada de atención.

Antes de entrar en esos puntos conviene hacer una disgresión aclaratoria. Ante un texto sagrado se piensa, correctamente, que ha de ser admitido como expresión de fe, sin descontar el aspecto parabólico de muchas descripciones a fin de que puedan ser accesibles a los hombres. Llamar días a las etapas de la Creación es sin duda, un resorte literario, como lo es el redondeo de las cifras u otras cosas semejantes. Pero la fe obliga a aceptar íntegramente el mensaje: sabemos que el buen samaritano es un personaje ficticio, pero la lección de caridad responde a un mandato preciso, del que es imposible desvincularse. Aplicando criterios del pensamiento filosófico laico se ha llegado en nuestros días a pretender sustituir la doctrina del autor inspirado por la que el exegeta o comentarista moderno le parece más conveniente.

Se llega más lejos en la aplicación del método histórico. El investigador de nuestros días toma un texto y emite un juicio previo: esto me parece razonable y esto no, en consecuencia mantengo lo primero pero niego lo segundo. Como automáticamente ha provocado un vacío trata de llenarlo colocando allí lo que, a su juicio, pudiera haber sucedido. Y de este modo lo que introduce es una modificación tan grave como la que resulta de sustituir lo que, de acuerdo con el texto, había ocurrido por aquello que él, investigador omnisciente, decretó que tuvo que ocurrir. El número de supuestas interpolaciones o falsificaciones que se descubren en nuestros días es asombroso. Pero, incluso desde la más elemental praxis metodológica, todo historiador sabe que, ante un texto, caben únicamente dos posiciones: admitirlo como suficientemente comprobado o rechazarlo por no disponer de elementos suficientes para su confirmación: pero no puede sustituirlo, porque esto último sería, apenas, una falsificación.

3. Examinemos ahora los nueve puntos de doctrina sobre los que el Documento que constituye una Declaración acerca de la unicidad de la Iglesia - sólo ella es verdadera en términos absolutos - quiere llamar especialmente la atención. Recordemos lo dicho al. principio: sobre todos y cada uno de ellos se alza el escudo protector de la infalibilidad. Esto, evidentemente, no impresiona a quienes no tienen la fe cristiana, pero es argumento esencial para los fieles. En otras palabras, no se puede negar esto y pretender que se sigue siendo católico.

A. La revelación dispensada por Jesucristo, la cual, como enseña Juan Pablo II. no se refiere sólo a la naturaleza de Dios sino que se extiende hasta descubrir la plena dignidad de la naturaleza humana. es plena y definitiva. Plena porque sólo Cristo ha visto al Padre y puede comunicarlo a los hombres. Definitiva porque no hay revelaciones subsiguientes. En conse-cuencia, el cristiano tiene que afirmar que el Evangelio contiene la plenitud de la Verdad. Constituye un error, radical, sostener que la revelación de Jesucristo es una más entre las que se han producido a través de distintas religiones. Siendo el Verbo encarnado - verdadero Dios y verdadero hombre - Jesús de Nazareth es la "Verdad completa". Dijo de si mismo: soy el camino, la ver-dad y la vida.

B. La fe es una donación, un regalo. Así estaba ya en la concien-cia judía cuando se afirmaba que la Torah, esto es, la Escritura, es el mayor regalo que Dios ha hecho a los hombres. Al recibirla, el ser humano realiza un acto doble de adhesión: a Jesucristo, que la imparte, y a la doctrina que por él ha sido revelada. Aquí es donde reside la diferencia esencial con las otras religiones que son el fruto de un trabajo humano, que debe ser apreciado ya que se dirige a la búsqueda de la Verdad que, en parte, puede ser percibida y descubierta ya que Dios se manifiesta a Si mismo por medio de la Creación. Así, aunque sólo los textos declarados canónicos pueden considerarse inspirados, la Iglesia reconoce que Dios se hace presente de muchos modos en los individuos v en los pueblos que, de este modo, llegan al conocimiento de la religión aunque con lagunas, insuficiencias y errores. De modo que puede decirse que los libros de otras religiones reciben del mismo Dios la parte de verdad que poseen. Esto explica que el agnosticismo o el ateismo deban considerarse simplemente como un vacío, una negación.

C. Jesucristo no puede ser tratado como un personaje histórico más, situado entre los fundadores de religiones. Se trata del Verbo encarnado. Cometen un error los cristianos que tratan de explicar la Historia "como si Dios no existiese" o como si Jesús estuviera dotado "de una sola dimensión". En este sentido la Declaración denuncia cómo se están formulando ahora doctrinas que insisten en formular teorías como si el Logos divino hubiera ido suscitando personajes diversos. Desde los primeros Concilios, Nicea y, Calcedonia especialmente, la Iglesia ha sostenido con claridad la afirmación recogida por el Concilio Vaticano II de forma contundente. Jesucristo es Dios y, al mismo tiempo, Hombre perfecto, igual a los demás seres humanos menos en el pecado. Por esta causa debe decirse que su revelación se refiere a ambas cosas: lo que es Dios y lo que es el hombre. En la fe cristiana, el Logos divino y el Verbo, segunda Persona de la Trinidad Santísima, son inseparables.

D. Es imprescindible creer en la unicidad de la salvación. Esta entra dentro de los planes de la Creación: el destino del hombre es salvarse, en definitiva llegar a Dios. Dios mismo nos ha escogido de antemano - el Concilio recuerda que la llamada a la santidad es universal - pero a esa elección cada hombre debe responder. De que la respuesta sea correcta depende la meta final. Ahora bien, Cristo que se encarnó para redimir al hombre del pecado y de la muerte, es mediador único en esta elección.

E. Es así mismo contrario a la fe católica afirmar que existe una economía de salvación en el Espíritu Santo que es más universal que la del Verbo encarnado, concluyendo con ello que el cristia-nismo es tan solo una de las varias formas de acceso a la Verdad. Es válida la afirmación, que forma parte de la fe de la Iglesia, de que Cristo murió por todos los hombres, no solamente por los cristianos. El Espíritu Santo actúa sobre todos los hombres invitándolos a hallar ese vehículo de salvación. Se recomienda insistir sobre este punto: el Espíritu Santo no actúa únicamente sobre los individuos; también sobre los pueblos. Esta actuación comporta una verdadera preparación evangélica pues la simiente de la Verdad también necesita de una tierra abonada. Por consiguiente - insiste la Declaración - la acción del Espíritu Santo no permanece fuera o al margen de la Redención sino que se produce conjuntamente con ella.

F. No se ha dado a los hombres otro nombre en el que podamos salvarnos que el de Jesús. Así lo certifican la doctrina de los apóstoles y el Evangelio. Contundentemente la fe enseña que no hay otro salvador ni mediador. Por esta razón los Primeros apóstoles y discípulos, como el mismo Jesús, se dirigieron con su doctrina primero a Israel, ya que a él correspondía la primacía por una larga preparación; más tarde también al mundo pagano obedeciendo las órdenes de Cristo: "a todas las gentes". Pero en la primera etapa los cristianos procedían casi exclusivamente de Israel. Fue mucho más tarde cuando se produjo la inversión cuantitativa, pues los israelitas eran número limitado - una parte de ellos rechazó la llamada - mientras que los gentiles eran abrumadoramente numerosos. Por eso, "aunque la salvación viene de los judíos" el cristiano tiene que afirmar que es ofrecida, únicamente, en el misterio de Cristo. La teología cristiana tiene que investigar en este sentido otras religiones hasta descubrir lo que en ellas puede haber en relación con esta verdad, pero bien entendido, que no puede apartarse un ápice de la afirmación de que la Salvación es ofrecida, únicamente, en la mediación de Cristo. Están por consiguiente en el error, fuera de la fe de la Iglesia, los teólogos que proponen se suprima el carácter absoluto que tiene esta doctrina como parte de la fe.

G. La Iglesia, fundada directamente por Jesucristo, es el miste-rio salvífico, no una simple comunidad de fieles. Es incorrecto referirse con exceso a la asamblea. Cristo sigue estando presente en medio de ella y el sacerdote es "alter Christus, ipse Christus" y, no un mero presidente en una reunión. No se puede identificar a Cristo con la Iglesia, que tiene dimensiones humanas, pero tampoco puede separarse de ella: he ahí el misterio de la salvación. En consecuencia no hay - no puede haber, en términos absolutos - más que una Iglesia, que es la esposa de Jesucristo, unida a él en esa inseparable unicidad. Los fieles, miembros de la misma, están obligados a sostener que la Iglesia católica, y sólo ella, es la fundada por Jesucristo. Esta afirmación contundente no constituye una negación respecto a que en las comunidades separadas pueden hallarse muchos elementos de santidad y de verdad, aunque no sean verdaderamente Iglesia, ya que se hallan separadas del tronco. La separación implica en si misma una carencia: conformarse con una parte de la verdad y no con toda ella.

El documento no menciona expresamente a las iglesias orientales pero alude de manera directa a ella cuando dice que aquellas comunidades que mantienen la sucesión apostólica y la Eucaristía, aunque no se encuentren en perfecta comunión con la Iglesia romana, pueden considerarse como iglesias particulares, ya que la disensión afecta a la disciplina y no a la doctrina. Se muestra en cambio muy contundente en la condena de doctrinas que hoy circulan y que pretenden decir que la Iglesia fundada por Cristo no es otra cosa que una suma de iglesias particulares y comunidades, que la Iglesia única hoy no existe, y que su identidad debe buscarse precisamente a través de las comunidades plurales.

H. La misión de la Iglesia es proclamar el Reino de Cristo. Por eso debe ser definida como sacramento, que se dirige a todos los hombres. Pues el Reino de Dios, aunque tiene una dimensión escatológica "mi reino no es de este mundo", explico Jesús a Poncio Pilato está ya presente, incoado, entre nosotros. Ahora bien ese reino de Cristo no se identifica con la estructura real concreta y visible que llamamos Iglesia; va más allá, es un reino espiritual. Resulta muy conveniente en nuestros días recordar que San Agustín ya lo explicó al hablar de la Ciudad de Dios: es la conducta, no las estructuras, lo que convierte al hombre en ciudadano de Dios. Estar en el Reino de Dios significa trabajar por ese plan salvífico de Dios.

I. La Iglesia, "Cuerpo místico de Cristo", revestida de una estructura temporal, es necesaria para la salvación; incluso aquellos que la alcanzan fuera de ella lo consiguen por su mediación ya que es el sacramento universal de salvación, íntimamente unida a Cristo que es Salvador único. Los cristianos debemos estar seguros de que Dios se vale de medios misteriosos para atraer a los hombres a ese camino de salvación. Partiendo de la firme y segura convicción de que Cristo ha redimido a todos los hombres, dentro y fuera de la Iglesia, ésta trata con respeto a todas las creencias en la medida en que éstas pueden ayudar a conseguir dicha salvación. Pero esto obliga a prestar atención y vigilancia para lo caer en el indiferentismo que en nuestros días llega a sostener que todas las religiones son, en este sentido, igualmente buenas.

Cerremos este resumen recordando que el documento es uno de los pocos sobre lo que los Pontífices, tras la constitución del Concilio Vaticano I, han creído conveniente ejercer esa función que confiere la infalibilidad.


II. EN LOS UMBRALES DEL TERCER MILENIO


1. Los cristianos tenemos el deber de recordar, para nosotros y para los demás, que esta fecha del año 2.000, tan exaltada en los medios de comunicación, hace referencia a un acontecimien-to muy singular que es como el núcleo sustancial para nuestra fe: el nacimiento de Cristo que significa la incardinación de la Trascendencia, Dios, en la inmanencia de la naturaleza hu-mana. Las otras dos religiones ofrecen cálculos distintos, como el que supone la creación del Mundo o la huida de Muhammad desde La Meka a Yatrib (Medina), que fijan en el l6 de julio del 622, aunque haya en esto un ligero error, ya que parece que tal acontecimiento tuvo lugar en septiembre del mencionado año. Más importante resulta el decalage sufrido por los cálculos cristianos: es bien sabido que Dionisio el Exiguo que propuso la fecha de que ahora nos servimos, cometió un error entre cuatro y siete años. Históricamente estamos seguros de que el nacimiento del Salvador se produjo en vida de Herodes el Grande, fallecido el -4, y en relación con la vasta operación de juramento de fidelidad por parte de todos los habitantes del Imperio y sus dominios. Eso que conocemos con el nombre de censo, aunque estuviese desprovisto de propósitos fiscales.

Esta diferencia entre fecha real y data calculada ha sido muy oportuna para los cristianos, pues en la conmemoración a que el Milenio ha dado lugar, se ha introducido un lapso de tiempo, liberador respecto al punto de una efeméride. Oportunidad, en consecuencia, para una profunda reflexión interior, muy adecuada puesto que el acontecimiento hace referencia a un movimiento personal para el encuentro con ese mismo Cristo. Jubileo e indulgencia aparecen ligados a una conversión, tomando la palabra en su sentido más exacto, como retorno al camino. Se trata, pues, de hacer un alto en la marcha, suspendiendo la relación cotidiana con los problemas del mundo entorno, para reiniciarla después, siendo hombres nuevos en el propósito, aunque no en la doctrina de la Fe.

Llama, indudablemente, la atención, la universalidad que ha adquirido la fecha: es una consecuencia del grado de penetración globalizadora que ha llegado a adquirir el cristianismo. Todas las demás Eras, o tuvieron un valor limitado al ceñirse a una estructura política - como la de la Fundación de Roma o la alejandrina - o permanecen circunscritas a los términos precisos de sus comunidades religiosas. La Era cristiana tiene un alcance universal. Seguramente una de las razones más poderosas en apoyo de esta circunstancia, radica en que el mundo ha sido educado por Europa, la cual durante siglos se llamó a si misma Cristiandad (Universitas christiana. Respublica cristiana) presentándose a si misma bajo este signo de identidad. No me parece ocioso recordar que esa superioridad de lo "europeo" le viene dada precisamente a través del Cristianismo que, sin renunciar a la herencia recibida desde el helenismo y la romanidad - antes bien haciéndolos suyos - proporcionó a las demás culturas su confianza en la dignidad de la naturaleza humana, dotada de libre albedrío y capacidad racional, su aprecio esencial por el trabajo, su apertura a la ciencia y también a la técnica, y su afirmación de que Dios ha puesto en esa misma naturaleza los derechos humanos, que compor-tan deberes igualmente significativos. La supresión de la esclavitud en siglos tempranos y de la servidumbre con posterioridad fueron el resultado de la lenta cristianización de la sociedad. Muchos siglos han sido precisos para una tarea tan ardua.

2. El acontecimiento que especialmente conmemoramos, desde nuestra Fe, es la asunción de la naturaleza humana por el Verbo divino, segunda persona de la Santísima Trinidad. Jesús de Nazareth, según esta fe, es verdaderamente Dios y verdade-ramente hombre. No se puede negar esto sin perder automáticamente la condición de cristiano. Ningún suceso, dentro del proceso histórico universal, puede compararse a éste. De ahi que el Concilio Vaticano II, que constituye, en si mismo, un esfuerzo radical en la contemplación de la Fe, haya querido recordarnos, no sólo a los bautizados sino también a todos los hombres que, en la doctrina de la Iglesia, Cristo es a la vez Señor y Centro de la Historia. La gobierna desde su Providencia y aparece instalado en ese punto que fue llamado por El mismo plenitud de los tiempos.

Tenemos que llegar a la conclusión de que si todas las naciones del mundo han coincidido en conmemorar, de distintas maneras, esa fecha que constituye el gozne entre dos Milenios, se está manifestando una realidad de la que no siempre nos apercibimos: ese mundo, a pesar de que con frecuencia experimenta las tentaciones de recusarlo, está impregnado de valores cristianos. Aun aquellos que se declaran enemigos de Dios y de su Nombre, cuando presentan proyectos para mejorar las condiciones humanas, recurren a argumentos que, sin darse cuenta, nacieron en la entraña misma del cristianismo. Europa es como un árbol de frutos variados pero cuyas raíces resultan invariablemente cristianas.

En más de una ocasión el Papa Juan Pablo II, que se distingue entre otras cosas por su sólida formación de humanista y filósofo - en él se hacen visibles las huellas de Santo Tomás, San Juan de la Cruz y Hartmann - ha puesto especial énfasis en recordarnos que Jesús no vino únicamente a completar y hacer definitiva la revelación acerca de Dios sino que, con su figura y con su palabra, mostró cuáles son las verdaderas dimensiones de la naturaleza humana. Perfecto hombre, viene a presentarse como modelo al que deben tender todos aquellos que quieren llegar a convertirse en hijos de Dios, esto es, los que escuchan la Palabra, la reciben y la ponen en práctica; que en estas tres cosas consiste el ser cristiano.

Señor de la Historia. El propio Jesús, en la sinagoga de Nazareth, se refirió a esta circunstancia al comentar el texto de Isaías. Probablemente es este el punto de partida más adecuado para una meditación acerca de este "umbral de la esperanza" en que, desde hace algunos años nos encontramos: cuatro han sido ,recomendados con precisión por la propia Iglesia. Todo el acontecer histórico (cuando se contempla a la luz de la Fe) se encuentra relacionado de alguna manera con el plan salvífico de Dios acerca del hombre. Recordemos lo que San Agustín explicaba con palabras muy precisas: "Dios, que te ha creado sin ti, no te salvará sin ti". El Concilio ha insistido en este punto partiendo de la llamada universal a la santidad que reclama y precisa de una respuesta. Cada uno de los hombres, nosotros, llega al mundo como consecuencia de un acto que es absolutamente ajeno a su voluntad, pero, a lo largo de su existencia, es dueño y responsable de sus acciones. La Iglesia insiste (veamos sobre este punto la Tertio millennio adveniente) en que el hombre no está sometido, como pretendía la cultura helenística, a un destino ciego e ineludible. Uno de los instrumentos de que Dios se vale en su plan de salvación, es precisamente la libertad humana.

Ahora bien, importa mucho no confundir libertad con independencia irresponsable, un defecto que es frecuente en nuestros días. Desde el punto de vista cristiano la responsabilidad es un componente esencial de la libertad, que es libre albedrío. Para decirlo con otras palabras la libertad no es una condición que el hombre construya por si mismo sino una donación que el Creador ha insertado en la naturaleza de los seres humanos racionales, haciéndolos así singularmente distintos de todos los demás vivientes. Abusando un poco del término podemos decir que, para el hombre, la libertad es un medio y no un fin. Constituye, sin duda, un gran don: permite abrirse a la verdad, desearla, escucharla y adherirse a ella empeñándose en la realización de aquello que constituye el bien. En ella, y en la capacidad racional para el conocimiento, que no se limita a la observación y experimentación, sino que permite alcanzar lo bello, lo bueno, lo justo, radica el secreto de ese futuro que las generaciones actuales deben construir. Por otra parte el hombre tiene capacidad para discernir el bien - ¡qué formidable ayuda proporciona en este aspecto la fe! - mientras que, por otra, está dotado de voluntad libre para elegirlo; cuando así lo hace, se produce el progreso.

3. Entramos ahora en relación con una palabra capital, frecuentemente tergiversada en nuestros días. No faltan pensadores que han llamado, desde fuera del ámbito de la Igle-sia, la atención también sobre este punto y sus consecuencias negativas. Pero aquí, en la reflexión en voz alta que intentamos, hemos de poner particular atención en la doctrina que la Iglesia enseña y que aparece expuesta en muy recientes documentos pontificios: progresar no consiste en acumular bienes materiales y, en definitiva, "tener más" sino en "ser más" es decir, en crecer, aproximándose al modelo de perfección de la naturaleza humana. Los bienes materiales pueden ser poderosos instrumentos que ayuden a ese crecimiento pero son incapaces de producirlo por si mismas. En definitiva de lo que se trata es de lograr incremento en la dignidad de que se halla revestida la naturaleza humana. El cristianismo insiste en recordarnos que en Cristo reside ya la perfección de la humanidad.

La Antropología cultural ha descubierto que, en todas las culturas primitivas, se conserva el recuerdo de que, en el prin-cipio de los tiempos, la naturaleza humana, creada por Dios, experimentó un deterioro de grandes proporciones. Es lo que la Biblia nos explica recurriendo a la conciencia del pecado original que, más allá de las formas literarias, aparece como un acto de soberbia: revuelta y desobediencia a Dios. Desde la simple experiencia humana somos conscientes de la inclinación al mal que se da en los seres humanos, oponiéndose a las ansias de bien, de justicia, en el sentido más religioso que podemos otorgar a esta palabra, y de vida. "Veo lo bueno y lo apruebo, pero sigo lo malo" es un adagio antiguo. Cristo - Jesús para los cristianos, un nombre que constituye una demanda de amor hacia su Persona -- al asumir la naturaleza humana, restableció en el mundo su forma más perfecta. No se trata, para nosotros, de tomar nota de sus enseñanzas, beneficiándonos de ellas, lo que ya seria mucho, sino de contemplarlo como modelo. La vida del cristiano cobra sentido precisamente en los esfuerzos que hace para aproximarse a ese modelo; no importa que partamos del convencimiento de que, incluso en aquellos ejemplos de mayor y más reconocida santidad, sólo nos es posible lograr una aproximación. La imposibilidad de alcanzar la meta es un consuelo para los que nos descubrimos débiles y demasiado proclives a la respuesta inadecuada.

La Fe nos ayuda a comprender mejor uno de los efectos de la Re-dención. La naturaleza humana, que no está definitivamente dañada y es susceptible de recuperación, tiene capacidad de progreso. La ciencia, en sus diversos sectores, presta ayuda inestimable a este progreso, a condición de que tenga presentes todos los aspectos de la naturaleza creada y no se limite a ser únicamente productora de técnicas. Pues lo verdaderamente importante no es el descubrimiento y empleo de la energía atómica, sino la formación sólida que permite al hombre saber cuando y como debe ser utilizada. A lo largo de veinte siglos, el cristianismo ha insistido una y otra vez en este punto, aunque no faltaron quienes, llamándose cristianos, no acomodaron su vida a tal advertencia. Muchos se han revuelto contra ella, considerándola incluso como signo de limitación y retroceso. Conviene insistir una y otra vez: no es licito invertir los, términos poniendo al hombre al servicio de la ciencia cuando debe suceder exactamente lo contrario

4. Recuerdo el Papa Juan Pablo II, en su documento Incarnationis Mysterium dos aspectos, que en esta reflexión que aquí intentamos, deben presentarse como fundamentales: a) que "la historia de la salvación tiene en Cristo su punto culminante y su significado supremo y, b) que esa "verdadera novedad" permanece para siempre "a través de la sucesión de las diversas épocas históricas". Los grandes pensadores, aquellos precisamente que fundaron la europeidad cristiana, lo explicaron ya de otra manera, con palabras adecuadas a su propio tiempo: el devenir histórico se desarrolla en dos planos superpuestos, aunque estén estrechamente relacionados. En el superior se está cumpliendo el plan salvífico de Dios - de la Humanidad caída, por un proceso de concentración a través de Israel, se llega a ese punto central que es Cristo, y desde Él se parte para una comunicación de los; bienes de la Redención a la Humanidad entera - mientras que en el inferior se producen las acciones de los hombres, afectadas siempre por la libre naturaleza que Dios les ha otorgado. Dios se vale también de esas acciones aunque muchas veces no lo entendamos, porque la Providencia vela sobre la Naturaleza, también la humana. A guisa de ejemplo puede valernos el caso de Roma, cuya unidad espacial e interior fueron adecuada preparación para el asiento y la expansión del cristianismo.

Se insiste muchas veces, y no es incorrecto, en declarar que el cristianismo es una religión "histórica" aludiendo al hecho de que hace constante referencia a personas reales, que vivieron en un tiempo concreto, relacionando además los grandes acontecimien-tos coetáneos. El Nuevo Testamento, aparte de su mensaje doctrinal, proporciona a los historiadores noticias muy valiosas acerca del desarrollo de una sociedad en un tiempo concreto. Sus autores lo hacen utilizando expresiones que son concretas, reales y precisas. Todo esto es verdad generalmente admitida. Pero debemos ir todavía un poco más lejos: ese cristianismo ha sido capaz de encarnarse en la sociedad humana, haciéndose cultura, con lo que presta su servicio también a los no cristianos, demostrando de manera indirecta la plenitud de Verdad.

También las comunidades humanas en cuanto tales, son susceptibles de recibir la fe: Juan Pablo II hace frecuente referencia al "bautismo de las naciones". A lo largo de veinte siglos el cristianismo ha crecido en extensión pero también en profundidad, dando múltiples respuestas a los problemas que asaltan a esa misma sociedad. En estas postrimerías del segundo Milenio podemos decir con exactitud que la doctrina de Cristo se ha hecho presente en el mundo entero.

Esto no obsta para que debamos admitir que, estando confiada al esfuerzo de los hombres, la expansión de esa doctrina, en sus aspectos externos, y tanto en sus dimensiones como en su profundidad, ha experimentado altos y bajos. Muchas cosas deben reconocerse en demanda de rectificación: por eso el Papa siente necesidad de pedir perdón por las veces en que los cristianos dejaron de ser fieles a sus enseñanzas. Sin embargo resulta evidente cómo crece sin descanso: al responder a la Verdad absoluta, revelada por Dios, no ofrece cambios ni variaciones, pero si desarrollo, capacidad para dar respuesta a los problemas a medida que estos se van
planteando. El Concilio Vaticano II lo ha recordado con énfasis al poner el acento en la actitud de servicio que para la Iglesia reclama: custodia de esa Verdad que ha recibido, ella tiene respuestas, y las ofrece, no sólo a los cristianos, sino a todos los hombres. Puede abrigarse una considerable dosis de confianza: así como el tránsito del primero al segundo Milenio significó un decisivo paso adelante para la Cristiandad europea, debemos pensar que ese tránsito por el "umbral de la esperanza" signifique también un nuevo empuje. Cierto que todo depende del uso correcto de la libertad.



III. BALANCE DEL PRIMER MILENIO


1. No es ocioso detenerse un tanto para madurar algunas reflexiones acerca de lo que fue el primer tránsito de uno a otro Milenio en la Cristiandad. Señalemos, ante todo, que el Cristianismo -- nuevo y definitivo Israel - nació en lo que entonces no pasaba de ser un rincón del vasto oecumene romano, respondiendo a la promesa que, insistentemente, Dios había hecho a aquella pequeña parcela de la Humanidad que Él mismo, Yahvé - el que es - "se había escogido como heredad". A este acontecimiento que significa "plenitud de los tiempos", las crónicas del mundo helenístico hicieron apenas una referencia breve e imprecisa bastantes años después. Hay, en todo ello, una profunda lección: Dios no escogió, para manifestarse, las formidables dimensiones del poder, la ciencia o la política, como hubiera sido el criterio de los hombres, sino la sencillez y la humildad. Acaso para que de este modo la Humanidad juzgara más correctamente la prodigiosa naturaleza del fenómeno que iba a cubrir el mundo y renovarlo. Lo cual no significa que también se valiera de ellas como instrumentos de preparación: el pensamiento helenístico proporcionará el juego de conceptos mediante los cuales se realizó la propagación de la fe; y a veces se tiene la impresión de que la creación del Imperio romano y la diáspora judía no fueron otra cosa que plataformas para cimentar el Cristianismo.

Profunda es la lección, que tampoco es exclusiva. Una doctrina es fecunda precisamente cuando se introduce en las venas de la sociedad de manera callada, simple, natural. La que corresponde al Cristianismo fue ganando a la sociedad romana desde dentro, creando un modelo de hombre que San Pablo no duda en llamar "nuevo". Entiéndase bien que esto no significaba que rechazara lo que otros hombres lograran antes, en el camino del bien y de la utilidad. Al contrario, mostró voluntad de asimilación y de transformación. No deja de proclamarse fariseo, educado a los pies de Gamaliel, recordando el tiempo en que perseguía a los cristianos, como no olvida comenzar sus enseñanzas en la sinagoga ni acudir al areópago de Atenas para invitarles a llenar ese hueco que se esconde tras la invocación al "Dios desconocido".

La fe comunicada por Jesús y transmitida después por sus discípulos, no hacia referencia a un determinado pueblo ni a un sector preciso: ser griego o romano, rico o pobre, libre o esclavo carecía ya de significación, pues el objetivo final y único era la salud del alma, el ingreso en el Reino de Dios. La igualdad se señalaba en la meta, término de llegada, pues, como en el tópico posterior se diría, "aquel que se salva sabe, y el que no, no sabe nada". Las diferencias entre los seres humanos, intrínsecas o extrínsecas, pasaban a ser coyunturales. La fuerza de la doctrina era, sin embargo, tan grande, que el resultado final, en un trabajo de siglos, seria de avance decidido hacia la igualdad, la justicia social, la paz. Luchando permanentemente con las deficiencias del pecado.

De la triple herencia patrimonial - filantropía griega, ius romano, trascendencia judía -. el Cristianismo supo hacer una síntesis que procuraba nuevos modos: de pensar y nuevas formas de sociedad: necesidad de que las comunidades humanas sometieran sus leyes al imperativo de la moral; desgaste paulatino de los vínculos de dependencia que hacían del hombre una cosa; reconocimiento de que todos los seres humanos, aun aquellos que estaban fuera de la Iglesia, eran susceptibles de convertirse en hijos de Dios escuchando la Palabra y poniéndola en práctica. No olvidemos algunos de los grandes descubrimientos que se produjeron en los primeros siglos de ese primer Milenio. San Agustín, adelantándose en este punto a los científicos de nues-tros días, explicó ya que el tiempo es una criatura y tiene su historia, quedando así al cuidado de los hombres. Viviendo en circunstancias políticas extraordinariamente difíciles añadió que la Ciudad de Dios no coincide con ninguna de las estructuras temporales, pues el secreto de ella reside en el interior de cada ser humano: de modo que son ciudadanos de Dios aquellos que, por amor a Dios, son capaces de llegar al desprecio de si mismos, mientras que son ciudadanos del diablo los que, por amor a si mismos, llegan, como en nuestros días, al desprecio de Dios.

Pongamos también la atención en San Benito y en su capacidad para hacer abstención absoluta (que es lo que significa "contemptus") del mundo; la perfección en la vida cristiana, nos dijo. consiste precisamente en el amor al prójimo cuando éste es el reflejo del amor de Dios. Por eso el benedictismo invitaba al monje y, con su ejemplo, a todos los demás, a manifestarse en su actividad mediante tres dimensiones jerárquicamente dispuestas, de abajo a arriba- como trabajo (opus manuum), estudio (lectio divina) y oración contemplativa (opus Dei) en la que todo culmina. San Gregorio y San Bonifacio, que con aquel forman la trilogía de fundadores de Europa, moviéndose también en esta línea, añadieron que la verdad cristiana - tesoro inestimable que a ningún otro puede compararse - tiene que ser transmitido a los demás seres humanos; sería absurdo y contrario a la ley del amor poseer una riqueza absoluta y negarse a compartirla. Para San Isidoro de Sevilla el fin primordial del saber no es su utilidad práctica sino el conoci-miento correcto de lo que, en si, significa la Naturaleza creada.

Sobre estas bases, conservadoras del saber antiguo, platónico y aristotélico, y reconstructoras también del objeto del conocimiento, y sobre un salto en calidad. que podríamos simbolizar en el número cero, la gran aportación de Gerberto de Aurillac, que sería Papa Silvestre II para ese año l000 de nuestra Era la primera Escolástica logró poner unos firmes sillares para la europeidad. La Naturaleza creada se mostraba ante sus ojos como un cosmos ordenado y armónico, que Dios puso en marcha creando, al principio de todo, la Luz, forma esencial de la energía, y rematándolo con el hombre en quien se dan, al culminar la cadena de los seres vivos, las dos circunstancias esenciales de una capacidad racional para el conocimiento especulativo y de libre albedrío, para operar la adhesión a la verdad. Las modernas hipótesis acerca del origen del Universo en nada estorban a esta comprensión.

Ese crecimiento de "europeidad", cuyas raíces son absolutamente cristianas, no se produjo sin traumas, en ocasiones especialmente dolorosos. Ya en los siglos IV al VI de nuestra Era se habían conseguido los avances decisivos para, sobre el solar devastado del Imperio romano, constituir una comunidad humana que, tras ciertas vacilaciones en cuanto al nombre, se acabarla definiendo como Cristiandad ya que aceptaba que la Fe de Cristo era criterio absoluto de verdad y norma de conducta. A, esto es a lo que se refería Juan Pablo II cuando, bajo las bóvedas de la catedral de Compostela, invitaba a retornar a las "raíces" para que Europa pudiera ser "ella misma" invocando los tres nombres de Benito, Gregorio y Bonifacio a que nos hemos referido. No cabe duda: fueron cimientos de europeidad, la cual consiste en un modo de ser, aceptación de determinados valores en que no hay error.

Pero en los años siguientes, al deshacerse el Imperio de Carlomagno que, por unos años pareció hallarse en el umbral de una nueva construcción, aprovechando la memoria de la romanidad y la fuerza creadora del cristianismo, Europa se vio acometida por tremendas convulsiones sociales y por los asaltos de nuevas y terribles invasiones que nada tenían que ver con la herencia recibida: magyares de la estepa, vikingos depredadores del mar, y sarracenos que contaban con el gran respaldo del Islam, que la redujeron a extrema pobreza, división y violencia. Puede aplicarse a esos siglos previos al año Mil la definición de pecado que la Tertio Millenio caracteriza como haberse "alejado del espíritu de Cristo y de su Evangelio". De nombre, Europa seguía siendo cristiana, pero en su conducta. . . muchas regiones, sectores muy amplios de aquella sociedad parecían haber vuelto al paganismo. Los apodos con que se distinguen algunos de los personajes más sobresalientes resultan suficientemente gráficos. Hay una profunda lección para nosotros: la. incidencia en el materialismo y en la dura crueldad, que ha caracterizado a nues-tro siglo XX, no carece de precedentes. Sin embargo, y a pesar de todo, de aquella situación dramática la Cristiandad emergió. Los efectos de la disolución habían llegado a la misma Roma: basta decir que en los libros de texto el siglo X es mencionado como una "edad de hierro del Pontificado".

Pese a las deficiencias que entonces se registraron - a fin de cuentas los miembros de la Cristiandad se ven afectados por las debilidades humanas - y a que la jerarquía eclesiástica se vio sometida a los poderes laicos - no hay que olvidar que no faltaban entre éstos personas dotadas de buena voluntad de servicio a. la Iglesia - la difusión y enriquecimiento de la fe había continuado. Quiere decirse con esto que habla reservas suficientes para que, en torno al año l000 se produjera una inversión en el sentido de la marcha. Es ridículo hablar de terror milenario, fantasía para novelistas muy posteriores, entre otras razones porque pocas personas tenían entonces conciencia del valor que debe darse a las fechas, como momento de cambio -el año último del siglo se escribía entonces con M y no con ceros y, en todo caso, éstas se inclinaban más a la interpretación jubilar que a otra cosa. Ello no obstante los historiadores se ven obligados a reconocer en el siglo XI una especie de refuerzo hacia la reconstrucción verdadero desarrollo de la Humanidad que iba a proporcionar a Europa la primacía y una especial capacidad para dirigir los avances del mundo.

2. El creciente laicismo, que ha desembocado finalmente en un materialismo agnóstico que pone su confianza tan solo en una técnica muy avanzada, ha tratado de educar a las últimas gene-raciones de europeos en el olvido y, a ser posible, la negación del papel decisivo que la doctrina cristiana ha desempeñado en la conquista de eso que puede llamarse, con razón, Humanismo, sujeto, desde luego, a vicisitudes. No vale la pena entrar en debates ni discusiones estériles. Detengamos, pues, por un momento, nuestra meditación en estos dos puntos recordados directa o indirectamente por el Concilio Vaticano II: el mensaje que Cristo ha confiado a los hombres es una llamada universal a la santidad, que no puede implantarse de golpe sino que debe construirse lentamente, superando muchas deficiencias y obstáculos; por otra parte, si establecemos una comparación, en esa misma coyuntura del año l000, entre esa comunidad humana que hemos llamado Cristiandad y las otras sociedades entonces existentes, descubrimos que aquella poseía ya un núcleo de valores esenciales, que a otras faltaba, y que venía a anunciar las ricas posibilidades de futuro.

El Cristianismo ha aportado, entre otras muchas - necesitaríamos de un amplio espacio para enumerarlas - tres ideas germinales sobre las que es preciso detenernos, convirtiéndolas en punto de meditación. La libertad es un don de Dios, dimensión incorporada a la naturaleza humana y no una cantidad que, en forma de independencia irresponsable, se suma o resta al derecho que corresponde a la persona; su misión consiste en adherirse a la verdad y al bien y cualquier impedimento que se ponga a su recto ejercicio tiene que ser corregido. Entre los impedimentos es probablemente
el primero la desinformación, propaganda de la mentira, la calumnia o la difamación. Afirma nuestra Fe que todos los seres humanos son iguales ante Dios, que Cristo les ha redimido a todos y que todos, finalmente, pueden llegar a convertirse en hijos de Dios si escuchan su Palabra, la aceptan y la ponen en práctica. En consecuencia entre los bienes que deben comunicarse al prójimo ninguno puede compararse con éste de comunicar la doctrina. La tercera dimensión que parece oportuno destacar - fue un gran descubrimiento en el siglo XII y cambió muchas cosas - es la que atribuye a la condición de la mujer - femineidad - un valor indiscutible ya que el propio Jesús, al nacer de María, había colocado a ésta, una mujer, en la posición de la más excelsa de las criaturas.

No hace falta echar mano de muchas disquisiciones para comprender las trascendentales consecuencias que, incluso en el orden de las cosas temporales, se han derivado de estos axiomas. Basta tomar en consideración que la proyección de la mujer al primer plano se ha dado solamente al partir de aquellas sociedades que eran el resultado de unas profundas raíces cristianas. Como en otros muchos aspectos la sociedad que llamamos, occidental ha actuado como educadora. l7

3. Decíamos con anterioridad que sólo un reducido número de lo que significaba esa llegada del año l000 desde el nacimiento de Cristo: entre ellas tenemos que situar al abad Oliba de Ripoll, empeñado en construir una biblioteca y en fomentar los movimientos de paz, y al Papa Silvestre II, aquel Gerberto de Aurillac, que también había pasado por Ripoll y era tenido por uno de los hombres más sabios de su tiempo. Añadiremos un tercero, el. emperador Otón, tercero de este nombre,. que viajó a Aquisgrán para abrir la tumba de Carlomagno. Los tres tuvieron una visión optimista del evento, como debe ser ahora para nosotros: se remonta la etapa de un tiempo largo, construyendo cristiandad. El balance de aquel primer tramo debla servir como impulso para la construcción de paz y concordia entre los cristianos. Ya no había amenazas de bárbaros. Superadas muchas dificultades, las Escuelas anunciaban el desarrollo del saber.

Fue por estos años cuando la Iglesia decidió impulsar aquellos dos movimientos que llamaba de la paz y de la tregua de Dios. Dijo a los soberbios guerreros que aun rendían culto a la espada y le ponían nombre, como si de personas se tratase: si queréis ser cristianos tenéis que poner a salvo de sus golpes a las personas y bienes sagrados, a los inocentes, a las mujeres, a los pobres y también a las cosechas del campo. Luego trató de convencerles de la inmoralidad que significaba combatir un jueves, institución de la Eucaristía, viernes en que se conmemora la Pasión, sábado dedicado a la Virgen Maria o en domingo que es día por antonomasia dedicado al Señor. Convengamos en que una guerra, de espada contra espada únicamente, reducida a tres días por semana, no era cosa muy seria. Pero dejando aparte bromas, que pueden ayudarnos a comprender cómo es preciso emplear vías indirectas, en tales principios se hallaba el germen de una conducta exigible y que ahora llamamos derecho de guerra: el adversario es eso, no un enemigo, y debe ser tratado con el mismo respeto que uno quisiera para si. El prisionero tenia derecho a un rescate. Las escasez de bajas es una de las características de las guerras internas medievales, una norma que no se hacia extensiva a las luchas contra los infieles.

De estos movimientos para la paz de Dios salieron luego instituciones como las Asambleas, que otorgaban a los reinos una representación. Es, por consiguiente, a la Iglesia, que tenía el precedente de sus Concilios, a la que corresponde protagonismo en la invención de esas grandes reuniones en las que se tomaban acuerdos que se convertían en leyes. Tuvieron su origen en Espa5a y esto no debe extrañarnos ya que aquí se contaba con el precedente de Toledo. Con el tiempo las Asambleas cuajaron en la formación de esos parlamentos que adoptan nombres diferentes, según los países, como Cortes, Comunes y Lores, Estados Generales o Dietas.

La Iglesia trató de hacer llegar a quienes ejercían poderes públicos un mensaje doctrinal que invertía los antiguos términos de relación entre soberanos y súbditos, olvidando el "ius vitae necisque" de los antiguos magistrados romanos: los reyes, y cuantos en su nombre actúan - a este respecto la conversación de Jesús con Pilato era decisiva -- son suscitados por Dios a fin de que sobre sus hombros recaiga el pesado deber de ejercicio de una potestad encaminada al bien común. Gobernar dejaba, por tanto, de ser un derecho o, simplemente, un arbitrio, para convertirse en una misión de cuyo cumplimiento Dios mismo habrá de pedir cuentas y muy estrechas. Son palabras, éstas, que encontramos en cartas de Isabel la Católica a su marido. Responsables ante Dios: todos los gobernantes lo son, les guste o no, según esta doctrina cristiana. Y. cuando los reyes medievales reclamaban para si un poder absoluto, no querían decir que fuese arbitrario o despótico - esta deformación vendría después - sino independiente de cualquier instancia superior que no fuese la ley de Dios. Son doctrinas e ideas que, desde los esquemas de un radical laicismo, como es el de nuestros días, se tornan incomprensibles pero sobre las que se fundamentan todas las exigencias de un gobierno justo, obediente a las leyes.

En el siglo XII la Iglesia había conseguido que, al menos, una cosa quedara clara: entre monarca y súbditos existe un deber con-tractual - "Dios, qué buen vasallo si hubiera buen señor", dirá el poeta anónimo del páramo castellano - que pone su referencia en la ley de Dios y los usos y costumbres del pueblo que a ambos obligan. Algunos obispos, profundos teólogos, como John de Salisbury, completarían esta argumentación diciendo que el monarca que incumpliendo su deber, prescinde de esa obediencia debida al orden moral, pierde su legitimidad de ejercicio, se convierte en tirano y "tyrannum occidere non modo licitum est sed aequum et iustum". Estamos, indudablemente, ante un extremo límite para esa doctrina; pero cuando se la reduce a sus justos límites, se descubre la gran dimensión que se otorga a la libertad, pues no es suficiente que una potestad sea legitima por su origen, ya que las órdenes del superior sólo obligan si son conformes a derecho. Antes de iniciar su reinado los monarcas españoles estaban obligados a jurar, delante de Dios y de su Cruz, acatamientos a las "leyes, fueros, privilegios, buenos usos y buenas costumbres" que constituían en esencia las libertades del reino.

Probablemente el paso más decisivo, despegue hacia un futuro que fuese más respetuoso con la persona humana en si misma, se dio en el siglo XI, con ocasión de la que llamamos "reforma gregoriana" la cual constituye un fenómeno complejo. De él forma parte el enfrentamiento entre Papa y emperador, que discutían a quien debía corresponder la iniciativa en la dirección de esa Cristiandad que era considerada comunidad (Universitas christia-nafadna), dotada también de una res publica, un bien común que había que atender con preferencia. Esta batalla, en parte política, que ocupa mucho espacio en nuestros libros de texto, era meramente coyuntural. Lo importante en aquel momento era la floración de unos pragmáticos hallazgos realizados por los monjes: con independencia del status profesional de los hombres y de sus gustos y aficiones, existen en ellos dos dimensiones una espiritual y otra material, que se reflejan bien en el orden social.

La primera es superior a la segunda y de esto no puede dudarse,. pues la doctrina cristiana enseña que el hombre ha sido creado para que busque y encuentre a Dios, alcanzando, como resultado de dicho encuentro, la salvación eterna. Todos los bienes de este mundo - y nadie debe dudar a la hora de calificarlos de bienes, pues lo son - resultan en cualquier caso, muy inferiores a ese supremo que radica en la salvación eterna, fin verdadero y último de la naturaleza humana. La existencia es un plazo de duración incierta, pues no es dado al hombre elegir el momento de su naci-miento ni conoce la hora de su muerte; sin embargo, tratándose de un don de Dios, debe ser aprovechado para contraer los méritos que cumplen para conquistar la vida eterna.

Muchas más cosas podrían decirse. Basta con las que aquí hemos memorizado para hacer comprender que el giro experimentado por la Cristiandad, a la que ahora llamamos Europa, alcanzó en ese segundo milenio cotas decisivas. Tampoco puede olvidarse cuanto de mal estaba adherido a ese bien. La Iglesia da una explicación ya que el" fomes peccati" se encuentra indisolublemente unido al hombre. La posibilidad de rechazar a Dios es algo que se encuentra dentro de las dimensiones de la libertad humana. El trigo y la cizaña crecen juntos. Por eso los historiadores pueden manipular a su antojo la realidad, destacando únicamente aquellos aspectos que más convienen su propósito. Sucede abundantemente en nuestros días que se olvidan de una de las dos caras de la moneda. Vale la pena destacar los aspectos positivos, pero sin olvidar nunca los negativos

4. Los efectos de esta doctrina fueron tan grandes que Europa comenzó a despegarse de todos los demás ámbitos culturales, que permanecieron anclados en valores que, aun siendo positivos, tenían demasiada tendencia a detenerse: la diferen-cia esencial probablemente radicaba en que estos otros tenían de la libertad ese viejo concepto que la convierte en valor añadido y cuantitativo por lo que la esclavitud era dimensión esencial en su estructura económica - durante los siglos primeros de la modernidad los europeos, instalados en espacios lejanos volverían a ella con cierta intensidad - mientras que la Cristiandad, habiendo descubierto su naturaleza de cualidad ínsita en el hombre mismo (libre albedrío) se preparaba, mediante esfuerzo prolongado y titánico, aunque al fin exitoso a declararlo bien común universal. No siempre hubo avances. También fueron notorios los retrocesos: el codicilo del Testamento de Isabel, que declaraba la libertad de los indígenas americanos, fue abundantemente quebrantado.

La Cristiandad partía ya entonces de que el vinculo de unidad entre sus miembros no es otro que el reconocimiento de valores éticos que la Iglesia custodia y defiende con su autoridad. La sociedad contemporánea, que ha descubierto las malas consecuencias que se han derivado de su rechazo, pugna en nues-tros días por encontrar algún organismo que pueda sustituir a la Iglesia en esa tarea de servir de custodia de unos principios que deben colocarse por encima de los poderes de los políticos. Pero fía todo ello a acuerdos y consentimiento, lo que significa some-terse al criterio de los poderosos. La Iglesia no se atribuía a si misma la invención de la norma moral; ésta responde a la ley que Dios ha establecido en el universo.

Por otra parte la Iglesia enseñaba que la autoridad, en cuanto que reconoce y señala qué cosas son buenas y deben por consiguiente procurarse (bien común de la república) debe reputarse como buena en si misma. El poder (potestas) que coercitivamente corrige a quienes no cumplen con su deber, no pasa de ser un mal menor necesario. Desde este punto de vista una sociedad cuyos miembros sean capaces de cumplir su deber sin necesidad de coerción, es en si misma perfecta. Felices los pueblos que no necesitan del poder. Claro es que tal condición sólo puede darse en Utopía, nombre que inventó Tomás Moro, una de las víctimas más notorias del abuso de poder. Utopía significa, precisamente, en ninguna parte. La autoridad, de acuerdo con la doctrina cristiana, se encuentra sometida de tal modo al orden moral que puede considerarse como una proyección de éste.

Esta Cristiandad, que había renunciado al viejo nombre de Europa, tuvo que volver a él en el siglo XV cuando, a consecuencia de su propio desarrollo, hubo de admitir que existían otras Cristiandades no europeas. Para entonces se había dado un proceso de maduración que hizo del siglo XIII uno de los más fecundos creadores de patrimonio para el futuro. Se habla de la "gran paz'' entre l2l5 y l282, refiriéndose a un tiempo en que los reinos europeos anteponían la negociación a los conflictos y es sintomático que en l2l5, siguiendo una trayectoria iniciada en Espa5a, Inglaterra consiguió establecer en un documento feudal colectivo, relaciones de vasallaje entre monarca y súbditos que garantizaban a éstos su libertad. Fue llamado Carta Magna. Es significativo que cuando los políticos actuales tratan de hacer el elogio de las Constituciones por ellos consensuadas, las llaman precisamente Carta Magna aunque quizá desconocen lo que en principio fue.

Como una consecuencia de nuevas relaciones se organizaron entonces Monarquías, algunos de cuyos titulares fueron canonizados; estamos en el tiempo de San Luis, de San Fernando, de Jaime I, de Eduardo I, de Alfonso X, de Rodolfo de Habsburgo. Pero sobre todo fue el siglo de Santo Tomás de Aquino que fue capaz de explicar en términos filosóficos el misterio de la transustanciación que se da en la Eucaristía, haciendo presente la Trascendencia en la inmanencia; dio perfecta cuenta de como en el hombre se dan las dos condiciones de libre albedrío y capacidad racional para el conocimiento especulativo; y definió el ius de una manera tan sencilla y clara como "dar a cada uno lo suyo" (suum uniquique tribuere). La ley, producto del ius, debía regular las relaciones entre los hombres precisamente para evitar el crecimiento excesivo del poder.

 



IV. ERRORES Y FALLOS QUE DEBEN EVITARSE


1 . La doctrina, pese a los errores que pudieran cometer los cristianos, conservaba siempre una plataforma que permitía el retorno, la rectificación. Fijémonos en las Cruzadas, sobre cuyos excesos la Iglesia se ha visto movida a una demanda de perdón. Desde muy pronto ella había reconocido a la Tierra (Eretz Yisrael) un carácter "santo" y no sólo porque fuera el escenario de la vida, pasión, muerte y resurrección de Cristo sino de una manera especial porque Jerusalem era lugar en don-de se producía el encuentro del hombre con Dios, imagen y anuncio de esa otra "Jerusalem celestial" en el final de los tiempos. Atribuyó a este viaje - terrible peripecia hasta un tiempo cercano a nosotros - un valor absoluto en cuanto a la limpieza que podía otorgar al pecador haciendo de él un"hombre nuevo". Después del año l000, y dentro del. gran movimiento que tendía a la restauración de la dignidad moral en los seres humanos, se fue perfilando la aplicación pragmática de esa indulgencia que otorga, una vez que los pecados hubiesen sido disueltos sacramentalmente, una limpieza completa de las reliquias y suciedades que éstos provocan. Otorgó, además, a Roma y Compostela, comprobadas tumbas de apóstoles, una condición semejante. Dante aplicó a este hecho algunas bellas palabras: Sólo es peregrino el que camina hacia la tumba de Jacobo, romero el qué va a Roma, palmero el que se encamina a Jerusalem». Una idea que Shakespeare completaría explicando que "palma con palma, ese es el beso de los palmeros".

Se trataba de una de las más esperanzadoras consecuencias de la doctrina cristiana. Ningún hombre, cualesquiera que sean sus pecados, puede darse absolutamente por perdido. Siempre es posible alcanzar el perdón mediante "verdadera y fructuosa penitencia". De éstas era la peregrinación el vehículo más adecuado. Pero la Tierra Santa estaba ahora en poder de infieles, que dificultaban el acceso, y habían fracasado los esfuerzos bizantinos para recobrarla. Los guerreros de Occidente, apenas rescatados de su violencia original, decidieron restablecer el dominio cristiano sobre la Tierra, olvidando tal vez la lección evangélica de que quien recurre a la espada por ella perecerá. Entraron en Jerusalem, pero en medio de un baño de sangre, y tomaron del Islam el precepto de la guerra santa. Durante un siglo, aproximadamente los cristianos pudieron permanecer allí, sosteniendo una guerra continua que concluyó, como era de esperar, con la retirada. Decepción sentimientos contradictorios fueron el resultado.

Un día pasó por Jerusalem aquel extraordinario santo de Asís, a quien llamaban Francisco porque de su madre tomara un acento francés para sus palabras. Había completado las tres peregrinaciones y, traía una experiencia directa y personal acerca del amor. No era la espada - no podía ser, en absoluto, la espada - el vehículo que guiara a los palmeros sino el beso humilde que nace del amor a todas las criaturas y de una manera especial a aquel escenario donde tuviera lugar el nacimiento - había que llenar las casas de "belenes" para la Navidad - y la vida entera de Jesucristo. Sin más arma que su hábito, sus oraciones, su radical demanda de amor, los franciscanos se instalaron en los lugares de Palestina. Y allí siguen sobreviviendo a regímenes mamelucos y turcos y de otras variadas especies.

2. Parece que estamos lejos de aquellos umbrales del segundo Milenio que ahora ha terminado, que fueron cumplidamente aprovechados para el crecimiento, aunque la opinión general en nuestros días, tan ignorante o malaventurada cuando se trata del conocimiento de los tiempos pasados, se haya vuelto en contra de ellos. Un tiempo en que Europa se llamaba Cristiandad pues tal era el orden de valores en que se movía. Ahora casi todo el mundo prefiere utilizar el neologismo inventado por los humanistas, calificándolo de "medieval" en un tono de menosprecio que tuerce la comisura de los labios. Incluso muchos cristianos, en nuestros días, invocan la necesidad de renunciar a ese rico patrimonio, como si sólo tuvieran que acordarse de él para pedir perdón. Debemos poner el mayor cuidado en este aspecto: errores en la conducta de algunos o de muchos cristianos, no equivalen a negar la rectitud en los planteamientos. Al cristianismo, que fue capaz de incorporar lo que había de valioso en el antropocentrismo helénico y, en la jurisprudencia romana, debe Europa - y no solo ella - cuanto tiene hoy de valioso.

Europa a su vez, ha educado al mundo. Durante siglos el acceso a la modernidad y al desarrollo ha dependido de la asunción y aprovechamiento de los valores que desde aquí se proponían. Pero esos valores eran, en su origen, cristianos. Una muestra de tal influencia la tenemos en que la conmemoración del año 2000 ha tenido carácter universal, sin referirse únicamente a esa tercera parte de la Humanidad que invoca el nombre de Cristo. Un acontecimiento, tan desconocido en su momento como fue el Nacimiento del Salvador - ni siquiera conocemos su fecha exacta - ha servido como consigna a la Humanidad entera. Tras este hecho subyace sin duda un misterio profundo. Convertido en "católico", que significa universal, el mensaje cristiano, abierto a todos los hombres, incluso a los no creyentes, se ha convertido en viento misionero, haciéndose oir prácticamente en todas partes. De este modo y a pesar de los errores y debilidades de aquellos seres humanos que constituyen la Cristiandad, ha tenido lugar un prodigioso crecimiento proporcionando a todos los seres humanos valores éticos que, especialmente ahora, descubren su gran importancia.

Pertenece a la esencialidad de la fe católica, que nadie más comparte con ella, esa certeza en que Jesucristo se hace real y verdaderamente presente entre los hombres mediante la Eucaristía; esa presencia, desde el momento mismo en que por primera vez se produjo, no se ha interrumpido nunca. Puede replicarse que dicha convicción afecta únicamente a los cristianos. Sin embargo presenta derivaciones y consecuencias que afectan a todos los hombres: trascendencia e inmanencia no pueden definirse como encerradas en si mismas sino que son susceptibles de comunica-ción. El hombre, de hecho, se torna incomprensible cuando se le despoja de la dimensión de su propia trascendencia que le permite - en la práctica le obliga - a dirigirse al mundo, a los demás hombres y, en definitiva, a Dios. Añade la doctrina católica que la dirección es correcta cuando se busca, mediante ella el conocimiento y la entrega, que es lo que nuestros pensadores definieron como amor de dilección, muy distinto de la errónea concupiscencia, que pretende tan solo la posesión. Una de las tergiversaciones más preocupantes entre las producidas en nuestro tiempo radica precisamente ahí: se han puesto limites egoístas al amor y se le ha convertido en una búsqueda de placer. La mujer tiene derecho a tener hijos y, a la inversa, a deshacerse de ellos en la medida de sus deseos.

Explica la doctrina cristiana que la incardinación de la Trascendencia en la naturaleza humana se produjo por medio de una doncella de Israel, Maria, que ha sido reconocida, con toda propiedad como Madre de Dios («Theotokos») en el Concilio de Efeso. Los cristianos de la Iglesia oriental, mejor preparados teológicamente, extrajeron de esta doctrina consecuencias importantes, mucho antes de que lo hicieran los occidentales. En ambos casos, sin embargo, se trataba de una posición dogmática inaccesible a los no cristianos. Pero las consecuencias en el orden social han sido de grandes dimensiones. En el siglo XII, partiendo del reconocimiento de la inmarcesible misión de Maria, se afirmó que siendo ella la primera entre las criaturas se llegó a la conclusión de que la femineidad llevaba en si misma cualida-des excepcionales. Tal fue el comienzo de una revolución de lo femenino que, con altibajos, no dejarla de progresar: basta comparar el papel que se reserva a la mujer en las sociedades de raíz no cristiana para apreciar la naturaleza del fenómeno. En algunos de los textos evangélicos más significativos, Jesús se dirige a su madre llamándola simplemente Mujer.

En María se reúnen la Maternidad y la Virginidad en un mismo acto y ello debería hacernos reflexionar profundamente pues se trata de aportaciones a la dignidad de la naturaleza humana de las que no es posible prescindir sin que esa misma dignidad quede destruida. En nuestros días, e invocando una curiosa "liberación" que intenta conseguir para la mujer muchos de los defectos de que hace mucho tiempo los varones hubieran debido ser corregidos, se impone una tendencia muy desviada en esta línea. Conviene mucho clarificar las ideas. La Iglesia, en su doctrina, no ha tratado de marginar sino de enaltecer a la mujer, invitándola precisamente a emplear los recursos y las cualidades de que dispone.

3. De este modo la Cristiandad medieval abría un horizonte de insospechadas dimensiones, reflejando uno de los aspectos de la Revelación, aquel que se refiere a la dignidad de la naturaleza humana, tan elevada en si misma que Dios la escogió para encarnarse. Todo esto sucedió cuando Europa daba algunos pasos de suma importancia, como establecer las nuevas comuni-dades del saber que se llamaron universidades del Estudio General, redescubría que la Tierra era una esfera girando en el espacio, y enviaba a sus navegantes a perforar las rutas de los mares en busca de mundos nuevos. Ese inmenso patrimonio, trabajosamente adquirido, pero muy fecundo a pesar de la torpeza de quienes lo manejaban pudo ser transmitido a América dando origen a ese hecho, recordado por Juan Pablo II en el primero de sus viajes a aquel Continente, de que la parcela más considerable de la Iglesia cuando reza a Jesucristo lo hace en español. Desde el siglo XV y, precisamente por los cuidados de un Papa, Pío II, gran humanista, Europa recuperó su viejo nombre porque la Cristiandad había dejado de coincidir con sus limites: estaba cruzando los umbrales de la universalidad.

Aparecía, sin embargo, como una Cristiandad dividida. Desde el siglo XI la Iglesia oriental, que prefería expresarse en griego, reclamó su autocefalia y retiró su comunión con Roma, aunque sin modificar, por ello, la fe expresada en los primeros Concilios ecuménicos. Mediante un proceso iniciado en el siglo XIV, ciertos teólogos reformadores, sin dejar de llamarse cristianos, se apartaron de la autoridad de la Iglesia y rechazaron aspectos sustanciales de su doctrina. Vinieron primero dudas en torno al ejercicio de la virtud de la pobreza, como si en vez de desprendimiento, exigiera el despojo de todos los bienes materiales. Embrollos también en torno a la femineidad, pues no faltaron maestros, procedentes sobre todo de las filas del nominalismo que, presentando el ejemplo de Eva, por quien penetró el pecado en el mundo, recomendaban considerarla como un mal genérico del que Maria sería la excepción. Negativa en relación con las acciones humanas como si éstas, encerradas en la pura inmanencia, no pudieran alcanzar méritos en orden a la santidad. Item más, dudas acerca del valor de la razón y de la experiencia humanas que consideraban circunscrita al conocimiento de los individuales concretos, aquellos que pueden ser medidos e instalados en ejes de coordenadas. Las más peligrosas fueron las dudas en torno al libre arbitrio, dañado, según algunos maestros, de manera sustancial e irreparable, por el pecado original. Tal fue la doctrina brillantemente expuesta por Martín Lutero en torno al "servo arbitrio", partiendo de una exagerada interpretación de la doctrina agustiniana acerca de la "massa damnata".

Todo esto Se apoyaba en las corrientes del nominalismo, que rechazaba que los conceptos universales fuesen "complejos significables" como decía Santo Tomás, para reducirlos a meros nombres. La ciencia, según ellas, debía limitarse a la observa-ción y experimentación de los individuales concretos. Esta concepción afectaba a la política pues reducía las comunidades a simples agregados de individuos, y a la misma Iglesia, que dejaba de ser considerada como Cuerpo místico de Cristo para ser la suma de los cristianos. Grupos numerosos, sostenidos por interesados príncipes que veían en ello un incremento de su poder, invirtiendo los términos - "cuius regio eius religio" - para declararse como Enrique VIII cabezas de la Iglesia, se separaban de la Iglesia para declararse a si mismos como iglesias propias, negando la totalidad de la doctrina y sustituyéndola por otra. Desbordados los límites de lo religioso, no hubo diálogo o debate que pudiera permitir algún remedio en el acercamiento, sino ruptura y negación. Las consecuencias fueron muy radicales. Como reyes y príncipes se erigieron en protagonistas del debate, recurrieron a esa "ultima ratio" que es en política la guerra, que fue larga, enconada, y dejó tras de si una estela de creciente violencia que se arrastró en Europa hasta el siglo XX. También las Monarquías católicas se contagiaron de esa tentación que consiste en considerar la religión como una de las actividades humanas que debe someterse a las directrices del Estado.

La autoridad moral de la Iglesia fue rechazada y, desde el Congreso que en l648 puso fin, en Westfalia, a las guerras de religión, se decidió reconocer a los Estados una soberanía total y completa: el término "absoluto", como explicaba Hobbes por aquellos días, despojado de su referencia al orden moral objetivo custodiado por la autoridad espiritual independiente, cobraba las dimensiones radicales que se expresan con la frase de "la voluntad del rey, es ley". Absoluto significaba, pues, autosuficiente: la voluntad del Estado, esa es la ley. Lo que Luis XIV aclaró fue únicamente que "el Estado soy yo". La única atenuación posible de ese despotismo del Estado era hacerlo, ilustradamente, servidor paternalista de la comunidad que forman los súbditos. Como nuestro Carlos III a quien estorbaban mucho los jesuitas porque se empeñaban en seguir sosteniendo que la moral estaba por encima de la voluntad. Tampoco las revoluciones, que liquidaron ese despotismo considerándolo arcaico - "ancien regime" - se mostraron dispuestas a renunciar al absolutismo del Estado: cambian las formas de gobierno pero no se modifica el principio de que la ley, emana de la voluntad de quienes los administran.

Sobre la marcha, el Papa había denunciado los errores que se estaban cometiendo y predijo algunos; de los males que de los mismos se derivarían, pues ni pueden someterse los principios morales, que son objetivos, a la voluntad cambiante del soberano ni reducirse el conocimiento científico a la observación y experimentación. La ciencia tiene que estar enteramente al servicio del hombre, considerado en su totalidad; en eso consiste su verdadera grandeza. Aunque algunos eclesiásticos hubieran incurrido en la debilidad de mostrarse desconfiados ante los avances científicos, la Iglesia no: siempre ha entendido que ese penetrar en la Naturaleza creada mediante el saber, es una de las misiones que Dios ha confiado al hombre. Llama constantemente la atención sobre que el empleo práctico de sus resultados debe acomodarse a los principios morales que ella misma custodia, enseña y defiende pero que no emanan de ninguna arbitraria voluntad.

Rechazado el orden moral objetivo, la paz entre los Estados hubo de ser confiada desde l648, a un "equilibrio" de poderes que impidiera a uno de ellos ser más fuerte que los demás e imponer su dominio. Lo cual significaba una terrible tentación, precisamente para conseguir esa fuerza. Para comprender los resultados debemos hacer un breve repaso a lo acontecido en Europa después de aquella fecha: tenemos las guerras de Luis XIV, la del Báltico y la de la Sucesión de España, la de la Pragmática, la de los Siete Años, las de la Revolución y las de Napoleón, la de Crimea, la del 70, la del l4 y la del 39 para no referirnos más que a las que absorbieron recursos colectivos. Cada una de ellas significaba un hermoso progreso respecto a la anterior en el número de victimas que causaba. Y así hemos podido llegar al terrible holocausto del siglo XX en donde el desorden moral, en diversos países, ha permitido el aniquilamiento sistemático de personas que no habían cometido otra falta que ser lo que eran. Los movimientos revolucionarios de todo signo han erigido sus frágiles conquistas sobre plataforma de cadáveres y sufrimiento. Voces se han alzado desde l945: ha llegado el momento, si queremos evitar que la Humanidad perezca, de construir algún género de autoridad moral a la que los Estados deban obedecer. Es como un rebrotar de conciencia cristiana, aunque muchos se empeñen en no reconocerlo.

4. No puede decirse que los católicos no cometieran errores. Dejar de reconocerlo así no es tan solo faltar a la verdad sino también cerrarse el camino que ilumina la experiencia. Pues del pecado surge la voluntad de rectificar. Muchos -dice la Tertio Millenio adveniente - "se han alejado del espíritu de Cristo y de su Evangelio, ofreciendo al mundo, en vez del testimonio de una vida inspirada en los valores de la fe, el espectáculo de modos de actuar y de pensar que eran verdaderas formas de antitestimonio y de escándalo". Para decirlo en términos más crudos no han faltado quienes, llamándose cristianos y pretendiendo defender este nombre, obraron de un modo que contradice el ser cristiano. De muchas de estas faltas se siente la necesidad de presentar una demanda de perdón por no haber sabido responder en la forma adecuada, como reclama el comportamiento cristiano. Pero conviene, al mismo tiempo, puntualizar tales extremos ya que quienes combaten a la Iglesia cometen muchas exageraciones y deformaciones. Vamos a ocuparnos a continuación de tres cuestiones que constituyen el espejo en donde tales exageraciones se reflejan.

La Inquisición. Cuando surgieron en Europa los primeros grandes movimientos heréticos, no se limitaron al terreno teológico sino que actuaron como proyectos radicalmente subversivos contra el orden social y político entonces existente, reclamando su destrucción. En casos tales todas las sociedades reaccionan de la misma manera, buscando procedimientos represivos que les permitan ejercer la que consideran legitima defensa. Y en esto, antes como ahora, nadie alberga dudas. Los reyes y príncipes reclamaron para si, en el siglo XII, el cometido de descubrir, juzgar y castigar los delitos declarados como "haeretica pravedad", como hoy se sienten impulsados por el mismo deber hacia los que quebrantan el orden constitucional establecido. Los Papas vieron en esto una invasión del ámbito de la autoridad espiritual y posible fuente de abusos: si una potestad laica, especialmente la del emperador se irroga la función de reprimir desviaciones doctrina-les, no solo esta penetrando en un espacio que no le pertenece sino que puede servirse de ella para desembarazarse de sus enemigos políticos. Ya había empezado a hacerse al equiparar el delito de herejía con el de lesa majestad.

Federico II, emperador que no se distinguía especialmente por su preocupación religiosa, intentó convertir el delito y su castigo en "constitución", es decir, ley fundamental obligatoria para todos. Gregorio IX, uno de los mejores juristas medievales, respondió en l232 a esta iniciativa recordando que, aunque los poderes temporales podían asumir la responsabilidad de castigar a los herejes, sólo la Iglesia estaba en condiciones de decir cuando una doctrina es "herética" y una persona se halla incursa en tal delito. La palabra "inquisición", que no significa más que averiguación, no señalaba en principio una Institución sino el procedimiento judicial- que debía seguirse en tales casos. Para corregir abusos, que comenzaron pronto a producirse, se encomendó a ciertos maestros de la Orden de Predicadores, especialmente preparados, esta tarea. Y San Raimundo de Penyafort redactó las primeras instrucciones que se caracterizaban por ser menos duras que las de la justicia ordinaria otorgando algunas garantías supletorias a los reos.

Esta es la que llamamos Inquisición antigua. Hubo excesos desde el primer momento en los jueces inquisidores, porque la debilidad humana suele prender con mas ahínco en personas investidas de autoridad en orden a la justicia, pues se creen llamados a lograr la depuración completa de sus semejantes, pero en todo caso la Iglesia reaccionó contra tales abusos y logró alcanzar el objetivo que se propusiera de atajar males que sin duda hubieran sido más graves. En el estatuto de san Raimundo sólo los acusados que se negaban al arrepentimiento podían ser "relajados al brazo secular" como impenitentes. Pero conviene advertir aquí que, para la Iglesia, la fórmula buscada del procedimiento inquisitorial significaba, en si misma, un daño: escoger un mal menor equivale siempre a prescindir del bien, y asumir tareas represivas iba en contra de lo que para ella misma resulta esencial, quiere decirse perdonar, atraer y no perseguir. Los reyes se desinteresaron pronto de esta Inquisición antigua porque era un procedimiento que frenaba su poder en lugar de incrementarlo; muy pronto redujo sus funciones, salvo en algunos casos concretos, a una vigilancia sobre la disciplina de los clérigos.

Pero la Iglesia mantuvo el principio y en esto hemos de decir que tenía toda la razón: sólo ella podía decir cuando un fiel cristiano - sobre los no cristianos carecía absolutamente de potestad - se hallaba incurso en delito de herejía. En l46l, reinando en Castilla Enrique IV, el Papa extendió a Castilla este procedimiento porque había surgido el problema concreto de algunos conversos del judaísmo que introducían doctrinas erróneas procedentes de su antigua religión. Y en l480, cediendo a las presiones de los Reyes Católicos, Sixto IV otorgó a éstos facultades para escoger y, sostener jueces inquisidores, considerados necesarios desde el punto de vista de la Monarquía. La nueva Inquisición española se organizó con entidad completa y pudo vincularse al Estado aun conservando siempre una parte de su autonomía. Cuando el mismo Papa Sixto IV intentó rectificar era demasiado tarde: sin embargo es preciso anotar que los esfuerzos de la Sede romana consiguieron al menos limitar algunos excesos. Ni Felipe II ni el inquisidor Valdés lograrán una sentencia condenatoria contra el arzobispo Carranza.

Los historiadores especializados en el tema, cuando analizan los datos objetivos y fehacientes, nos hacen notar que en aquellos países en donde el castigo de la herejía - ninguno dejó de perseguirla desde la religión del propio Estado - se confiaba a tribunales ordinarios, las víctimas y los abusos fueron incomparablemente mayores. Lo que no obsta para ese acto de reflexión que antes apuntábamos: los profundos beneficios que se logran con el perdón de los pecados, se disipan cuando se entra por la vía de la represión. La fórmula inquisitorial no fue buena para la Iglesia. Pero la petición de perdón formulada por el Papa se refiere a determinados métodos y a ciertos episodios coyunturales y no al deber inexcusable y perentorio de defensa de la verdad. Algunos excesos han tenido lugar en los últimos tiempos como si el error hubiera estado precisamente en la doctrina y no en los medios inadecuados para defenderla.

El "caso Galileo", al que expresamente se ha referido la Iglesia, es típico en este desmesuramiento; se le ha convertido en una especie de modelo de abusos e intolerancia, cuando fue más bien una extremosidad producto de la difícil coyuntura. Hoy estamos en condiciones de poner las cosas en su punto, comenzando por reconocer los errores que en efecto existieron y el abuso que, partiendo de ellos, se cometió. Ante todo no podemos olvidar que el episodio transcurre en las especiales circunstancias que se dieron en el Pontificado de Urbano VIII, en un momento en que las guerras de religión estaban en su última y más aguda fase. La Comisión especial designada por la Santa Sede en l98l para examinar los hechos ha insistido sobre todo en un aspecto: los teólogos que intervinieron en el juicio se excedieron en sus funciones, tratando de decidir en cuestiones científicas que, desde luego, escapaban a su competencia. Pero, como el cardenal Ratzinger recordaba a un grupo de científicos españoles en la Universidad de Madrid, también Galileo se había excedido presentando como verdad absoluta una observación científica que, como sucede con todas las semejantes, podría ser revisada por su confirmación, cambio o ampliación más adelante, cuando la ciencia se hallara en posesión de nuevos datos. Hubo un abuso al no respetar la libertad que asiste al hombre de ciencia en su trabajo y esto condujo a algo tan grave como una sentencia condenatoria. Lo que la Iglesia exige de sus fieles que se mueven en el campo de la ciencia, es hallarse dotados de suficiente humildad para admitir que conclusiones suficientes en un momento dado para seguir adelante, deben estar preparadas para que sobre ellas se operen, desde nuevas experiencias, rectificaciones incluso sustanciales. Al mismo tiempo que no reclamen que la fe se someta a esas mismas conclusiones. De esta humildad no estuvo provisto Galileo cuando se vio obligado a una retractación.

Estamos, evidentemente - sin que esto signifique retirar ni un ápice de la demanda de perdón en el caso Galileo - ante uno de los más fecundos aspectos de la doctrina cristiana. El hombre tiene el deber, impulsado por Dios, de investigar y trabajar ampliando el conocimiento científico de la Naturaleza, pero sin dejarse cegar por la soberbia. Cuantas cosas que parecían firmes y absolutamente comprobadas se rechazan ahora. Todo avance debe considerarse siempre revisable, sin que ello suponga menosprecio: son los pasos que conducen a ese crecimiento en el saber qué significa progreso. Si en un tiempo no se hubiera supuesto que la tierra era plana, como aparece en la primera visión, tal vez no hubiéramos avanzado tanto en la redacción de los mapas. La soberbia del científico, tan abundante en los siglos XIX y XX no es nada recomendable. Afortunadamente la ciencia de nuestros días ha abandonado algunos excesos en este sentido.

5. En los últimos tiempos se ha puesto también de moda, especialmente en determinados sectores de clérigos, hacer la critica del sistema de concordatos, presentándolos como índice del sometimiento de la Iglesia a los poderes temporales. Las acusaciones se tornan especialmente agrias cuando se recuerda el que se firmara con Alemania estando ya Hitler en el poder, como si hubiera sido preferible que los fieles católicos alemanes hubiesen permanecido en el vacío jurídico absoluto. Se descubre en estas criticas una dimensión política por parte de quienes, especialmente los que se encuentran fuera de la Iglesia, consideran que ella debía haberse alineado con ellos en una batalla contra determinado sistema político. Nada más incorrecto que presentar las cosas de este modo. La Iglesia debe acudir a todos los medios jurídicos legítimos para asegurar la relación espiritual íntima con sus fieles en los distintos países.

Hagamos un poco de Historia. Los primeros acuerdos - esto es lo que significa exactamente concordatos - fueron una consecuencia del Cisma de Occidente en el tránsito de los siglos XIV al XV. A causa de existir dos, y en ocasiones tres Papas, sin que pudiera percibirse con claridad la legitimidad de cada uno, los reyes pudieron ejecutar una sustracción de obediencia, asumiendo facultades que competían únicamente a la autoridad eclesiástica; en otras palabras como si a ellos correspondiese también el gobierno de la religión de sus súbditos. Al restablecerse la unidad fue necesario reconstruir la dependencia de los fieles respecto a la jerarquía y especialmente a su cabeza, el Papa, reivindicando sus propias facultades. Pero la Iglesia no podía ignorar el hecho de que sus fieles son, al mismo tiempo, súbditos del Estado respectivo, obligado a cumplir sus leyes. Necesitaba, en consecuencia, fijar el marco jurídico que garantizase la libertad religiosa y el funcionamiento de sus propias estructuras y estableciese también las relaciones y competencias de ambas autoridades, espiritual y civil, en el marco de cada reino. Se firmaron, en consecuencia, acuerdos. Sin negar los defectos que pudieran tener, fueron una garantía para la Iglesia, entendiendo por tal a los fieles católicos.

La prueba está en que en aquellos principados en que triunfó la Reforma protestante y los concordatos desaparecieron, también se disolvió la Iglesia. Los soberanos asumieron las funciones religiosas. El rey de Inglaterra Enrique VIII se proclamó a si mismo cabeza de la Iglesia de Inglaterra y el mismo titulo siguen ostentando sus lejanos sucesores de hoy. Es bien cierto que un mundo en el que todos fuésemos exactos cumplidores del deber no necesitaría de leyes, pero mientras esto se quede en los terrenos de la Utopía, los esquemas jurídicos son mejores para la conservación de la libertad.

Después de Westfalia - Francia, cuyo rey se titulaba Cristianísimo, se alineaba junto a las potencias protestantes, siendo gobernada sucesivamente por dos cardenales - esta necesidad de contar con documentos firmados se hizo más aguda, al declararse la autosuficiencia del Estado en todos los órdenes. La Sede romana, rechazada ahora en su papel de autoridad espiritual, pero conservando siempre la superioridad jerárquica que corresponde al Vicario de Cristo en la tierra, necesitaba defender el ámbito de su competencia. Dadas las circunstancias era el recurso preferible. Afirmado el poder absoluto del Estado, y con más razón cuando éste se declara agnóstico o laico, la Iglesia necesitaba, y sigue necesitando, marcos jurídicos firmados por ambas partes, equivalentes a leyes concordadas, para asegurar su propia libertad y la de sus fieles. No puede resignarse a ser una mera organización no gubernamental admitien-do aquello que el Estado, siempre atento a sus propios y peculiares intereses, quiera otorgarle. Es imprescindible negociar, aunque esto no sirve, como en el caso alemán antes mencionado, para otra cosa que para presentar la denuncia por incumplimiento.

Los nombres han variado y ya no se habla de concordatos sino de acuerdos, como si esta disminución en el rango limitara también el nivel de los compromisos. En todo caso no debemos confundir los defectos que en casos concretos pueden surgir con el principio general: siendo los fieles de la Iglesia súbditos tam-bién de un Estado, es peligroso dejar a las autoridades que lo representan sin la contrapartida de compromisos firmados. La experiencia de las persecuciones religiosas del siglo XX - y no me refiero a las cruentas que sobrevienen en tiempo de ruptura, sino a las larvadas que se producen al socaire de la "tolerancia" - resulta aleccionadora.

Ninguno de los errores cometidos por sus miembros ha podido impedir la marcha decisiva de la Iglesia, que se presenta en estos umbrales del siglo XXI con signos cualitativos de extraordinaria madurez - nunca los Pontífices han desempeñado un papel de tanto relieve en sus relaciones con comunidades ajenas al cristianismo - aunque en ciertos países tengamos la impresión de un retroceso de orden cuantitativo. Regiones que hace apenas doscientos años se caracterizaban por la ausencia o minusvalía del catolicismo cuentan ahora con muy fuertes comunidades de este signo. Ningún otro periodo de la Historia registra tanta coheren-cia de alto nivel como la que significan los Papas de los siglos XIX y XX, desde Pío VII.

Pero tampoco podemos perder de vista que la sociedad temporal está experimentando los resultados negativos de la que llamamos "Crisis de modernidad". Esta se caracterizaba por la primacía absoluta que llegó a otorgar a las ciencias de la observación y experimentación, en cuanto que son capaces de producir el avance técnico, dedicando escasa atención a las que se refieren al hombre mismo y a su espíritu. Se ha producido un desequilibrio: estamos en condiciones de despertar las fuerzas de la Naturaleza pero no de ponerlas al servicio del hombre. Una de las grandes tareas para el Milenio que se anuncia, es precisamente esta, lograr una profunda reconversión moral que restablezca el equilibrio: antes de desencadenar las fuerzas tenemos que saber qué vamos a hacer con ellas. Siendo el hombre unión sustancial de cuerpo y espíritu, ninguno de ambos elementos puede ser descuidado.

 

 


V. JERUSALEM, ROMA Y SANTIAGO, CAMINOS PARA PEREGRINAR


l. Con mucha frecuencia pasamos superficialmente por encima del hecho de la peregrinación, como si ésta fuese tan solo un modo peculiar de conocer viajando. Las enormes facilidades de comunicación en nuestros días, que han convertido el turismo, incluso el piadoso, en una especie de diversión o de placer, nos impide penetrar hasta las últimas raíces de un fenómeno cuyas consecuencias sobre la cultura europea son bien visibles. En la Edad Media la peregrinación era una terrible penitencia en la que no era difícil perder la vida; por ello se asociaba, inevitablemente, a una profunda y radical transformación interior. La curiosidad, que todo viaje lleva consigo - conocer nuevas gentes y nuevas tierras - se relegaba a un segundo plano porque el sufrimiento era verdadero protagonista. El tiempo "existencia" empleado en la peregrinación, adquiría. nuevas y, profundas resonancias; durante él, la persona perdía su identidad para convertirse sencillamente en un "peregrino", condición que se manifestaba incluso por medio de un vestido especial. Esta palabra, que procede del latín, tiene una significación semejante a esta: viajero que viene de lejos pero convive con nosotros siendo huésped.

Caminos de Tierra Santa, caminos de Roma, sendas estrechas de los valles verdes de Galicia - "camino de estrelas todo o longo do ceu" - enseguida se conocía al peregrino por su atuendo. Entre nosotros los que iban o venían de la tumba del Apóstol, portaban la esclavina para la lluvia, la calabaza para la sed y la venera para la nostalgia del mar allá donde acaba la tierra (Finisterre). Pero en torno al peregrino hallamos la fantasía de la leyenda ilustre, que no por inventada deja de ser profundamente vital. Los peregrinos la enriquecen con sus cuentos, muchos de los cuales nos recuerdan probablemente sucesos reales desorbitados por el tiempo. Quien viaja, tiende a enaltecer con su imaginación lo que puede parecer tibio.

No se practicaba la gran peregrinación como algo transitorio o ajeno: el ser humano, mediante ella, se convertía en sujeto y objeto de cierta veneración religiosa. Quien, a la vuelta de un camino, se encontraba con uno de esos personajes a quien su atuendo identificaba, sabía muy bien que se hallaba ante un secreto, envuelto en misterio. ¿Qué terribles pecados habían quedado allá, en la tierra de origen, para que aquel hombre hubiese decidido emprender la terrible penitencia?. 0, por el contrario, ¿qué luminosa esperanza le sostiene para moverle a un desprecio completo de si mismo por el amor a Dios?. En cualquier caso, algo hay de especial en su figura. Al final del camino sólo tres metas aparecían como dignas del estupendo sacrificio: Jerusalem, donde el propio Cristo usó el grial para la última Cena; Roma. donde permanecen las columnas de la fe, Pedro y Pablo; y Compostela, que abriga los restos del primer apóstol que sufriera martirio, prodigiosamente desvelados por medio de la estrella. Dante lo dice en la Vita Nuova: "sólo es peregrino el que camina hacia la tumba de Jacobo; romero el que va a Roma; palmero si va a Jerusalem".

2. "Palma con palma, ese es el beso de los palmeros"; la frase es de Shakespeare en Romeo y Julieta y aparece asociada a la búsqueda de santidad. Para los cristianos es Jerusalem la ciudad santa por excelencia, aunque no la identifiquen con estructuras políticas, ni con el rey David o la explanada del Templo aunque si reconocen que allí estaba el Pueblo de Israel de "donde vino la salvación". Invocan, en relación con ella, una memoria anterior, la de Melquisedec, que estaba allí cuando pasó Abraham. Jerusalem, monte de Dios, era ya santa desde el principio: santifica y, por tanto, no necesita ser santificada. El propio Jesucristo lo había dicho: era "preciso" que subiera allí pues un profeta debe morir en Jerusalem. Entre sus muros se consumó "la plenitud de los tiempos" el Mesías instituyó la Eucaristía, murió, resucitó y vino al encuentro de sus discípulos. Sin tener en cuenta estos hechos el Cristianismo se torna incomprensible. Existe, a pesar de todo, una específica singularidad pues no es Jerusalem sino Roma, antigua capital del Imperio, la que alberga su Cabeza visible, Vicario de Cristo, pues en ella murió Pedro.

Esta disyunción no parece haber planteado nunca problemas doctrinales aunque en determinados momentos, posteriores al siglo VIII, se expresara fuerte voluntad entre los cristianos de que Jerusalem tuviera que hallarse dentro y no fuera del ámbito de la Cristiandad. Roma es indudable cabeza y a ella corresponde el papel material, intensificado precisamente después de que el espacio de soberanía se redujera a los patios y jardines que forman el Vaticano: desde allí - encima de la tumba de Pedro o en el palacio que cedieran los emperadores - se gobierna espiritualmente el mundo. Es la ciudad santificada por la presencia de los sucesores de Pedro. Jerusalem es, en cambio, la santidad misma, aquella que aparece como desprendida de sus aspectos materiales. En la apocalíptica cristiana la ciudad que al final de los tiempos se imagina descendiendo del cielo, no es Roma, sino Jerusalem, con sus doce puertas como doce son los apóstoles y también las tribus de Israel. Todo esto debe coincidir con la segunda venida del Mesías.

Es preciso retener esta idea matriz que más tarde se comunicará a Santiago: la santidad es algo que impregna la atmósfera que envuelve las piedras y logra la renovación del hombre. Un bien espiritual: sería un contrasentido inaceptable que los dueños materiales de ella impidiesen a los seres humanos acceder a ese supremo bien. Cuando Almanzor saquea Santiago (997) y los selyúquies ocupan Jerusalem, se producen tremendas sacudidas en la Cristiandad. Debe entenderse bien: fuentes de donde mana la santidad le habían sido arrebatadas.

3. Tenemos que remontarnos mucho en el tiempo para comprender el gran fenómeno. Judíos y cristianos compartieron el llanto por Jerusalem, cuando ésta fue destruida, aunque desde opuestas perspectivas. Estamos hablando de los terribles acontecimientos del año 70. Hasta este momento y durante un período de más de treinta años, el cristianismo naciente, guiado por ese "hermano en el abuelo común", para decirlo en términos judíos, que es Jacobo (Santiago "el menor" para nosotros) había permanecido como rama de acebuche, asido al tronco de Israel. Pero el brote nacionalista que se venía incubando, llegó al extremo desembocando en la revuelta militar. Los cristianos dijeron que Jesús ya había anunciado la destrucción del Templo y les había ordenado huir: "cuando viereis la abominable desolación instalada donde no debe - el que lee, entienda - entonces los que están en Judea huyan a los montes" (Mc. l3, l4).

De este modo, cuando el Templo desapareció, los cristianos consideraron el episodio como una señal definitiva: el tiempo viejo concluía definitivamente dejando expedito el camino para la nueva alianza. Así durante doscientos años o más, pues la Iglesia estaba librando una batalla a vida o muerte que no dejaba espacio para otra cosa. Para ella Jerusalem, Nazareth o Betlehem eran sencillas rememoraciones, aunque estaba muy claro en las enseñanzas por ella impartidas que allí estaban las huellas de Jesús en su vida terrena. Los cristianos que allí vivían, de los que hay muy escasa noticia en este tiempo de persecuciones, conservaban cuidadosamente su experiencia: suelo santo, tierra santa, aquella precisamente que procura la santidad. Una experiencia que todavía hoy se advierte con claridad. Hay, allí, algo distinto.

Concluyó la lucha y se produjo el encuentro entre las dos grandes conciencias: Cristianismo y Romanidad, que también incluía el helenismo. Dos grandes personalidades buscaron protagonismo en este encuentro. Helena, madre de Constantino, cristiana desde antes de la paz, emprendió el largo viaje. San Jerónimo, armado de la Biblia griega que llamamos de los Setenta, fue a instalarse en aquellas cuevas en donde tuviera lugar el nacimiento del Salvador. Es precisamente Jerónimo el que se declarará "ciceroniano" invocando la herencia de ese helenismo que debe servir también como instrumento valioso impregnándose de santidad. En ninguno de ambos casos a se estaba buscando la reanudación de una trayectoria histórica. Betlehem parecía a veces gozar de más atención que Jerusalem, pues en ella se había consumado el gran misterio: "el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros".

Se buscaban las reliquias evangélicas, los lugares del Nacimiento y las aldeas en que se produjeran predicación y milagros, la Roca que corona Jerusalem, la localización precisa de la muerte y el árbol de la Cruz. Se estaba tratando de construir algo más importante que una estructura humana, más allá del Pueblo elegido por Dios. La Iglesia, que podía proclamar en voz alta que "Christus vincit", estaba procurando una especie de contacto físico con aquella naturaleza que rodeara a Jesús durante su vida terrena: porque ese contacto podía proporcionar a las almas algo que era importante en orden a la salvación. Pues el contacto con el leño de la Cruz, la palma puesta sobre lo santo, santifica. Nació así la primera de las ideas decisivas. Viajar a Jerusalem es ir en busca de santidad.

Manteniendo, durante muchos siglos, la unidad de la fe, la Igle-sia, siguiendo una pauta que le ofrecía también el Imperio, tendía a dividirse en dos sectores distintos con lenguas predomi-nantes, el latín que daba signo a occidente, y el griego oriental que habían conseguido arrinconar a los idiomas anteriores, como el copto o el arameo, entre otras razones por la enorme ventaja que a aquellas proporcionaba su gran riqueza conceptual. La fe iba a mantenerse incólume, hasta nosotros, enriquecida y explicada, pero se iban acentuando las diferencias disciplinares, de liturgia e incluso de expresión en la doctrina pues hay matices que sólo expresados en griego cobran sentido. Excepto en el caso de la ciudad de Roma, donde residía Pedro y en donde era aun posible comunicarse en griego, las iglesias establecidas en occidente, que poco a poco caían en poder de los bárbaros perdiendo incluso su plataforma urbana, aparecían a los ojos de los orientales como meros reductos, obligados al retraso y a la rusticidad.

En el Concilio de Nicea, primero de los ecuménicos, a principios del siglo IV, cuando todavía el Imperio formaba unidad, se había reconocido el carácter apostólico, junto con Roma, a Antioquia, Alejandría y Jerusalem. Ellas eran verdaderas columnas de la fe. No tardaría en incorporarse a ellas Constantinopla, por una simple razón política pues se trataba de la nueva capital para ese Imperio también nuevo al declararse cristiano. Occidente, que contaba con una sola sede apostólica, tendería a cerrar filas en torno a Roma, el sepulcro de Pedro, la tumba de Pablo. Oriente defendía una especie de tetrarquía, definida a veces como "autocefalia" para las sedes patriarcales.

Aunque Jerusalem fuese reconocida como sede patriarcal - no podía dudarse de esta condición, ya que era el centro y cuna de todo - nunca desempeñó papel de protagonista en las grandes querellas teológicas que rompieron aquella unidad que Nicea consiguiera establecer y en las que debemos contemplar, entre otras, influencias culturales del mundo en torno: mientras Constantino-pla defendía la unidad de la persona de Cristo en dos naturalezas y Alejandría trataba de sostener la única (monofisismo), Antioquia se inclinaba por la división, tanto en naturalezas como en personas, que llamamos nestorianismo. Estas desviaciones debilitaron a la Iglesia aunque nunca consiguieron prosperar. Y en medio de todo esto se hallaba Jerusalem porque era otra cosa: a Jerusalem todos dirigían sus pasos porque en su suelo se hacia tangible la santidad.

Muy lentamente, en aquellos siglos de amanecer medieval que conducen a la culminación del primer Milenio, se iba desarrollan-do la idea, cara a los judíos, de que el viaje era una "aliyah", un ascenso que tenía valor lustral, como nuevo bautismo. El culto a las reliquias que se extendía por toda la Cristiandad, dando origen a numerosas falsificaciones, alcanzaba su punto culminante y su valor real cuando al peregrino le era dado "estar" en e Cenáculo, "subir" al Gólgota, "contemplar" la verdadera Cruz. Entonces, y ahora, ese sentimiento real se hace verdadero. Una sociedad que estaba siendo penetrada por el deseo de santidad - Suma Santidad era el Papa convertido en cabeza de toda la comunidad - se veía conducida a afirmar ese reconocimiento. Desde la distancia los latinos contribuyeron poderosamente. Su apocalíptica, tal y como aparece en los Comentarios de Beato de Liébana, hizo de la ciudad una realidad celestial: pues existe una Jerusalem en el firmamento de la que la terrena es apenas un reflejo. Descenderá al fin de los tiempos. se trata, pues, del centro en torno al cual gira todo.

4. La peregrinación contiene uno de los mensajes más llenos de esperanza, pues viene a decir al alma pecadora: por graves y terribles que sean tus delitos, nunca el ser humano puede considerarse irremisiblemente perdido. La santidad del lugar, que hace reales los bienes del alma y renueva la misericordia de Cristo que murió por todos, permite afirmar que siempre hay un puesto para el arrepentimiento, una capacidad, en definitiva, para hacer que el hombre "viejo" se convierta en el "nuevo" a que aludía San Pablo. Es indudable que el pecado, un mal, reclama compensación adecuada al grado de su perversidad. La peregrinación era retributiva. Una vez que el precio ha sido exactamente pagado, mediante esa "vera et fructuosa penitentia", como dice el ritual romano, a veces con riesgo de la propia vida, el peregrino puede reinstararse en la existencia como si hubiera nacido de nuevo.

En unos tiempos difíciles, de construcción de Europa, ese mensaje esperanzador llevaba consigo grandes posibilidades: la recupera-ción de hombres y pueblos se logra no por medio del olvido y la ignorancia, sino del arrepentimiento y la penitencia. Por estos años, posteriores * al siglo IV, comenzaba a dibujarse con lentitud, como un perfume costoso, la conciencia o noticia de que, en un lugar remoto de Occidente, habla otra tumba apostólica que podía completar la de Roma.

Ese perfume medieval ha sobrevivido, en la conciencia española, hasta épocas muy recientes. Jacobo, hermano de Juan (entre nosotros Santiago el Mayor) aparece, asociado en su leyenda a la de la aparición de la Virgen sobre la pequeña columna de Zaragoza como si hubiera sido el apóstol que inició en España la predica-ción de la fe, ayudando después a la recuperación de ésta, cuando estuvo perdida. Tal es el mensaje práctico al que sirven de vehículo leyendas referidas al blanco jinete que cabalga en los cielos. Los historiadores se han preguntado, desde muy pronto, por el qué y el cómo de dicha tradición. Conviene, pues, que, sin renunciar por ello a la belleza de la fantasía, nos centremos en los resultados de una investigación histórica, como aquella tan importante, que emprendieron Uria, Lacarra y Vazquez de Parga hace más de medio siglo. ¿Cómo y cuando se forjó la noticia de que el. hijo de Zebedeo vino a España para predicar, con muy escaso éxito, la noticia de la salvación operada por Jesucristo?.

Precisemos: desde el siglo IV - tiempo que hemos señalado como del retorno a Jerusalem, donde indudablemente Santiago sufriera el martirio - la tradición piadosa de su venida aparece, al menos, en tres autores, Dídimo el Ciego, Teodoreto de Ciro, y San Jerónimo, cuya importancia no puede descuidarse. La noticia aparece completa cuando se dice que los apóstoles habían decidido repartirse los espacios de predicación y que uno de ellos, distinto de San Pablo, había sido asignado a Hispania. A mediados del siglo VI algunos textos bizantinos nos informan taxativamente que dicho apóstol es Santiago y, en la lápida sepulcral del abad Adhelmo de Malmesbury, datada tal 709, se dice expresamente de Jacobo que fue quien "primero convirtió a las gentes de España a la fe". No se dice en ninguno de ellos que la tumba del mártir pueda hallarse en España.

Hasta ese momento la noticia se mueve dentro de los límites de lo verosímil, aunque los historiadores deben constatar que no existen pruebas de que dicha tradición se apoye en noticias verdaderas. Quiero decir que puede ser perfectamente errónea. Los autores eclesiásticos se dieron cuenta muy pronto de la dificultad cronológica que entraña el hecho de que medie apenas un decenio entre la crucifixión de Cristo y el martirio de San-tiago: se trata de - un tiempo demasiado corto para que, en la primera mitad del siglo I alguien pudiera hacer el largo viaje al extremo occidente y regresar después a Jerusalem. Se obviaba esta dificultad diciendo que la brevedad del viaje estaba asociada al fracaso de la primera misión.

Todavía en el siglo VI en la "Historia certaminis apostoli", atribuida a Julio Africano, se enriquece esa tradición jacobea añadiendo detalles que son abiertamente legendarios, aunque tienden a envolver en poesía esa conciencia. Vuelto a Jerusalem, el apóstol, a quien Dios había dotado de poderes sobre los demonios, convierte a dos magos, Hermógenes y Fileto, y esta es precisamente la causa de que sea condenado a muerte por Herodes. Camino del patíbulo cura a un paralítico, estableciéndose de este modo un paralelismo con Jesús. Luego sus discípulos deciden traer el cuerpo a Hispania, ya que ésta era reconocida como el lote de su heredad.

5. Vemos de qué modo la leyenda trataba en todos los casos, el de Santiago, el de Roma o el de Jerusalem, de enriquecer una realidad que se presentaba demasiado escueta en las fuentes escritas. En Tierra Santa la tarea primordial consistía en identificar aquellos lugares asociados a los episodios de la vida de Jesús; no era demasiado difícil especialmente si no se daba excesiva importancia a la precisión en las localizaciones. Los peregrinos, recorriendo dichos lugares, podían ahora impregnarse de espíritu, como si hiciesen una relectura del Evangelio desde su propio escenario natural. En España, en un momento que resulta extraordinariamente difícil de precisar, se incorporó a la leyenda jacobea el episodio decisivo del consuelo de la Virgen, milagrosamente transportada en carne mortal, al apóstol cariacontecido y fracasado. Todo ello sirviendo de soporte gráfico a una profunda doctrina teológica: Maria es corredentora, autora de los milagros que recogen las Cantigas en el siglo XIII, auxilio indefectible para el apóstol y para todos los cristianos.

Surge, en la España del siglo VII, la gran explicación doctrinal de San Ildefonso de Toledo: María, la más excelsa de las criatura, pues ha llevado a Dios en su seno, aparece como punto de unión en ese encuentro entre divinidad y humanidad que Cristo significa. A lo largo de la Edad Media, Santiago y la Virgen aparecen relacionados en una serie larga de milagros que rompen los límites del espacio y del tiempo. Todo esto se encuentra instalado en el ámbito de lo sobrenatural. Canta el gallo en La Calzada, después de muerto. En el cuento de las tres manzanas Santiago resucita al peregrino: a fin de cuentas es una especie de retorno a la vida y al propio ser, lo que el jacobeo espera alcanzar al término de su viaje. Con frecuencia, el peregrino, al postrarse sobre la losa de la tumba hallará junto a él al compañero muerto. Maria arrebata a un monje al cielo convirtiendo un instante en muchos años o sustituirá en el espacio a una monja que ha huido del convento arrebatada por una tentación de concupiscencia. Santiago sostiene por los pies al muchacho injustamente ahorcado, para que pudiera probarse de este modo su inocencia.

Antes de que Muhammad predicara la absoluta sumisión a Dios único, el Islam, y lanzara a sus soldados a la conquista del mundo, la conciencia en cuanto a la significación apostólica de Jerusalem, Roma e Hispania, estaba firmemente arraigada. Ni Constantinopla ni Antioquia contaban con tumbas de apóstoles; tampoco Alejandría, aunque se gloriase de custodiar los restos de San Marcos el Evangelista. De modo que, aparte Éfeso, que guardaba memoria de San Juan, aunque no fuera él su fundador, los tres puntos en donde la tradición apostólica se identificaba con la tierra estaban en aquellas tres ciudades. En pocos años iban a encontrarse en el frente de guerra entre Cristiandad e Islam con peligro de pérdida definitiva.

6. Él año 618, en el curso de una gran ofensiva, Cosroes II Anushirvan, rey de los persas, se adueñó de Jerusalem. Era mazdeo, no cristiano, pero entendía muy bien el significado que tenia la ciudad santa; la pieza más importante del botín que entonces consiguió estuvo constituida por la reliquia de la Vera Cruz. Pasaron diez años antes de que el emperador bizantino Heraclio lograra recobrarla. Fue entonces cuando organizó la más solemne de las fiestas, que aun repetimos, exaltando el retorno a su sede de la más valiosa de las reliquias. Pero apenas habían transcurrido otros ocho años cuando una nueva oleada, musulmana, subía a la colina del Templo sumergiendo la ciudad. El khalifa 'Umar hizo que las pezuñas de su caballo mancillasen los lugares santos que adoraban los cristianos. En aqueos momentos, en torno al 640, no pasaba siquiera por la imaginación de los árabes considerar a Jerusalem como uno de sus lugares santos. Muhammad, el 624, había advertido muy seriamente a sus fieles: ningún buen musulman puede orar con el rostro vuelto hacia Jerusalem; sólo la Meca y su Kaaba gozaban de la condición de la santidad. Hacia ella se dirigen las peregrinaciones.

En julio del 660 Mo'awiyya, primero de los Omeyas, que no dominaba la Peninsula arábiga, se hizo proclamar khalifa en la explanada del Templo de Jerusalem e invitó a sus seguidores a contemplar en adelante la santidad de esta ciudad. Muy pronto un santuario o edículo, luego una mezquita y la curiosa leyenda del caballo del Profeta transformarían también a Jerusalem en ciudad santa para los musulmanes. Los emperadores bizantinos estaban convencidos de que entre sus misiones esenciales figuraba la de recuperar la ciudad santa. Nunca lo consiguieron pero durante más de doscientos años el impulso fue conservado: un día del 975 Juan Tzimiscés consiguió alcanzar Nazareth, pero no pudo ir más lejos. En el horizonte, hacia el mediodía, se vislumbraban los soñados perfiles de la ciudad santa; soñados, en efecto, porque nunca se convertirían en posesión real.

Judíos y cristianos compartían ahora el llanto por Jerusalem, enmarcada en un sentimiento de nostalgia. Un buen tema para las canciones y para las leyendas. Beato de Liébana la insertaba en sus meditaciones sobre el Apocalipsis y los miniaturistas que adornaban sus obras la dibujaban; esto no era óbice a una atención preferente hacia Santiago, más próximo. Desde la misma España el judío Yehudá ha-Levi, entonaba las endechas melancólicas mediante las cuales expresaba un sentimiento; durante siglos estos versos, que forman la Gran Siónida, estarán golpeando en la conciencia judía, y aun hoy pueden escucharse entre los muros de las sinagogas sefardíes del propio Jerusalem: "cuando lloro tu desdicha, soy semejante al chacal, pero cuando sueño el retorno de tu cautividad soy como una lira para tus cantares". Pronto, muy pronto, los caballeros de Occidente, comenzarían a afilar las espadas. Para ello recibieron un impulso que venía también de España. Y de Santiago.

7. Aquella Hispania, que se representaba jacobea en sus orígenes, isidoriana en el saber e ildefonsina en el culto a la Virgen, también había sucumbido el año 7ll. El anónimo autor de la "Continuatio hispana" o "Crónica mozárabe" llamó a este dramático acontecimiento la "pérdida de España". Es evidente que no se refería al derrumbamiento de las estructuras políticas sino a algo más profundo, aquella síntesis de romanidad, cristianismo y germanismo, que permitiera a Juan de Bíclara recordar que España y Bizancio eran como las cumbres paralelas de la Cristiandad. El paralelismo entre Jerusalem y España se acentuaba: en ambos extremos del Mediterráneo el Islam pretendía edificar su casa. Es una leyenda de nuestros días, asentada en términos de propaganda, y que conviene disipar para no encastillarnos en el error, aquella que presenta a los musulmanes como tolerantes, lo que se contradice con la conducta que se aprecia en nuestros días.

Con mayor energía que en otras religiones, el Islam reclama una conducta radical de exclusión: un solo Dios, un solo Profeta, un solo Libro. Los conquistadores, siendo una minoría, tuvieron que otorgar tolerancia religiosa a la población sometida. Pero la tolerancia se ejerce sobre aquello que se considera como un mal y éste debe ser extinguido. Cuando la proporción de musulmanes pudo crecer mediante conversiones que se conseguían apelando a toda clase de procedimientos - los martirios cordobeses no deben ser desechados - los espacios de esa tolerancia se restringieron; al final se exigiría en España de los cristianos y de los judíos, una elección simple entre conversión o destierro. Por otra parte la influencia doctrinal musulmana provocaba desvíos en la fe.

Frente a ambas cosas, la pérdida de España y la amenaza de disolución de la Cristiandad, reacciona la santidad de Compostela. Jacobo, fundamento de la primera fe, debía ser restaurador. Es significativo que el estupendo episodio de la "invención" (hallazgo) de la tumba del Apóstol, tenga lugar en las postrimerías del siglo VIII, cuando se denuncia en la Iglesia sometida al poder del Islam la peligrosa desviación del adopcionismo, en el momento en que Alfonso II busca la integración en Europa por medio de Carlomagno, y Beato de Liébana introduce la tradición jacobea en la entraña misma de la Cristiandad hispana. Imaginemos que una voz corriera por valles y caminos de un cristiano a otro: ha sido hallada la Tumba de Jacobo; es como si se dijera que el cristianismo hispánico ha descubierto sus raíces en el suelo que pisa. La tradición jacobea es suficiente para demostrar que los que combaten al Islam se encuentran en el lado correcto. Si alguna duda pudiese haber allí estaba Santiago para respaldar a los cristianos del norte.

La piedad popular se encargaría de explicar con riqueza de deta-lles el traslado de las reliquias de mártir a Compostela. Así se forma la copiosa leyenda que no necesita siquiera preocuparse por los visos de realidad. Cuando Herodes ordenó la degollación del apóstol, dispuso, para más ignominia, que la cabeza y el cuerpo no fuesen enterrados sino arrojados como comida a los perros. Los discípulos se encargaron de recogerlos depositándolos en un barco que, milagrosamente, en sólo siete días, atravesó el Mediterráneo y, bordeando la Península, llegó a la ría gallega de Iría. Iría - única concesión a la realidad - había sido una de las sedes episcopales de Galicia.

El Liber Sancti Jacobi, cuya redacción actual corresponde al último cuarto del siglo XII, cuenta con serena seguridad los detalles destinados a satisfacer la curiosidad de los peregrinos. He ahí que los discípulos se dirigieran a la matrona Lupa, poderosa en la tierra, solicitando que les donara un suelo en donde dar descanso a los restos del apóstol. Ella, traidoramente, los encaminó al rey Duyo, que odiaba a los cristianos y dispuso para aquellos recién venidos rigurosa prisión. Los ángeles, como hicieran con Pedro en Jerusalem, allanaron las puertas y les devolvieron la libertad. Se repite la historia del éxodo judío: Duyo envía a sus soldados en persecu-ción de los fugitivos pero perecen todos prodigiosamente como ya sucediera con los carros y caballos del faraón. Lupa, entonces los encamina a un monte donde pastan los toros salvajes, confiando en que estos les den muerte, pero lo que encuentran es un dragón - la leyenda adquiere aquí perfiles germánicos -- -que revienta cuando sobre él se hace la señal de la cruz. Superadas las pruebas, Lupa acabará sometiéndose y recibiendo el bautismo. De este modo los fieles jacobeos encontraron la tierra que necesitaban para la tumba.

Sigamos el relato legendario, sobre el que se forma la conciencia final. Muchos años pasaron encima del sepulcro ignorado que guardaba en su seno caudales de santidad. Hasta que vino el tiempo glorioso en que fue "hallada" bajo el signo de la estrella como la que guiara a los magos. Alfonso II, que había recibido de los ángeles también ese signo de predilección que custodia la catedral de Oviedo, ordenó levantar la primera iglesia. Estamos; pues, en posesión del "campo de la estrella", esto es, Compostela. Si dejamos ahora a un lado las leyendas populares, buenas para alimentar perfumes románticos, descubrimos que cosas muy importantes nacieron para Europa con el hallazgo de la reliquia jacobea. En primer término que este rincón de Galicia otorgaba garantía absoluta de un origen apostólico también para la Iglesia en España, poniéndola a cubierto del error. Además, que en ese suelo ha brotado una fuente de santidad como las que manan en Jerusalem y en Roma. Santiago había vuelto para ayudar a los españoles en la defensa de su fe y los fuertes guerreros le verán cabalgar como ellos, siendo blanco el caballo como corresponde a una criatura celestial.

Ahora hay dos Santiagos: aquel que se rememoraba en la tumba del abad de Malmesbury al decir que el hijo del Trueno había traído a España la fe; y aquel otro, vinculado para siempre a Compostela, que se la devolvía. Algunas veces ese Santiago segundo se identi-ficaba con el espíritu mismo de la reconquista que proporciona a España un destino mejor que el de Jerusalem, ya que la "pérdida" del 711 fue finalmente remediada. La principal Orden de caballería fue puesta bajo la advocación de Santiago, cuyo nombre se reproduce en numerosas e importantes ciudades de América. En un gesto deliberado los reyes Fernando e Isabel dispondrían, en la amanecida del 2 de enero de 1492 que fueran caballeros santiaguistas los primeros que entraron en la Alhambra de Granada dando fin al largo proceso.

8. Entró en juego, muy pronto, el nuevo factor de la peregrina-ción. Se trata de una práctica piadosa que aparece en las tres religiones que invocan el nombre de Abraham como una especie de padre común. Sin embargo, no deben confundirse pues cada una asume distinta significación. Para un musulmán el viaje a la Meca es una obligación impuesta, sin cuyo cumplimiento algo queda incompleto en su persona. Para un judío la vuelta a Jerusalem, invocada en la oración durante siglos - "el año que viene" - es un anhelo del alma, una alliyah o ascenso a la vez interno y externo, que permite el crecimiento del hombre. Para un cristiano es la búsqueda de la santidad. Por eso no hay un lugar: único: peregrinaciones menudas a lugares cercanos son perfectamente compatibles con las tres grandes que hemos señalado.

Esto no quiere decir, en modo alguno, que no haya en la peregrinación cristiana un "ascenso" y una meta que permite cre-cer y que completa el filo de la existencia. Un curioso sentimiento se esconde tras el cuento del príncipe peregrino a quien su caballo desbocado arrojó al mar para que el Apóstol le sacara de allí cubierto de conchas. Porque, si no, ¿a qué ese afán de proveerse de una venera que es como la señal de que Jacobo también nos acompaña en el viaje?. Insistamos en lo antes mencionado: tal viaje es una parcela de la existencia, una profesión, que sirve para convertirse en otra cosa. Era algo muy distinto de la conducta de los que iban a Paris para que el rey, tocándolos, les curara de la escrafulosis: no eran peregrinos que transformaban su vida interior sino pacientes que buscaban los servicios médicos de un taumaturgo.

Descubrimos la diferencia entre el punto de vista judío y el cristiano en ese encuentro entre el rey Jaime I - que llevaba ese nombre de Jacobo por una muy singular decisión de su madre - y el, famoso rabino Moshe Nahmánides, intercambiando sus propias experiencias. Pues el judío dijo entonces que no estaba seguro de que cualquier miembro de la Casa de Israel que no deseara vivir en Jerusalem estuviera libre de pecado. Para los judíos la ciudad santa pertenece al ser - las cenizas de un muerto sólo pueden ser levantadas para llevarlas a Jerusalem - mientras que para un cristiano esto se relaciona con el estar. No se trata de vivir en Jerusalem, pero si de beneficiarse con la "verdadera y fructuosa penitencia" que el viaje produce. En cambio, desde el punto de vista religioso, el destino de Israel sólo puede cumplirse en Jerusalem. Sería conveniente que los grandes políticos actuales estuviesen informados.

Apenas unos años antes un hombre absolutamente desprendido del mundo, Pietro Bernardone, a quien llamaron "francesco" porque hablaba el italiano con acento francés, tras haber realizado las tres peregrinaciones, supo explicarlo, recogiendo la dolorosa y fallida experiencia de las cruzadas. No se trataba de ejercer un "dominio sobre Jerusalem" sino de beber en ella el agua que salta hasta la vida eterna; esa "agua viva" que procede de Jesús y constituye la santidad. Roma y, Santiago le habían permitido experimentar la misma alegría. Es aquella que los peregrinos, al remontar la última cuesta y contemplar la panorámica de las torres de Compostela, expresaban mediante un grito de júbilo, "mon joie" que ha dado origen al nombre de Manjoya. Hay, cerca de Oviedo, otra Manjoya que responde a sentimientos semejantes relacionados con las reliquias de la catedral.

Insistamos en este punto. Posee dimensiones excelentes para el empeño en que se encuentran las generaciones actuales pretendiendo construir "europeidad". En la raíz misma de la cultura cristiana la peregrinación ha puesto ese principio que arriba hemos enunciado; todo hombre, cualesquiera que sean sus pecados, se encuentra en condiciones de obtener el perdón, si se arrepiente, retornando a una vida nueva. De este modo se introdujo una nueva conciencia, de que la pena impuesta para corrección de los delitos debe ser sanadora y no simplemente vindicativa. Muchos siglos han sido necesarios para que esta idea fuese aceptada, al menos desde el punto de vista teórico. Cuando el palmero, romero o peregrino volvía a la tierra de donde saliera era ya un hombre nuevo, renacido. Es preciso tener en cuenta las duras condiciones del viaje para comprender el valor "purificador" - como el metal que pasa por el fuego - que la empresa tenía. Tampoco debe descuidarse el hecho de que las grandes peregrinaciones provocaban ausencias prolongadas, muy convenientes para el olvido.

9. Por encima de todos, Jerusalem ofrecía mayores garantías; a la enorme dificultad del trayecto se sumaba el hecho de que fuera escenario de la Pasión. En toda la redondez de la tierra ningún otro lugar podía emularle. En la primera etapa del desarrollo político del Islam, con los Khalifatos Omeya y Abbasida , sobrevivieron allí comunidades cristianas y posible el acceso con ciertas condiciones. Escasas son sin duda las noticias que tenemos de los peregrinos, pero es indudable que en los siglos IX y X, su número fue creciendo. Progresos en la marina de las primeras repúblicas italianas e iniciales contactos mercantiles se asocian a este hecho. Desde Venecia era posible alcanzar las costas de Tierra Santa.

Pero en el siglo XI se produjo un relevo dentro del Islam: berberiscos, salidos del interior de África, de los valles del Atlas y del desierto, en occidente, y turcos venidos de las estepas de Asia central en oriente, tomaron el relevo de los regímenes árabes estableciendo sistemas militares más rigurosos y también más exigentes en cuanto a la fe. Los recién alzados al poder, que se definían a si mismos como estrictamente musulmanes, suprimían con toda lógica las matizaciones tolerantes que los árabes mantuvieran. Sabemos que, al menos desde 1065, los peregrinos, para llegar desde la costa a Jerusalem, tenían que agruparse y disponer de armas en su defensa; en ciertas ocasiones se produjeron luchas en el camino. La noción del empleo de la fuerza tiene, pues, orígenes remotos.

Coincidía este cambio con otro, muy profundo, experimentado por la sociedad europea. Un vasto proceso de reforma que, durante los siglos X y XI, sacudió las estructuras de la Iglesia, acostumbró finalmente a dicha sociedad a considerarse como una comunidad en la fe ("universitas cristiana") antes que ninguna otra cosa. Podían discutir el Papa y el emperador acerca de a quien correspondía guiarla, pero no había la menor duda en cuanto al signo de identidad: Cristo, Dios y hombre, era su fundamento. Los no bautizados podían ser tolerados como huéspedes, no formaban parte de la comunidad. Los teólogos comenzaban a poner el acento sobre el hecho de que la Iglesia es Cuerpo místico de Cristo, de modo que las gracias espirituales de éste y las acumuladas en el tiempo por aquella, podían comunicarse a todos sus miembros.

Todos los pecados podían ser perdonados siempre que hubiera arrepentimiento, confesión sacramental y "verdadera y fructuosa penitencia". Ninguna podía equipararse a la de las tres grandes peregrinaciones. Podía suceder, como fue el caso de uno de los condes de Barcelona, que fuera impuesta para la eficacia del perdón. Había en ello una verdadera justicia retributiva: crímenes tan horribles como el fratricidio o aquellos que obligaran a calificar de "Cabreta" al conde 0liva, reclamaban el agua que bautizara a Cristo, los caminos que Él recorriera, la atmósfera impregnada de la Pasión y, la Resurrección. No era frecuente que el pecado se presentara bajo características tan terribles.

El cristianismo así conformado, había convertido los lugares de alta peregrinación en un producto de primera necesidad. Después del año 1000 ni Compostela ni Roma corrían peligro de perderse; pero esto mismo hacía que se contemplaran las circunstancias de Jerusalem como lamentables. Tras la derrota de Manzikert (1071), Bizancio, a la defensiva, había renunciado a sus aspiraciones de reconquista de los santos lugares: podía temerse incluso que los turcos llegaran a apoderarse de Constantinopla. Al socaire de estos graves acontecimientos militares se produjo una novedad muy importante en la Iglesia: aceptar que el uso de la espada, teniendo en cuenta los fines con ella perseguidos, pudiera integrarse también en esa "verdadera y fructuosa penitencia". La primera vez que tenemos constancia de este hecho - guerra al servicio de la cruz - es en 1063 cuando una expedición se pone en marcha desde Francia para la conquista y socorro de Barbastro. En 1087 se otorga similar reconocimiento a los caballeros borgoñones que, después de Sagrajas, acudieron en socorro de Alfonso VI: uno de ellos, Raimundo, será señor de Galicia y decidido impulsor de Compostela. En un documento de Urbano II, del año 1089, se induce a los caballeros peregrinantes a cambiar el viaje a Tierra Santa por el socorro a Tarragona.

Nació así la idea de la "indulgencia": no sustituye al arrepentimiento ni a la confesión sacramental, imprescindibles, pero se inserta en el espacio de la penitencia que se necesita después del perdón. Ninguna tan completa como la que ofrecía Jerusalem y, a imitación de ésta, Santiago y Roma. No tengamos en cuenta ahora los defectos ni las críticas, a veces farisaicas, y pensemos en los grandes aspectos positivos de esperanza, alegría, reconstrucción interior, limpieza del alma, pues sólo entonces nos daremos cuenta de la enorme importancia que, más allá de la intención de sus contemporáneos, esta práctica llegaría a revestir.

l0. ¿Que pasó en Clermont Ferrand en noviembre de 1095?. Con la experiencia española, bastante positiva, el Papa Urbano pretendía responder a la demanda de auxilio formulada por el emperador de Bizancio enviando un ejército de socorro que permitiera rechazar las acometidas turcas y preparando así el acercamiento entre las dos Iglesias, latina y griega. Se introdujo en la convocatoria una referencia a los Santos Lugares que ahora se hallaban en manos del enemigo secular. Pero los caballeros francos entendieron que se les invitaba a recobrar Jerusalem, limpiando con ello todas sus culpas, y así partieron con la señal de la cruz sobre el pecho, esperando, al retorno, llevarla sobre sus espaldas. Peregrinación armada, a fin de cuentas, y al más alto nivel.

Fueron en dos grandes oleadas. La primera en desorden, causando mil tropelías por el camino, apenas si consiguió otra cosa que blanquear con sus huesos las zonas litorales de Asia Menor, próximas a Bizancio. la segunda, compuesta por la caballería feudal, dotada de gran experiencia en estas lides, pudo abrirse camino, con gran esfuerzo y terribles pérdidas, hasta alcanzar el 15 de junio de 1099 la propia ciudad de Jerusalem. Fue aquel un día de luto, para la ciudad y para la Cristiandad entera: el sepulcro y la iglesia levantada sobre él, tuvieron que ser limpiados de sangre y de cadáveres, antes de que pudiera celebrarse de nuevo el santo sacrificio de la Misa. Los términos parecían momentáneamente invertidos pues en lugar de arrepentimiento, penitencia y santificación, triunfaban la violencia con exaltación de victoria. Era como si el mandato de la guerra santa, propio del Islam, se hubiese transferido a la Cristiandad.

Durante noventa años, poco más o menos, los tres lugares santos por excelencia, estuvieron en manos cristianas. La peregrinación se intensificó. Paralelamente se había aceptado también que la espada, en determinadas circunstancias, podía ser vehículo de santificación. Nació, con las ordenes militares, una nueva forma de vida religiosa, en la caballería. En Palestina se hizo el ensayo de crear un reino sacralizado aplicando a sus instituciones los principios feudo-vasalláticos de una forma que podríamos calificar químicamente pura. La población árabe cristiana o sirio-palestina, que había sobrevivido bajo el dominio musulmán, fue colocada en ese rango inferior que denotaba su nombre, "poulains", que no era servidumbre pero si alienación del poder y del rango que procura la espada. Esta era monopolio de una minoría militar dominante, los "francos", organizada en estricta jerarquía. Se trataba de un reino cristiano incrustado en tierra musulmana, obligado a defenderse como si fuera una fortaleza permanentemente asediada.

En ese territorio se prohibió la existencia de judíos. A pesar de todo algunos siguieron allí, aunque siendo minoría rigurosamente marginada. Estaban de hecho, aunque no de derecho. Recordemos la significativa leyenda que se refiere al poeta sefardí, Yehudá ha-Levi, el autor de la "Gran Siónida" antes mencionada. Arrastrado por la nostalgia de Jersulem, emprendió el viaje en torno al 1140: un jinete árabe, que le confundió con un cruzado, le dio muerte con su lanza, mientras contemplaba las murallas de la ciudad soñada.

Las bases de partida para aquella cabeza de puente en el Oriente Próximo estaban repartidas por la Cristiandad entera: de ella venían las reclutas que aseguraban el poder militar para la defensa. Las Ordenes militares se dividieron en tres sectores, Temple, Hospital de San Juan y Santa Maria de los teutones, de los que los dos primeros eran multinacionales: teóricamente su papel primordial absoluto se ligaba a los peregrinos, asegurando el acceso a los lugares santos. España quedaba un tanto al margen de modo que no tardó en organizar sus propias Ordenes, Santiago, Alcántara, Calatrava y Montesa, sin que dejaran de estar fuertemente presentes Temple y San Juan.

Haz y envés: la vida religiosa de la caballería ennobleció el servicio de las armas, creando eso que más tarde se llamaría espíritu militar. Es espíritu porque pretende manifestar determi-nadas virtudes muy específicas: la hermandad convertida en camaradería, el culto al honor y a la palabra dada, el respeto al adversario y la exigencia del valor. Todo aquello que, enraizado en signos de europeidad, ha llegado hasta tiempos muy próximos a nosotros, justificando el establecimiento de unas normas de derecho aplicadas a la guerra. Había, seguramente, en todo esto, un peligro de identificación del cristianismo con el espíritu mismo de la caballería. Puede añadirse que, a través de las Ordenes, en los siglos XII y XIII, el hermanamiento entre las dos fronteras y, entre los dos lugares santos, Santiago y Jerusalem, se hizo más estrecho.

11. A principios del siglo XII la influencia borgoñona colaboró en una nueva promoción jacobea. Apoyado por el Papa Calixto II, que era tío del rey Alfonso VII, futuro emperador, consiguió Diego Gelmírez convertir en metropolitana su sede de Santiago, alzándola así hasta el nivel más alto de la jerarquía. Ahora podía decir que Compostela estaba en ese mismo grado que ostentaban las iglesias madres de la Cristiandad. Simultáneamente se destacaba el papel decisivo que aquel lugar de peregrinación desempeñaba en ]la vida de Europa. Comenzó la transformación arquitectónica de su catedral; se comprueba, dentro del mismo siglo, el trabajo en ella del maestro Mateo. El monumento, con sus esculturas y pinturas, era un libro de doctrina para uso de iletrados.

En aquellas piedras los que no sabían leer y escribir, aprendían una historia que los clérigos, en sus sermones y discursos, les explicaban. Cobraba dimensiones especificas el Reino de Dios, del que los peregrinos formaban parte. Este Reino, incoado en este mundo, constaba con dos etapas: en la primera entraban los reyes y profetas del Antiguo Testamento; en la segunda los apóstoles, santos y, nuevos reyes. Cristo es el centro y señor de toda esa Historia, pues los acontecimientos conducen a El o proceden de Él; exactamente como procuraban hacer los peregrinos yendo y tornando de Santiago, ya que eran conscientes de que allí se comunicaban el cielo y la tierra. El pórtico de la Gloria se encargaba de explicar la verdadera doctrina: los pecadores no arrepentidos eran precipitados en el infierno por bestias andróginas inmundas; los purificados llevados ante el trono de Dios por coros angélicos.

Tumbas de Jacobo en Compostela, de Pedro en Roma, de Cristo en Jerusalem, tal es el paralelismo. Aunque también existen diferen-cias. La convivencia con el Apóstol en Galicia es más próxima: se pasa junto a él para entrar en el templo; se besa la piedra que acusa pronto el desgaste; se le da un abrazo antes de marchar. El "señor Santiago" es compañero, amigo, intercesor del peregrino. Durante el reinado de Alfonso VII, que inaugura la dinastía de Borgoña, se consolida una conciencia de que España, "tota Hispania" se define como espacio específico dentro de la Cristiandad europea. Regido solidariamente por: cinco reyes - más tarde solo cuatro - es una obra de servicio a Dios ya consumado bajo el patrocinio de Santiago. Es el apóstol quien arma caballero a los reyes, por medio de ese artilugio que aun custodian las Huelgas de Burgos. "Santiago y cierra España" es algo más que un grito de batalla; comporta una definición.

Peregrinos, pues, y caballeros: ambas vertientes se encuentran en los caminos de Compostela y de Jerusalem, distinguiéndolos de los otros lugares de devoción, próximos o lejanos. Junto al viaje que busca lucrar el beneficio de la indulgencia, ha surgido un modo de vida. A través de ella, como a través de la prueba de fuego, el alma se transforma, incluso exteriormente. Los años de "gran perdonanza" - que como todo el mundo sabe son aquellos en que coincide en domingo la fiesta del Apóstol - muchedumbres de viajeros acudían a Santiago desde lugares a veces muy lejanos, confesaban sus pecados, incluso aquellos que se "reservaban" al Papa y tras lograr tal baño de la santificación, mostraban en bailes y canciones la alegría de verdaderos neófitos.

Volvamos la página, pues la peregrinación, como forma de vida, ha creado también sus aspectos negativos. Podríamos extendernos largamente sobre la picaresca del camino o sobre las reyertas entre los propios viajeros que pretendían asegurarse un lugar próximo al amado sepulcro o sobre las estafas que se cometían contra los ingenuos. Uno de los más frecuentes timos en Santiago era el cometido por aquellos clérigos, verdaderos o falsos, que se hacían pasar por confesores autorizados imponiendo como penitencia el estipendio de cierto número de misas a cargo de un "sacerdote sin pecado". El penitente quedaba perplejo: ¿dónde hallar una cosa tan rara?. Era entonces cuando el falsario se brindaba a actuar como mediador ya que él conocía alguno de esta condición, recibiendo el dinero correspondiente. Es humanamente inevitable que la picaresca florezca al lado mismo de la abnegación.

El camino era vida, con altibajos. Posaderos generosos y caritativos al lado de otros astutos e infieles. Almas misericordiosas al tiempo que ladrones. Penitentes profundos en contraste con falsarios que buscaban la limosna. Y hasta un oficio que permitiera pasar la vida sin tener que ganar el sustento de cada día. Algunas veces surgía la confusión a causa de las dificultades para distinguir el verdadero del falso. Hasta la picaresca afecta al corazón humano.

l2. A finales del siglo XII el Islam encontró un rayo de la guerra que tomó para si el significativo nombre de Salah ed -Din. Unió en una sola mano Egipto y Siria, destruyó la caba-llería del Temple en Hattin (1187) y recobró Jerusalem. Trataba de expulsar a los cristianos de Tierra Santa. Provocó una fuerte reacción, pero abrió también caminos. A su lado aparece como médico y pensador, uno de los judíos expulsados de España por los almohades, Maimónides, que trabajó para restablecer la comunidad judía en aquellas tierras. Es una especie de coincidencia significativa que la tumba de Maimónides se encuentre a corta distancia del campo de batalla de Hattin. "De Moshe a Moshe no hay más que Moshe", dice el proverbio judío.

Parecía cerrarse de nuevo el camino de Jerusalem, lo que significaba beneficio indirecto para Compostela. Los cristianos de Palestina, arrinconados contra la costa, trataron de resistir y en su ayuda acudieron los grandes reyes, Federico Barbarroja, el alemán, Felipe Augusto, el francés, y Ricardo de Inglaterra a quien llamaron Corazón de León. Ni los cruzados consiguieron recobrar la ciudad santa, ni Saladino logró expugnar las fortalezas de la costa. Por eso el emir propuso, el 3 de septiembre de 1192, una fórmula de compromiso: separar el hecho religioso de una tierra que mana santidad del dominio político de la propia ciudad. Estaba dispuesto a garantizar a los peregrinos que viajasen sin armas si se establecía el cese de las hostilidades. Para los "francos" era una especie de renuncia al verdadero espíritu de la cruzada. Ricardo, que aceptó el trato, fue acusado de "traición". Pero el acuerdo seria confirmado en mejores condiciones todavía por el emperador Federico II en 1229. Se trataba de un proceso irreversible: la reconquista de los Santos Lugares debía considerarse como capitulo cerrado. El calificativo de "cruzada" pasó a emplearse para cualquier guerra en que estuviesen en juego los intereses de la Cristiandad o de la Iglesia, dando lugar, desde luego, a muchos abusos. Pero se estaba desarrollando, con nuevo vigor, el espíritu de la peregrinación

Entre los años 1219 y 1220 un hombre singular pisó las estrechas calles de Jerusalem: San Francisco de Asís. Completaba el ciclo de las tres peregrinaciones. Con alma sencilla, como la de los niños, le gustaba reconstruir con figuras la escena inicial del Nacimiento. De ahí tiene su origen esta costumbre. De su peregri-nar extrajo, por otra parte, San Francisco, algunas consecuen-cias. Seguro en su fe que le orientaba en el amor a Cristo y a todas las criaturas, antiguo cruzado repleto de decepciones, despojado de todo menos de su propia persona, entendió muy bien la distancia que separa el sentido espiritual que envuelve los cielos y las piedras de Jerusalem, de las formas del poder político o militar. Con independencia de quien fuese su dueño aquellos eran los lugares santos. Tras él vendrían los franciscanos; para no desertar jamás. Con paciencia reiterada, arrostrando sufrimientos que sería imposible recordar, los frailes han ido creando, en cada uno de los puntos señalados, una casa para la oración. Resistieron los sucesivos poderes de mamelucos y otomanos, y aun los difíciles de nuestros días. Pero salvaron lo que era importante. Ese Jerusalem cristiano, sustancialmente árabe, guiado por los mendicantes y nutrido por viajeros que vienen de todas partes, ha conseguido sobrevivir.

l3. Desde el siglo XIII, cuando menos, al madurar en Europa la conciencia cristiana que alcanzaba a todos los rincones, la peregrinación entró de lleno en el sistema penal. Era una vía sustancial para la reconciliación. Desde 1300 los Papas toma-ron la decisión de proclamar en Roma un Año Santo que venía a ser como la oportunidad a todos y cada uno de los cristianos, para hacer una limpieza general de sus espíritus acometiendo la conversión, esto es, la rectificación de la trayectoria de la existencia. Constituyó un enorme progreso, dentro del orden de valores que comporta la "europeidad", admitir que la pena impuesta por un delito no era sólo retribución inserta en el espíritu de venganza -- como en las viejas costumbres germánicas - sino vehículo para recuperar al delincuente. La peregrinación ha ayudado a los europeos a liberarse de la "composición" que era una especie de ley del Talion.

En muchas ciudades el viaje a Santiago vino a ser alternativa de la pena de muerte impuesta en ciertos casos como el homicidio sin alevosía. Reunía tres condiciones que le prestaban su idoneidad: dureza terrible en un castigo que exigía años, gasto, esfuerzo físico - el peregrino en estos casos viajaba a pie y encadenado - y, sobre todo, arrepentimiento volcado en la confesión sacramental; alejamiento prolongado del delincuente de aquellos lugares en donde hubiera tenido que convivir con los parientes de la víctima; confianza en que la Iglesia garantizaba la sinceridad del arrepentimiento. A principios del siglo XVI eran 25 las ciudades de Flandes que habían incluido en sus códigos la peregrinación alternativa.

Al fin de la Edad Media la invocación al Apóstol se refundió con el espíritu de la caballería, hasta producir importantes consecuencias sociales. Es un tiempo dominado por sentimientos que hacen de la vida una verdadera peregrinación - "partimos cuando nacemos, andamos mientras vivimos y llegamos al tiempo que fenecemos", dice Jorge Manrique - hacia esa meta del encuen-tro con Jesús y Maria en que se resume toda la existencia. Bajo esta perspectiva "ser caballero" era mucho más que poseer la destreza necesaria para combatir a caballo; reclamaba una línea de conducta acorde con las virtudes que las Ordenes militares presentaban como suyas. Por eso, cuando ya no se reclamaba la vida comunitaria, el hábito de Santiago era el mayor honor. De ahí han salido después las condecoraciones.

Con la conducta la "fama" que perdura tras la muerte. Cuando los caballeros llevan a América los nombres jacobeos, Santiago del Estero, Santiago de Chile, Santiago de los Caballeros, Santiago de Cuba y otros más, saben muy bien lo que quieren: convencer al mundo de que están allí llevando la herencia de lo que, un día, fuera regalo del Apóstol. Y con la fe, el código de honor que la sangre vieja trata de inculcar en la nueva: el valor físico, la nobleza en el comportamiento, la protección a los débiles y la lucha por lo que se entiende como justicia. En el lenguaje coloquial ser "todo un caballero" resume la estimación de la conducta.

l4. También los monarcas españoles reconocían el alto patronazgo de Santiago. Fernando II, llamado el Católico, que fue V en Castilla, pudo titularse rey de Santiago y de Jerusalem. Sucedió del modo siguiente: los descendientes de Federico II, el gran emperador gibelino, apoyándose en el acuerdo de 1229 que así lo reconocía, ceñían la corona de Jerusalem. Titulo que había llegado a convertirse en nominal, pues las circunstancias reinantes impedían que pudiera ejercerse. Cuando, en las postrimerías del siglo XIV, Sicilia se integra en la Corona de Aragón, el titulo viene con ella. Nunca se borró del todo la aspiración a ese retorno que se asocia a la leyenda del Murciélago. Es un hecho que, con el establecimiento de un consulado catalán en Alejandría - Fernando el Católico pondría mucho cuidado en restablecerlo - los viajes desde la Península se facilitaron. Son constantes las noticias de peregrinos a Jerusalem.

En 1486 Fernando e Isabel viajaron a Santiago. Hacia más de un siglo desde la última visita de un monarca castellano a Composte-la. Utilizaron comodidades y escolta, desde luego, pero desde Ponferrada (8 de septiembre) se atuvieron a las etapas que marcaban la trayectoria de los peregrinos; uno de los objetivos que buscaban era precisamente poner orden en las peregrinaciones. Por Villafranca del Bierzo subieron hasta el puerto de Piedrafita del Cebrero donde se veneraba una estupenda reliquia, una Forma consagrada mudada en carne y no en sangre como era el caso de Orvieto y Daroca. Luego, rindiendo etapas en Triacastela, Sarria, Portomarin y Mellid, cruzando la tierra de Samos, pudieron el 24 de septiembre manifestar su júbilo al contemplar los perfiles de la ciudad. Una leyenda posterior, desde luego falsa, pretende que don Fernando, curioso buscador de novedades, pudo ver el cuerpo de Santiago a través de una grieta del sepulcro.

Leyendas aparte, muchas cosas fueron comprobadas a lo largo del camino, que se reflejan luego en los relatos de los cronistas y en decisiones que se tornan fehacientes por los documentos. Mucha miseria, fraude e inseguridad, al lado de la piedad sincera, la caridad excelsa, la penitencia dura. Los Reyes Católicos encomendaron a las autoridades de ellos dependientes una protección eficaz de los peregrinos, colocando toda la ruta jacobea dentro del seguro real; de este modo pasaba a ser vía regia. Una parte de las rentas del reino de Granada, cuya conquista estaba a punto de culminar, fue asignada a la construcción y mantenimiento del gran hospital para enfermos en las inmediaciones de la catedral. Un testimonio vivo que aun permanece y que, entre otras cosas, fue la primera escuela de médicos que poseyera Galicia.

Dos años más tarde, en 1488, el Soldán de Babilonia, es decir, el jefe de los mamelucos que entonces dominaban en Egipto y Palestina, pidió a los franciscanos de Jerusalem que le sirvieran como embajadores ante Fernando; oficialmente se trataba de elevar una protesta por la guerra que se hacía a los musulmanes en Granada, si bien en el fondo había el propósito de establecer alguna clase de relaciones diplomáticas entre países que poseían ya estrechos contactos mercantiles. Fernando explicó que no hacia la guerra a los granadinos por ser musulmanes sino porque, como súbditos rebeldes, habían roto los vínculos de dependencia que les unían, desde su origen, a la Corona de Castilla.

El resultado de esta embajada, y de otras que siguieron, fue un acuerdo muy singular. España y Egipto se prestarían ayuda contra ese enemigo común, los turcos otomanos. A cambio de ella el Soldan, Kait bey, aceptaba que Fernando, que era rey de Sicilia desde 1469, ejerciera algunas de las funciones que podían corresponderle en Jerusalem y los santos Lugares: la protección que incluía a los franciscanos y a los peregrinos. Nos llevaría muy lejos explicar las vicisitudes por las que atravesó este protectorado hasta nuestros días. Debemos detenernos.

Hemos tratado de explicar donde están las raíces y hasta donde se extienden las relaciones y paralelismos entre Jerusalem, cuna de la fe cristiana, santo entre los santos, suelo privilegiado que habla a los espíritus, Roma, que de acuerdo con la doctrina católica es escenario para el cumplimiento de la palabra de Jesús - "tu es Petrus" - y Santiago, tumba del primero de los apóstoles que hubo de "beber el cáliz" del martirio. De todas ellas, en los siglos medievales, fluía la misma riqueza en forma de santidad que los peregrinos venían a buscar expresando su "alegría al pisar sus umbrales".

 


VI. JUBILEO, ENLACE CON LA TRADICION REMOTA


1. Al concluir el Jubileo del año 2.000, último acaecido, el Papa ha firmado y hecho público un documento de gran relieve, mediante el cual trata de estimular en los fieles cristianos la conciencia de esa renovación interior que, con aquel, se había tratado de conseguir. Pues en el jubileo la peregrina-ción era un medio - como siempre ha sido doctrina de la Iglesia - y no un fin. Ahora, insiste Juan Pablo II, desde las circunstancias que la sociedad está viviendo, un empujón hacia el futuro. Duc in altum, mar adentro, es la frase evangélica de que ha querido servirse para definir la nueva, etapa. Y añade que, treinta y cinco años después del Concilio, la Iglesia, esto es, los fieles, disponen de los medios que necesitan, en una pluridad de vocaciones, para esa "misión evangelizadora" que implica el nuevo milenio.

Se trataba, en definitiva, de un profundo acto de reflexión, verdadera conversión, que permitiera contemplar con nuevo vigor, nueva riqueza y mayor claridad, el Rostro de Cristo. Pues lo que hemos conmemorado no es otra cosa que el momento en que Cristo ha entrado en la Historia, aquel que, según la Epístola a los Hebreos, nos indica cómo "últimamente, en estos días, Dios nos ha hablado por medio de su Hijo". Cristo es la plenitud de la Revelación, término de llegada de un proceso que, en cuanto al espacio, se vincula a esa Tierra Santa que es también Ertz Yisrael. Y el Papa nos recuerda cómo en su peregrinación, encuentro personal hubo un vacío, Ur de los caldeos, donde todo empezó, pero también una coincidencia entre el origen de la Eucaristía en el Cenáculo y la memoria del horror del holocausto en Yad- yashim. Nunca mas; ese es el propósito que debe mover a los cristianos. Pues Dios "es Amor" y ahí está el camino.

En la confesión de Pedro encuentra el Papa, mediante su nueva experiencia peregrina y Al comenzar el nuevo milenio que es precisamente el título que ha buscado para su documento, la razón esencial de la fe cristiana: no procede ésta del trabajo de los hombres ni es el resultado de una reflexión estudiosa y atenta - sin que deban descuidarse ambas cosas - sino de "mi Padre que está en los cielos". Esa es la fe de Pedro que la Iglesia custodia celosamente como ha venido haciendo en estos dos Milenios ya agotados. Y, contemplando el rostro doliente de Cristo, como Pedro le viera en la Pasión y en la Resurrección, emprender de nuevo el camino. El Concilio ha recordado que la llamada a la santidad es universal. Pero el Papa quiere ahora recordarnos, mediante esta palabra escrita, que santidad consiste en caminar- desde Cristo y hacia Cristo. Cristo es, pues, el modelo y la meta, principio y fin, alfa y omega.

Una lectura atenta del documento, que no vamos a efectuar aquí porque es muy necesario que cada uno de nosotros se enfrente con él extrayendo consecuencias personales, nos conduce desde luego a ciertos puntos que hemos destacado y sobre los que conviene insistir. Se trata de las armas que la Iglesia pone al servicio de los cristianos a fin de que todos, y no solamente los que han sido llamados a una vía de perfección, puedan alcanzar la santidad. El Papa se ha servido del ejemplo de tantos laicos canonizados últimamente, para llevar a los fieles la convicción de que la santidad es un "alto grado de la vida cristiana ordinaria"; puede ser alcanzada por medio de esta. Insiste en algo que deberíamos llevar al ánimo nuestro y de los que nos rodean: oración, eucaristía, sacramento de la reconciliación son los , tres elementos indispensables pero, también, las guías que garantizan en ese caminar.

2. De nuevo un documento pontificio de gran importancia nos invita a poner la atención sobre los acontecimientos del pasado. Si pudiéramos hacer un repaso más completo del que estas pocas páginas nos permiten, acerca de lo que la presen-cia de la Iglesia ha significado en el devenir histórico de la Humanidad, sin duda comprenderíamos un aspecto esencial. Conservando, explicando y comunicando una fe que invita al hombre a concentrar su atención en la búsqueda de la santidad no existe tarea alguna que pueda compararse a esta - se ha conseguido dar pasos de gigante en favor de la dignificación de la persona humana. Tropiezos muy serios en el camino han afectado a la velocidad de la marcha, pero nunca la han impedido. La santidad, esto es, ponerse del lado de la Voluntad de Dios, vivir en su presencia, en lugar de alejarse de ella como produce el pecado, nos permite descubrir precisamente cuánto de bueno hay en la naturaleza humana. Sobre todo esto nos ha invitado el Papa a meditar en un esfuerzo de conversión que no significa otra cosa que volver al camino.

En 1300, año último del siglo XIII, cuando se vislumbraban las primeras sombras de división en la sociedad cristiana y la tendencia al crecimiento de los poderes temporales, el Papa Bonifacio VIII (Benito Gaetani) instituyó el primer año jubilar para la Iglesia católica. Al recurrir a ese nombre, jubileo, invocaba la tradición bíblica que establece, cada cierto número de años, dependiendo de las dimensiones, magna o menor, que se quería otorgar al acontecimiento, una especie de suspensión de todas las deudas y contratos, siendo un retorno al punto de partida, también en los aspectos morales de odios y rencillas, permitiendo a los hombres recomenzar. Nueva era la extensión que quería darse al gran perdón, no, en cambio, las consecuencias que del mismo iban a derivarse. Las deudas morales pendientes debían cesar, las servidumbres ser sustituidas, los odios reconciliados a fin de que las personas alcanzasen la limpieza espiritual que necesitaban. La respuesta de los cristianos a este llamamiento superó, y mucho, todos los cálculos que se hicieran. Conviene insistir en que el nuevo año jubilar iba mucho más lejos de lo que fuera la costumbre hebrea y afectaba muy directamente a la salud del alma.

El Papa Bonifacio, entre otras cosas un gran canonista, efectuaba una conjunción entre la fecha consuntiva de un siglo y el sentido que tenían de antiguo las grandes peregrinaciones: se trataba de lograr, además del perdón sacramental, una remisión de las tristes secuelas del pecado. El viaje, fatigoso y extraordinaria-mente duro en aquellos tiempos, no proporcionaba por si mismo el perdón, pero constituía en si mismo una verdadera y fructuosa penitencia. Además, como sucedía ya en el largo caminar compostelano, permitía operar una especie de ruptura temporal entre el pecador y aquella comunidad humana de la que formaba parte, reintegrándose a ella como un individuo nuevo y limpio. El Jubileo daba además la oportunidad de alcanzar, por medio de la reconciliación sacramental, y mediando esa misma verdadera y fructuosa penitencia, absolución incluso de aquellos pecados que, por su especial malicia, estaban "reservados" al Papa.

Se repitieron los jubileos en una cadencia de cincuenta años. La Iglesia añadía, en estas especiales ocasiones de lugar y de tiempo la eliminación del "reato de pena que deja la culpa después de perdonada". La llamaba indulgencia. Se había otorgado anteriormente a los que, con riesgo de su vida, caminaban a Jerusalem. Espacio y tiempo quedaron equiparados en una sola operación. como en todas las acciones en que intervienen los hombres, hubo después abusos: si la limosna aparece como penitencia espiritual, se corre el peligro de que alguien presente las cosas como si se tratara de adquirir bienes para el alma mediante dinero, y también de que ese alguien se beneficie del fraude. Tales abusos no deben apartarnos de la profunda y gratificante calidad que conllevan las indulgencias, fuente de esperanza. Se estaba transmitiendo a los hombres ese mensaje cuya importancia ya hemos destacado: por graves que sean las faltas, nunca es demasiado tarde; hasta el último minuto, el arrepentimiento con los requisitos debidos permite la renovación salvadora de los seres humanos.

Este mensaje es una de las más fructuosas aportaciones de la doctrina cristiana a la creación de la cultura europea en su empeño en progresar. Encontramos en él un germen de muchas doctrinas de las que ahora nos gloriamos considerándolas avances espectaculares en la contemplación de la dignidad humana.

3. El Papa Juan Pablo II nos recuerda ahora que un tiempo jubilar es precisamente aquel que permite al hombre, mediante profunda introspección, entrar en el camino de la conversión y de la penitencia, recuperando aquello que, por sus solos medios, no le sería posible alcanzar: la amistad con Dios. Contemplando el rostro de Cristo. Podríamos añadir que, por el hecho mismo del jubileo, que es una especie de refundición entre romería y penitencia, se comunica a la entera sociedad humana, incluyendo a los no católicos, un mensaje radical de esperanza que se ha filtrado en muchos programas televisivos que no se proponían, desde luego, hacer propaganda católica, pero no podían tampoco impedir que las imágenes transmitieran la luz. Pues mediante el jubileo la Iglesia anuncia que todo hombre es digno de amor y que hay esperanza, cimentada en profundas razones, para todos los que estén decididos a rectificar en el camino emprendido, deponiendo los odios.

No se trata de ninguna novedad sino de afirmar, con mayor empeño, una vieja doctrina. Dante, cuyos versos hemos recordado en varios momentos, estuvo entre los peregrinos que viajaron a Roma durante el primer Año Santo. Recordemos cómo la peregrinación a Santiago redimía condena de algunos delitos en muchas ciudades europeas. La Iglesia se ha visto en la necesidad de proclamar jubileos con mayor frecuencia de la en un primer momento establecida a fin de que cada generación tenga al menos una oportunidad en este camino de conversión. Ya no se trata de imponer como inexcusable el viaje a Roma - aunque éste forma parte de la conducta que enriquece las buenas disposiciones que incrementan el fruto de la conversión interior - pero si de recordar la necesidad de un gran esfuerzo para la rectificación que tanto necesita el mundo actual. El mundo, que atraviesa una gran crisis moral - ciego será quien no lo vea - necesita, para la construcción de ese nuevo Milenio, de hombres y mujeres "con renovada fidelidad a las enseñanzas del Concilio Vaticano II, que ha dado nueva luz a la tarea misionera de la Iglesia" (carta Incarnationis Mysterium).

Probablemente ningún otro acontecimiento del siglo XX ha revestido la importancia de este Concilio. No fue convocado, como sucediera en las veinte ocasiones anteriores, para examen y juicio sobre determinadas doctrinas que se oponen a la de la Iglesia, sino para hacer una profunda reflexión sobre el depósito de fe que ella custodia, empleando el lenguaje que corresponde a nuestro tiempo. A la vez, en actitud de servicio, se trataba de decir al mundo que, para los problemas que le aquejan - en ningún momento se trató de restarles importancia - la Iglesia tiene respuestas válidas para todos los hombres, en una visión ecuménica. De una manera absoluta dejó establecido que a nadie puede impedirse el ejercicio de su religión. Lo cual no significaba que renunciara, en lo más mínimo, a la seguridad que le asiste de poseer y transmitir la Verdad. De este modo se volvían a hacer patentes todos los aspectos de la doctrina que había sido enseñada durante siglos. Yerran quienes creen que el Concilio hizo exposición de nuevas enseñanzas; la novedad estaba en los términos empleados, acordes con el lenguaje de la contemporaneidad y en los problemas que plantea el mundo actual y para los que se ofrecían soluciones.

La Iglesia no está constituida únicamente por la Jerarquía, de modo que a todos los fieles, clérigos, religiosos y laicos, cada uno desde su puesto, incumbe la misión de evangelizar. Vivir como cristianos, con naturalidad, sabiendo que han de ser "fermento y alma de la sociedad humana" es lo que recomienda la Iglesia en esta coyuntura presente. Recordemos que "instaurare omnia in Christum" fue el lema del Papa San Pio X. Y que el beato Escrivá de Balaguer, cuando se hallaba en la primera etapa de su tarea, escribió que era preciso "poner a Cristo en la cumbre de todas las actividades humanas". Un mensaje que el Concilio ha recogido recordando que existe una llamada universal a la santidad y que a ella deben responder los cristianos; esa respuesta, que es personal, individual y concreta - cada uno hemos de responder ante Dios de nuestros actos - tiene sin embargo efectos sociales.

4. Haciendo un repaso a la trayectoria de la Iglesia en el tiempo se descubre que no está sujeta a velocidad uniforme, sin variaciones. Algunas veces, como si Dios interviniera para dar un impulso, se produce una especie de salto cuántico, cuyos efectos resultan luego permanentes, enriqueciendo a la propia Iglesia con una nueva dimensión. Sucedió a principios del siglo VI cuando San Benito organizó la "vida de perfección" creando el monacato y descubriendo para la vida cristiana esas tres dimensiones de trabajo, estudio y oración tan recordadas. A principios del siglo XIII San Francisco y Santo Domingo crearon, desde el desprendimiento absoluto, caminos de ejemplo y de predicación para penetrar en la vida urbana. En el siglo XVI San Ignacio puso en marcha el gran ejército de la educa-ción, el saber y la misión que es la Compañía de Jesús. Y en el siglo XX ha surgido el Opus Dei que pone en marcha los movimientos laicales enseñando a ser contemplativos en medio del mundo.

Ninguno de estos saltos es transitorio: la dimensión que crea se torna permanente y, a la vez, es plataforma para que se produzcan versiones distintas. De modo que puede contemplarse como, a través del tiempo, el gran edificio de la Iglesia se va proveyendo de nuevas mansiones. Crece, sin la menor duda. Constituye un error la actitud de quienes creen que la aparición de nuevas formas torna obsoletas las anteriores. No es esta, precisamente, la razón íntima de la Iglesia: aquel camino que San Benito, fundador de europeidad, abrió con su esfuerzo sigue siendo tan necesario, o más, que en sus inicios, pues la oración contemplativa sigue siendo cimiento de cristiandad.

En 1928 el Beato Escrivá de Balaguer comenzó su tarea. Muchos no le comprendieron y, como sucediera en otras coyunturas semejantes algunos pensaron que había venido "demasiado pronto", sin embargo, en aquella empresa, formada al principio por un puñado de jóvenes, a la que tuvo que incorporar también mujeres sin que transcurriera mucho tiempo, estaba ya implícito el salto que significaba el Concilio Vaticano II en sus dos afirmaciones más trascendentales: es llegado el momento en que se haga efectiva la convocatoria universal a la santidad; y los laicos deben abandonar actitudes pasivas para entrar en línea de actividad. Los movimientos laicales, ahora bastante numerosos, constituyen la que podríamos llamar quinta dimensión de la Iglesia, característica del próximo Milenio. Pero no debemos cansarnos de recordar que esto no significa disminución en la importancia de las otras cuatro sino al contrario; los nuevos impulsos se comunican a la estructura total de la Iglesia.

El año 2000 se inscribe en una perspectiva histórica que es término de etapa en el proceso que comenzó cuando Cristo irrumpió en la Historia. Por razones que no son del caso se ha puesto interés en hacerle servir - cambian necesariamente los sistemas informáticos - de punto de partida para una nueva Edad. Para los cristianos se trata de un punto de vista completamente diferente; en todo caso, un pequeño alto en el camino para reflexionar. Sabemos que hace más de dos mil años tuvo lugar el acontecimiento que marca la plenitud de los tiempos, la natividad de Jesús, el Cristo; los que ahora estamos viviendo, en la contemplación gozosa, son los que corresponden precisamente a la vida oculta que transcurrían en Nazareth para aquel Niño que iba creciendo a los ojos de los hombres. Por delante nos quedan dos decenios antes de que hayamos de conmemorar el comienzo de la vida pública: tiempo, pues, para crecer hacia dentro, para trabajar en el propio medio ambiente, sin ruido, sirviendo de instrumento. El fracaso para toda la Humanidad sería que el tercer Milenio no contemplara la renovación que el mundo necesita y que depende de lo que los hombres sean y quieran.

Las palabras jubileo y jubilar hunden sus raíces en el concepto de la alegría. De modo que todo cuanto gira en torno a la fecha del 2.000 no puede ser para los cristianos ocasión de tristeza o de nostalgia. Recordemos también como el Beato Escrivá, pionero en muchas cosas, invitaba a mostrar "la alegría del que se sabe hijo de Dios". Pero no olvidemos que tras esta expresión hay un acto de voluntad; todos los hombres están llamados a la santidad pero de ellos, de cada uno de nosotros, depende dar la respuesta. Dos mil años han transcurrido ya desde que se produjera el nacimiento de Cristo; algunos menos desde que Jesús fundara su Iglesia con un puñado de hombres que no pertenecían precisamente a relevantes sectores sociales. Tiempo largo de trabajo para los cristianos, de logros y de incontables dificultades. El Papa recuerda el elevado numero de mártires y la copiosa fuente de gracia que los santos proporcionan, como un tesoro que la Iglesia custodia y administra, pasándolo de una generación a otra con la esperanza puesta en que siga enriqueciendo.

Como sucede con todo patrimonio que se recibe en herencia, los seres humanos pueden adoptar ante él tres actitudes distintas: aferrarse a la herencia, inmovilizándose, como si nada pudiera o debiera ser cambiado; rechazarlo, para lanzarse a un proyecto de radical innovación; o emplearlo, como sensatamente hace el que, en la parábola recibe cinco talentos, a fin de construir desde él nuevas empresas. Las dos primeras son erróneas y sólo la tercera resulta correcta. A, ella nos invita el Papa Juan Pablo II: anunciar a Jesús, Dios y perfecto Hombre, desde la entrega (Totus tuus), sin miedo, en el mundo de hoy, con sus problemas y necesidades, bien abiertos los ojos, como aquel prudente padre de familia al que alude el Evangelio, que sabe sacar de su experiencia fórmulas nuevas y viejas para resolverlos.

5. Los extraordinarios progresos que la ciencia ha alcanzado en las dos últimas generaciones, han sido para los cristianos motivo de solaz y descanso, sin que esto signifique la ausencia de importantes problemas que nacen de un acto moral: el empleo que el hombre vaya a hacer de sus descubrimientos. Pues la ciencia marca, siempre, posibilidades e progreso, pero el que esto se logre - es decir, que el hombre crezca - depende dela respuesta al desafío moral. Ha terminado el tiempo en que los investigadores creían encontrarse con una Naturaleza autosuficiente, un Universo en equilibrio que se basta a si mismo y que, como afirmaron los doctrinarios del marxismo, es eterno. Cada vez más se abre a la conciencia de los hombres la imagen de un Universo inmenso, como corresponde a la inconmensurable grandeza de Dios, pero que tuvo un comienzo y se desarrolla de acuerdo con un esquema inteligente. Los científicos católicos ya no tienen necesidad de defender la racionalidad de sus creencias: al contrario, éstas constituyen plataforma de apoyo para una doctrina acerca del ser creado que resulta más satisfactoria que si prescindimos de ella. En las nuevas descripciones del tiempo y del espacio descubrimos un Universo que canta la gloria de Dios. Los Salmos cobran nuevos acentos, nuevas y expresivas dimensiones.

Es imposible, en el momento en que, sobre la conciencia de los cristianos, se refleja la noticia de que ha comenzado para ellos el tercer Milenio contando desde la plenitud de los tiempos que significa la Redención, olvidarse del hecho de que la Cristiandad sigue escindida entre dos Iglesias y otras muchas variadas corrientes de interpretación doctrinal, y que las otras dos religiones que invocan la herencia de Abraham y la fe en un mismo Dios inefable, permanecen lejanas. Aunque la Humanidad, salvo una minoría, acepta la existencia de un principio de Trascendencia, las diferencias entre distintos sectores y grupos resultan abismales. Posiblemente no hay tarea que revista tanta importancia para el tercer Milenio como la de establecer un diálogo que nos permita descubrir hasta dónde llegan las partes comunes, sobre las que debemos levantar las nuevas dimensiones del hombre. Pues los enfrentamientos e incomprensiones se alinean entre las causas que han permitido el avance del materialismo hedonista que tanto daño causa a la Humanidad. Cualquier creencia en el sentido trascendente de la existencia, significa una posesión, aunque sea parcial o escasa. El ateismo y el agnosticismo son posturas negativas, carencias, y por consiguiente estériles: ningún sentido tiene hablar de amor al prójimo si contemplamos la existencia como una simple angustia entre dos nadas. Cuando falta el amor, insiste el Papa, el hombre se torna incomprensible.

Muy recientemente la Santa Sede ha recordado a los cristianos que la doctrina de la Iglesia, invariada desde el principio, obliga a reconocer que existe una sola Verdad, cuya certeza absoluta procede de la revelación de Jesucristo. Por esta misma razón se debe admitir que las otras creencias, producto del esfuerzo humano, puede hallarse en un grado variable de aproximación a esa Verdad y por ello deben ser tratadas como valores positivos. Ningún fruto puede obtenerse del diálogo con el ateísmo, porque se trata de una simple negación. El comienzo del Milenio urge a los cristianos a seguir en la vía recomendada fuertemente por el Concilio y que se conoce como ecumenismo: escuchar y hacerse oír son dos dimensiones prácticas de ese diálogo. No se trata de ceder parcelas de la Verdad ni de alcanzar acuerdos como si fueran parte de una negociación, dando para recibir a cambio. Con la Verdad no es posible transigir.

En esta conducta dialogante existe una dimensión que no conviene olvidar, en manera alguna. Los cristianos tenemos el deber de reconocer el error en nuestra conducta y de cuantas veces hemos actuado de manera distinta a como nos exige la doctrina de Jesús: de esto se debe pedir perdón. El "otro" es y debe ser tratado siempre como prójimo, semejante, en esa hermandad sustancial que procede del hecho de que los seres humanos son criaturas de Dios y están llamadas a la salvación. El mandamiento de amor que se encarna en el cristianismo, no se limita a quienes comparten con nosotros ideas y creencias. La discriminación es siempre negativa. El acercamiento al prójimo comporta siempre valores positivos.

 


VII. CONSECUENCIAS DE LA DESIDEOLOGIZACIÓN


1. Hemos dejado atrás ese siglo XX que, algunos historiadores, con abundancia de argumentos, no dudan en calificar como el más cruel de la Historia, arrebatando incluso el protagonismo que hasta entonces correspondiera a los asirios. Al despedir-lo, abriendo la Puerta Santa para el jubileo de la reconciliación, el Papa Juan Pablo II se ha sentido impulsado a dar gracias a Dios por haber preservado a los hombres de dicha Centuria de la tercera guerra mundial que, en ocasiones, pareció inminente. El mensaje de Fátima, por él solemnemente proclamado, dejaba el postigo abierto para la esperanza: si los hombres fueran capaces de recoger la lección y efectuar la profunda reconversión que precisan, muchas cosas sin duda cambiarían. Pues la dura experiencia permite comprender que en el fondo de todos los conflictos alienta siempre una cuestión moral. Esa es la que debe ser rectificada.

Naturalmente, al lado de las experiencias negativas, debemos re-cordar también los esfuerzos creadores. En un proceso de secularización (de la existencia que se iniciara en torno a 1648, que llevaba consigo el rechazo de la autoridad moral que la Iglesia había venido ejerciendo - autoridad no significa poder, sino guía en la norma - en cuanto depositaria de la Verdad, los hombres sintieron la necesidad de acogerse a sistemas salvíficos cerrados en torno a una doctrina. Tales fueron las ideologías. Esencialmente fueron tres: nacionalismo, liberalismo y marxismo. La Iglesia tuvo que hacer advertencias muy serias respecto a los errores que en ellas se contenían; y el tiempo le dio la razón: un liberalismo económico y de pensamiento demasiado radicales conducen a tensiones sociales muy fuertes de ricos contra pobres, tanto entre los individuos como entre los pueblos, y acaba rechazando la existencia de una Verdad objetiva que todo lo reduce al nivel de opinión. El marxismo, en cuanto materialismo dialéctico actúa como factor reduccionista haciendo del hombre tan solo un elemento en la producción. Y los nacionalismos sustituyeron el espíritu de la caridad cristiana por el odio hacia el "otro" que solo puede ser considerado como peligroso enemigo.

De este modo entre 1648 y 1945, aprovechando el desarrollo en los conocimientos y técnicas que la ciencia moderna proporcionaba, las guerras fueron creciendo en importancia: no hubo la paz que el Congreso de Münster anunciara como consecuencia del equilibrio entre los Estados dotados ya de poder absoluto incluso en el orden moral. Guerras de Luis XIV, Sucesión española, Pragmática y báltica, de los Siete años, de Napoleón, de Crimea, del 70, del l4 y del 39. Se trata ciertamente de un panorama estremecedor porque las víctimas que iban causando aumentaban en cada episodio en proporciones geométricas. Hasta que, después de 1945 algunas mentes clarividentes lanzaron la idea de que era necesario construir una nueva autoridad moral de dimensiones supraestatales construyendo además esquemas de unidad superior que arrebatasen a los Estados nacionales el poder absoluto que se irrogaban. El fracaso de las ideologías se hizo evidente.

No deja de ser significativo que los padres de Europa, De Gasperi, Adenauer, Schuman, que se propusieron como primero y principal objetivo borrar los odios que separaban a sus respecti-vas naciones, procedieran todos del catolicismo militante, como lo es también que, por una vía indirecta desconocida, la bandera de la Comunidad, con sus estrellas sobre el cielo azul sean, según la confesión de su autor, memoria de la Virgen. Pues se trataba, ni más ni menos, de introducir los valores cristianos en el terreno de la política para borrar los odios del nacionalismo y permitir la contemplación del "otro", alemán o francés o italiano o de cualquier otra estirpe, como prójimo a quien es me-nester amar. No podemos perder de vista que, pese a todo, las guerras siguen presentes, el terrorismo y la violencia causan estragos, muchos seres humanos viven en condiciones inaceptables y extensas regiones del globo padecen hambre y depauperación. Otros tantos motivos para el pesimismo. La Humanidad dispone de resortes que pueden permitirle crecer. ¿Lo hará?.

2. La Iglesia católica, en diversos países, ha tenido que pagar un tributo de sangre superior al que significaran las persecu-ciones del Imperio romano. Es lo que el Papa actual trata de hacer presente en la conciencia de los fieles y del mundo con las beatificaciones, tan numerosas, recordando también que el martirio es una plataforma para el desarrollo de la Iglesia. No es esto solo. Desde principios del siglo XIX se han puesto en marcha programas tendentes a erradicar a la Iglesia del contexto social. Otra forma de persecución, como denunciaba Robert Schuman insistentemente, es la que se reviste del nombre de laicismo: un proyecto para organizar la educación y centrar el comportamiento social en el rechazo de todos los valores religiosos, invocando una tolerancia que permita arrinconarlos en un rincón de la vida privada, demostrando así que esa nueva sociedad, agnóstica y radicalmente materialista permite subsistir a aquellas extrañas y reducidas minorías que se empeñan en permanecen dentro de la superstición.

Laicismo, propio de sociedades opulentas y tecnificadas, y persecución violenta en aquellos medios que no alcanzan suficiente grado de desarrollo, forman los dos términos de una disyuntiva. Todavía en l999 muchos misioneros han pagado con la vida o la denuncia la enemistad con que se les distingue desde sectores políticos concretos. Pese a todo esto la Iglesia, que ha querido hacer de la doctrina del Concilio una propuesta de servicio para toda la Humanidad, alza su voz con un llamamiento hacia la esperanza. No se trata de un gesto gratuito ni simplemente de un esfuerzo para consolar, sostener y dar aliento a los que sufren. Lo que hace es, lo mismo que en las etapas an-teriores señalaba los defectos que se descubrían en el plantea-miento de las ideologías, descubrir y señalar con precisión donde están los resortes que hagan posible emprender una tarea que, sin ser repetición de aquella que se inició en los albores del segundo milenio, alcanzar una eficacia pareja de la misma. No está diciendo, como fue tentación de los grandes ideólogos, que las cosas "tienen" que suceder así, sino únicamente que "pueden" ser así si los hombres trabajan rectamente, ya que los medios no les faltan. Tremenda responsabilidad la que incumbe a los cristianos si se equivocan en el camino.

El Concilio Vaticano II, que se inscribe en ese proceso de recuperación moral, consecuencia de la guerra y sus desastres, presentó una eficaz alternativa al laicismo que tan profundamente dominara las conciencias europeas en los siglos XIX y XX hasta desembocar en la incomprensión de lo que verdaderamente es el cristianismo, y en las opresiones. Esta alternativa se expresa muy bien mediante la conocida frase que el Papa ha puesto como lema de su Pontificado: "no tengáis miedo, abrid las puertas a
Cristo". Consiste en colocarse en el lado de Dios - recibir la palabra y ponerla en práctica - y eso es lo que, strictu sensu, significa santidad, tratando con ella de cristianizar el mundo, transformándolo desde dentro. En Compostela, en aquella jornada que constituye un recuerdo imborrable, Juan Pablo II hizo una invitación a Europa para que volviera a sus raíces a fin de ser ella misma. Ya que antes de emplear este nombre se llamaba Cristiandad y, todos los valores positivos que la permitieran alzarse hasta la cumbre de las sociedades humanas, le han sido proporcionados por el Cristianismo.

No se trataba de recomendar el retorno al tiempo o las estructuras del pasado sino de descubrir, en esas mismas raíces, el valor auténtico de la libertad, un concepto tergiversado en muchas ocasiones por las ideologías en declive. Pues únicamente en la Verdad, adhiriéndose a ella, puede el hombre considerarse libre. La reconquista de la libertad personal, esto es, del ius que se enmarca en la razón moral, es, sin duda, el gran reto del siglo XXI.

3. La doctrina formulada por el Concilio Vaticano II tiende a un punto argumental: el desorden moral se encuentra en la raíz misma de las injusticias que padece la sociedad actual. Esto explica el fracaso final de todas las revoluciones, hecho his-tóricamente comprobado, ya que éstas piensan que la solución de los problemas se encuentra en el cambio de las estructuras, haciendo caso omiso o negando de modo radical del comportamiento ético y de los valores morales, que guardan intima relación con el orden de la Naturaleza. Por eso, muy a menudo, han conducido a situaciones mucho peores que aquellas mismas que intentaban remediar. Es, en consecuencia, urgente, en este tercer Milenio que comienza - ineunte es la palabra escogida por el Papa - realizar un esfuerzo en orden a la profunda reconversión moral, sin perder nunca de vista que la ética, dimanando del plan de Dios, se encuentra íntimamente vinculada a la conservación y desarrollo de la Naturaleza. Ut operaretur es la misión encomendada al hombre por su Creador.

Un mundo que estuviese penetrado de valores morales vería desapa-recer muchos de los problemas que en estos momentos le aquejan. Importa mucho por ejemplo señalar que la virtud de la pobreza y el vicio de la riqueza, contemplados dentro de esta perspectiva, no coinciden en la carencia o abundancia de bienes materiales, los cuales son en si mismos buenos, como su nombre indica, y sólo se tornan perversos por su utilización. Pobreza es desprendimiento o, en otras palabras, reduccionismo de ellos al papel de instrumentos que es el que éticamente les corresponde. Riqueza es el apego a los mismos, sustituyendo los valores mora-les por la concupiscencia material, muy extendida en nuestros días. No es deseable el retorno de la sociedad a carencias radicales. El progreso no consiste en la simple acumulación de bienes sino en procurarlos desde un crecimiento de la perspectiva humana. Servir a los demás, es lo que importa.

Esta actitud de servicio es la que el Concilio Vaticano II recla-ma para la misma iglesia, fundando de este modo libertad. Pues en este siglo XXI ella misma pretende presentarse ante el mundo con las manos abiertas diciendo: para esos problemas que os aquejan yo tengo soluciones y las brindo, con toda el alma, invitándoos a "abrir las puertas a Cristo" y a los cristianos a enfrentarse con el rostro de su Salvador. Empezando por la libertad, tan necesaria, que no consiste en que cada uno haga lo que le de la gana, ni tampoco en considerar lícito lo que no está expresamente prohibido, sino en mover la voluntad hacia el bien, identificándose con él, obrando rectamente, creativamente. El mal, que no es otra cosa que la ausencia de bien, no puede causar otra cosa que daño, y, el primero de todos, esa esclavitud del ánimo que acompaña a los vicios. Dios ha otorgado al hombre una capacidad para percibir el bien y, en consecuencia, para adherirse a él. Este es el eje esencial de la existencia humana, que se ajusta a las dimensiones de un tiempo. Dicha capacidad es, precisamente, una de las razones fundamentales de la esperanza.

4. Importa mucho que no confundamos la esperanza, a que tan insistentemente invita Juan Pablo II, con la simple espera: esta es tan solo una actitud pasiva: la ejercemos cuando viajeros en cualquier aeropuerto, aguardamos con paciencia la llamada que nos indica el momento de subir al avión. La esperanza es activa y nos convoca siempre para entrar en la tensión anímica que permite trabajar, construir el futuro. De este dinamismo se encuentra bien repleta la virtud cardinal cristiana de la esperanza: nos dice con meridiana claridad que los seres humanos, criaturas de Dios, se hallan provistos de medios que, bien empleados, permiten alcanzar metas que marcan la trayectoria del progreso; entre estos medios se encuentra, por encima de todo, la ayuda del mismo Dios, la cual se manifiesta no sólo de un modo actual y, por decirlo así, singular y extraordinario - los santos tienen vivas experien-cias - sino también del modo habitual como procede el orden de la Providencia. Por eso a las acciones humanas hay que añadir este factor de corrección. Hay respuestas a las acciones humanas que son perfectamente previsibles pues forman parte de los esquemas que la experiencia conoce. Pero importa, sobre todo, no errar en el momento de elegir el camino, pues Dios escribe muy derecho aun con renglones torcidos.

En todos sus documentos, y de una maneca especial en su conocido libro acerca del umbral de la esperanza donde ahora nos hallamos, Juan Pablo Il insiste repetidas veces en las ideas que aquí hemos intentado recoger. No puede decirse que sea absolutamente original: sigue una trayectoria que pertenece a la Tradición de la Iglesia, y en la que insistieron de una manera especial sus antecesores, desde la primera mitad del siglo XIX, cuando la Iglesia experimentó un salto hacia adelante, al verse libre de compromisos que eran verdaderos obstáculos en su camino de renovación de los espíritus. Pío XI, en años cruciales del siglo XX, había insistido en la necesidad de que los laicos supiesen asumir una actitud tensa y activa; por eso se escogió el término Acción Católica para señalar las primeras organizaciones orienta-das a promover la participación laical dentro de la Iglesia, sin modificar en modo alguno la estructura jerárquica esencial. El Opus Dei significó, en esta dinámica, un salto de naturaleza cuántica que desbordó incluso las perspectivas iniciales de su Fundador. Otros movimientos han venido a ampliar y reforzar el dinamismo de esta primera etapa, cubriendo campos muy diversificados. Conservando sus estructuras jerárquicas de clérigos y religiosos, más necesarias que nunca, la Iglesia ha ampliado sus cuadros de actividad.

La fórmula favorita del beato Escrivá de Balaguer, que intentaba convencer a los laicos de que también ellos estaban llamados a ser "contemplativos en medio del mundo", fue después destacada por el Concilio Vaticano !I cuando recordó la llamada universal a la santidad. La recomendación se cifraba en seguida en esa exigencia de "santificar el trabajo, santificarse con el trabajo, santificar a los demás por medio del trabajo". Importa mucho, sin embargo, hacer una advertencia: no se debe confundir trabajo con salario, pues la labor de quien por espíritu de caridad cuida de un enfermo o educa a un niño es más noble trabajo que aquel que alcanza remuneraciones muy elevadas. Entiéndase bien que estamos siempre refiriéndonos a un trabajo honesto.

Antes de pretender enseñar a los demás en que consiste ser un buen cristiano es imprescindible que cada uno, desde sus propias fuerzas, se empeñe en vivir plenamente esta profunda identidad. Constante y continuadamente se debe rectificar en la conducta; en esto consiste precisamente la conversión, que no significa obra cosa que enderezar la ruta, volver al camino.

Muchas veces se nos pregunta a quienes hacemos oficio de historiadores, si existen motivos para la esperanza en este tránsito que señala el año 2000. La primera respuesta parece fácil: tras los dolorosos fracasos experimentados por las ideologías con sus propuestas salvíficas demasiado radicales, que confluyeron en lo que Pío XI, ya en 1937, llamó neopaganismo, asoma por el horizonte lo que podemos llamar nuevo Humanismo. Es bueno recordar que el Humanismo clásico del siglo XV tuvo su origen y obtuvo sus recursos precisamente en la Iglesia, y fue la primera reacción positiva contra los excesos del nominalismo. Petrarca vivió identificado con la Corte de Avignon - una etapa de reconstrucción muy distinta de lo que los nostálgicos cronistas italianos nos hicieron creer - y Erasmo escribió su De libero arbitrio a requerimiento de la Sede romana y como una afirmación de las condiciones que Dios ha establecido en la naturaleza humana. Hay que insistir, una y otra vez, en que Cristo aparece como el modelo perfecto de humanidad.

 

 


VIII. GLOBALIZACIÓN: SUS CORRESPONDENCIAS ETICAS


1. Aunque el término globalización tiene su empleo preferente en la Economía, tendencia a considerar el globo terráqueo como un solo mercado, es indudable que puede aplicarse también a las otras actividades humanas. En el siglo XX todos los hechos políticos y culturales se han globalizado. Ya no es posible, como en tiempo pasado, exponer los acontecimientos que forman el decurso histórico en capítulos separados, uno para cada una de las culturas que formaban campos históricos inteligibles. Ahora la Humanidad entera constituye un único campo. De modo que el suceder se ha globalizado. Por eso el planteamiento del ecumenismo - ¿qué son y tienen en común las religiones? - se ha convertido para la Iglesia en un imperativo. Pues en el siglo XX no hay región alguna en el mundo en donde no se haya predicado la Palabra de Dios. El Evangelio está presente en todos los rincones. Ha llegado el momento de comunicar esa fe no sólo a las personas individuales concretas sino también a las culturas.

Durante el siglo XIX, prácticamente desde que el impacto postrevolucionario de Napoleón, con sus demandas en pro del laicismo, se dejó sentir en Italia, la figura del Papa en cuanto soberano temporal, establecida en tiempos de Carlomagno, y que provocaba tantos compromisos, comenzó a disolverse hasta desaparecer por completo en torno a 1870. Los temores que esta trayectoria despertara en torno a la libertad de acción de los soberanos Pontífices, no se cumplieron. Apareció a la luz otro aspecto. No se trataba tan sólo de que le fueran arrebatados por la fuerza determinados territorios en que ejercía su potestad, sino de algo más profundo: aquellas funciones políticas - y así lo había percibido ya Pío VI - eran un verdadero impedimento en el ejercicio de la Vicaría de Cristo que es lo que significa el poder de las llaves. Dejó de ser posible que, como sucediera en tiempos pasados, determinados personajes fueran elevados a la Sede de San Pedro precisamente porque estaban dotados de conocimientos o habilidades puramente temporales.

El hecho es que, durante dos siglos, el Pontificado, en la continuidad de sus titulares, ha vivido una experiencia que no tiene par en la Historia. Para decirlo de otro modo. No encontramos, en la Historia de la Iglesia, un tiempo como éste en que se han sucedido, desde Pío VII a Juan Pablo II, Papas de tanta altura moral y capacidad evangélica. Cualquier comparación que establezcamos nos revelará los huecos y las contradicciones. La condición de pastores y guías espirituales coloca a estos Papas a un nivel inmarcesible, que la propia Iglesia refleja en procesos de beatificación o canonización. Usando términos más llanos podríamos decir que la Iglesia, en su cabeza, ha reunido poderosas reservas de santidad.

Esa función de guía espiritual que al Vicario de Cristo corresponde, se ha ejercido, además, a través de documentos dirigidos a todos los hombres - es decir, globales - no siempre promulgados en forma solemne y que constituyen homogéneo cuerpo de doctrina. Estudiándolos con detenimiento. sería posible construir una síntesis llena de riqueza, y que consiste en aplicar la Verdad, que la Iglesia custodia, a las circunstancias concretas del mundo contemporáneo, aclarando la doctrina y llamando la atención sobre los errores que se deslizan en determinadas ideologías o propuestas. Así, cuando se dice que Pío IX o Pío X condenaron el liberalismo, se esta cometiendo un abuso de lenguaje pues lo que estos Pontífices, en sus respectivos documentos, trataban de explicar era el peligro grave que significaban errores concretos que al amparo de esta determinada ideología, se estaban difundiendo.

Las globalizaciones, salvo cuando se dirigen a una acción positiva de caridad que respeta la naturaleza humana, son de escasa utilidad para la Iglesia. Esta trata siempre de promover las respuestas positivas, reduciendo al mínimo indispensable las advertencias negativas. La Iglesia no condena, aplaude, las ansias de libertad; simplemente advierte a los que están en el camino, de los peligros de despeñamiento que acechan en esa ruta, siempre estrecha y difícil. Así es el nuevo Humanismo que presenta la Iglesia: antes de decir "no peques" propone a los hombres la otra fórmula, "adquiere la virtud". Habiendo crecido su prestigio en el mundo en los últimos decenios, hasta conver-tirse en una autoridad global, precisamente por carecer de poder, el Pontificado está proponiendo, no un modelo de sociedad, de economía o de política, sino de hombre, en la imitación de Cristo y en el acercamiento a ese modelo, perfecta naturaleza humana, que permite abrigar mucha seguridad en el acierto.

El Humanismo cristiano de hoy, como el que significara Tomás Moro en el siglo XVI, no debe reclamar una autonomía absoluta para el hombre, sino la integración de éste en el orden de las cosas creadas. Exige que se siga trabajando en la procura de un progreso material, pero colocándolo cuidadosamente al servicio de ese crecimiento que va aproximando a su
modelo inmarcesible que es Cristo. No renuncia a ninguna de las posibilidades que se ofrecen, pero reclama que se haga un uso de las funciones humanas de acuerdo con el fin para el que fueron creadas. Considera, por ejemplo, que la sexualidad es un gran regalo hecho por Dios al hombre y a la mujer haciéndoles parte en la transmisión de la vida en un acto de amor y mutua integración, y pone en guardia contra los posibles desvíos que la rebajan. Sostiene, en definitiva que toda la existencia humana se apoya en esos dos mandamientos que son amar a Dios por encima de todas las cosas y al prójimo como a uno mismo, pero no mas ni menos tampoco.

Recordando la frase puntual de San Juan de la Cruz, tendríamos que hacernos conscientes de la verdad que entraña: "desengáñate que a la tarde te examinarán en el amor".

2. Muchas veces, contemplando la sociedad y, por encima de ello, a nosotros mismos, podemos comprobar como nos estamos moviendo lejos de estas ideas y de sus principios; es fácil, en consecuencia, que nos dejemos ganar por ese pesimismo o pérdida de esperanza que es una de las derivaciones del desánimo. No está justificado: el bien, aunque no ocupe lugar en los medios de comunicación, se abre siempre camino. Porque el hombre, como nos recuerda el versículo del Génesis que he-mos mencionado en la charla anterior, ha sido creado para operar sobre ese mundo al cual pertenece constituyendo un extremo del mismo, ya que en él se reúnen materia y espíritu. Hace años un gran maestro de juristas e historiadores me hizo notar la diferencia esencial que existe entre dos palabras latinas que, por hallarse próximas, a veces confundimos: "operare" y "laborare". Se trata de actividades muy distintas pues la primera indica un esfuerzo de creación y no esa simple aplicación mecánica que puede realizar el borrico atado a su noria. El trabajo del asno posee extraordinaria utilidad pero nunca podría calificarse de creador.

Es propio de los seres humanos operar sobre la Naturaleza, hacia el crecimiento. En cierto sentido su trabajo puede considerarse como cooperación en el orden de la Creación. También en esto entra en juego el misterio de la libertad. El esfuerzo creador humano, persistente durante milenios y con un ritmo cada vez más rápido, ha puesto a disposición de las generaciones presentes, como ya sucedió con las inmediatamente pasadas, medios sumamente eficaces que las sitúa ante una disyuntiva. Pues el uso correcto de los mismos acarrea sin duda, un incremento de bienes, pero ¡el incorrecto... !. Un bárbaro armado simplemente de un garrote es, con toda seguridad, menos peligroso que si se le provee de ingenios atómicos. Por eso las guerras se hacen colosalmente destructivas. Cuando nos estremecemos con el recuerdo del holocausto, no podemos olvidar que el progreso científico hizo posible la ejecución de un hecho de semejantes dimensiones. Hoy sería suficiente pulsar un botón rojo para conducir partes de la Humanidad a su entera destrucción.

El nuevo Milenio lleva, en consecuencia, implícito un gran desafío, ya que de la respuesta que se de a los problemas planteados depende el futuro de la Humanidad. Nada está predeterminado pues entra en juego siempre la libertad. De modo que cuando se afirma, y no solamente por el Papa actual, con absoluto fundamento, que son muy sólidas las razones de la esperanza, no se está pretendiendo que su curso ha de ser inexorable, como la marcha del tiempo: cada coyuntura obliga a elegir, a tomar decisiones, y éstas pueden ser acertadas o erróneas. Penetramos de este modo en el gran secreto de la Historia, (que no puede ser sustituido por encuestas, cuadros estadísticos o leyes matemáticas inexorables, como se ha pretendido: Blaise Pascal advirtió hace siglos, que detrás de cada encrucijada puede aparecer la nariz de Cleopatra. Son muchos los ejemplos que podríamos aducir: si Alejandro no hubiera muerto a edad muy temprana, la lluvia no cayera en la mañana de Waterloo o Colón no obtuviese la ayuda sustancial de las Azores muchas cosas habrían cambiado, aunque no sabemos ni cuantas ni como. La Historia virtual no es lícita.

El mundo contemporáneo ha podido ampliar con nuevas dimensiones el ejercicio de la libertad: entre otras cosas se propugna la plena equiparación entre varón y mujer. Este avance entraña, sin embargo, un peligro pues a veces parece implicar que la mujer abandone sus valores, desarrollados desde esa rica forma de naturaleza que llamamos femineidad para adoptar los que corresponden al varón, como si hubieran de concederse a las dimensiones de éste una preferencia absoluta. Tal vez sería preciso recordar que los valores femeninos son, no solo esencia-les en la plenitud del ser humano, sino superiores: abnegación, intuición, afecto y, en definitiva, como recuerda Ratzinger, ese binomio profundo que desempeñan virginidad y maternidad, constituyen núcleos esenciales para la Humanidad. Los efectos de la plena igualdad de derechos y funciones en el seno de la fami-lia son importantes y, sobre todo, muy beneficiosos ya que apuntan a una cooperación más estrecha en esa función esencial de transmisión de la vida. Pues no existe otra de tanta importancia.

Ahora bien, en el caso de los seres humanos, esa transmisión no se reduce a los aspectos biológicos pues entra en ella el espíritu, y todo lo que este comporta y la diversidad y riqueza de la dualidad - "hombre y mujer los creó" recuerda con insistencia el Génesis - son absolutamente imprescindibles. El ejercicio de la progenitura por uno solo de los elementos o la desaparición frágil de la familia causan terribles daños precisa-mente a - los destinatarios. Gracias a los cambios consecuentes a la equiparación, se están corrigiendo posturas erróneas. No del todo, desde luego, ni de una manera universal. En sentido contrario, siendo la familia célula elemental, sociedad natural por excelencia, sufre y se agrieta con demasiada frecuencia. En algunos países puede considerarse definitivamente quebrantada.

Nos encontramos ante una coyuntura que presenta dos vertientes: progreso en libertad puede significar la desaparición de muchos defectos que separaban a marido y mujer y a padres e hijos en torno a una línea demasiado rigurosa en la diferenciación de las funciones; pero puede significar también el abandono de los deberes recíprocos. Y sin el cumplimiento de deber no hay ejercicio de la libertad, ya que de nada sirve que se me reconozcan derechos si no está ahí el otro dispuesto a procurar
que se me reconozcan. Podemos progresar si se logra el acercamiento entre los distintos miembros de una familia, hacien-do que el amor sea dimensión primordial para sus relaciones. 0 retroceder, considerando que el matrimonio debe convertirse en simple contrato temporal y revisable. Se pueden invertir térmi-nos muy radicales olvidando que los padres tienen deberes hacia los hijos que Dios les ha confiado y afirmando en cambio que tienen derecho sobre ellos, incluyendo la eliminación en el comienzo de su trayectoria cuando no son deseados.

Tal es la incógnita para un tiempo inmediato. ¿Seremos capaces de construir con los medios admirables de que ahora disponemos o nos dejaremos arrastrar por el espejismo de una búsqueda del placer?. ¿Limitaremos los procesos educativos a la adquisición de técnicas cada, vez más avanzadas o los reorientaremos para obtener una mejor formación?. En el mismo sentido, ¿estarán las generaciones futuras dispuestas a anteponer deberes a derechos, convencidas de que en esto radica el incremento en el ejercicio de la libertad?. Henri Bergson, judío que estaba tan próximo al cristianismo que sólo la persecución contra el Pueblo de Israel le detenía en sus consideraciones, advirtió que en la fuente misma de la Moral se encuentra un gesto positivo, de modo que aunque los mandamientos referidos al hombre se expresen mediante fórmulas prohibitivas -"no mentirás", etc. - lo que están proponiendo es una afirmación: "dirás la verdad". Cuando se prohíbe el odio al prójimo lo que se está reclamando es que se le ame.

3. Se atribuye a los siglos XIX y XX el descubrimiento y afirma-ción de los derechos del hombre. Confundimos muchas veces la manifestación o proclamación de un principio con el naci-miento del mismo, que la precede en el tiempo. Fue la Iglesia, por voz de sus Papas y tras un largo trabajo del pensamiento acerca del ius, la que en fecha tan lejana como la segunda mitad del siglo XIV, los definió. Para comprender bien la naturaleza del problema debemos comenzar recordando una diferencia de matiz que no es baladí: aunque la expresión nos parezca equivalente, no es lo mismo referirnos a derechos humanos que a derechos del hombre, pues en la primera de ambas definiciones, que es la sostenida por la Iglesia, se quiere decir que tales derechos se encuentran en la propia naturaleza del hombre, como ha sido creado, mientras que en el segundo se les presenta como resultado de un consenso o contrato social, que los hombres establecen por si mismos. Se advierte esta diferencia cuando se compara la formula norteamericana con la de la Convención francesa.

Si los derechos son establecidos por los hombres éstos pueden modificarlos. Por eso es conveniente aplaudir y apoyar con calor cualquier clase de establecimiento de derechos generales humanos pero sin perder de vista este matiz. Los cristianos estamos obligados a luchar para conseguir que tales derechos inherentes no se reduzcan ni alteren en su esencialidad. Por eso aborto, eutanasia y manipulaciones genéticas se denuncian como desviaciones peligrosas.

La Iglesia parte de un punto doctrinal que resulta, por otra parte, indudable: todos los hombres, siendo criaturas de Dios a quien deben la vida, son, en su naturaleza, iguales. Las diferencias raciales son meramente aleatorias: el color de la piel se coloca en la misma línea que la diferencia de estatura, el tinte de los ojos o la forma de la nariz. Tales diferencias resultan convenientes porque revelan que cada uno de los seres humanos, hombre o mujer, responde a características concretas que no se repiten: nada tienen que ver con la capacidad para el desarrollo de la existencia que está señalada por ese destino último de encuentro con Dios en la vida eterna. Esto es lo que verdaderamente importa. Cada persona debe aprovechar las circunstancias incluso aquellas que le parecen más adversas, para alcanzar este fin. Solo él puede colmar el ansia de felicidad que cada hombre lleva dentro. Como una especie de signo externo de tal igualdad, es preciso reconocer en todos los hombres, en cada hombre - Clemente VI y Eugenio IV lo explicaron en documentos que sorprenden por su claridad - tres derechos que son inalienables a su naturaleza: a la vida; a la libertad personal; y a la propiedad de aquellos bienes que ha producido. Se conculcan con harta frecuencia, pero eso sucede a causa de la injusticia y del pecado.

4. No puede decirse que las situaciones de injusticia estén corregidas, ni tampoco que los derechos humanos sean afirmados por todos de manera absoluta y certera. Algunos aspectos, desde luego que si, demostrando lo que decíamos al principio, que el bien acaba por abrirse camino. Pero, en cambio, se han introducido algunas incertidumbres y abusos nuevos. Por ejemplo se niega el derecho a la vida de los seres humanos concebidos pero aun no nacidos, y se trata de hacer extensiva la norma a los ancianos irrecuperables. A veces se ponen los derechos del hombre en relación con su ciudadanía. Se trata de prácticas, en el aborto y en la eutanasia, que al principio se presentan como practicables dentro de ciertos límites, pero la experiencia nos demuestra que tales limites no suelen durar mucho. También se declara legítimo el uso del cuerpo en contra de las leyes de la naturaleza. Y se pretende manipular la propia vida humana. Los cristianos tienen deber perentorio de combatir tales tendencias, no sólo porque van en contra de su propia doctrina, sino porque de ello depende el futuro de la Humanidad, también de los no cristianos.

Volviendo sobre un punto anteriormente tratado un curioso abuso de lenguaje atribuye a nuestros días una "liberación" de la mujer tratando de indicar con ello que las mujeres han estado siempre sometidas a condiciones de inferioridad y casi de esclavitud. Conviene evitar errores que pueden tener consecuencias serias. Algunos de los límites establecidos en la vida y conducta femeninas - lo mismo sucedía en otro sentido con los varones - no obedecían a criterios de inferioridad sino de dignidad, como era el caso de eximirlas de funciones militares: me asaltan dudas acerca de si matar a un semejante, aunque sea en guerra justa, es una condición de superioridad. Por ejemplo, cuando los Papas de los primeros tiempos reconocen el uso del velo en la cabeza a todas las mujeres lo que se está es otorgando una calidad de nobleza pues dicho uso se reservaba a las señoras de alta calidad. Los nobles debían abstenerse de trabajos asalariados y durante mucho tiempo se consideró como causa de indignidad para la mujer pobre, como para el noble, la necesidad de recurrir a ellos. Ahora sucede lo contrario pero esto afecta a varones y a hembras de modo semejante.

La igualdad entre hombre y mujer es una característica esencial de la doctrina cristiana, que se fundamenta en la doctrina de la salvación. En la práctica ha habido siempre inclinación a considerar, en la sociedad cristiana, que la vida virtuosa era mucho más abundante entre las mujeres que entre los varones, aunque éstos se hayan defendido con frecuencia denostándolas. Tampoco faltaron los predicadores que recordaban como por una mujer, Eva, había llegado el pecado al mundo. Todo esto no venía sin embargo a producir otra cosa que destacar las debilidades del varón. No hay diferencia en cuanto a los modelos de santidad.

Es importante, sobre todo, recordar, como recientemente ha hecho Juan Pablo II, que la Virgen Maria explica, con su presencia de Madre de Cristo, de que modo la más excelsa de las criaturas no es un varón sino una mujer. Profundo misterio que garantiza a la Iglesia contra cualquier posible equivocación en este terreno. Esta doctrina nos ayudará a hacer frente a una posible desviación que puede producirse en medios no cristianos: los valores masculinos y los femeninos no son alternativos sino complementarios; es importante que no se pierda ninguno de ellos en el terreno pantanoso de la promiscuidad.

Concluyamos, pues. Se hace evidente que en muchos terrenos tiene el cristiano una misión importante que cumplir en este umbral que acaba de trasponer en el camino de la esperanza. Tiene que contribuir, con la doctrina que abraza, con el ejemplo de su vida y con la comunicación abierta hacia los demás, en actitud de servicio, a que el futuro se construya rectamente. Ninguna piedra puede considerarse pequeña para la construcción del edificio.



B I B L I O G R A F Í A

La obra fundamentalmente seguida es la de Juan Pablo II, Cruzando el umbral de la esperanza, que es la entrevista de Vittorio Messori al Papa.

Yo mismo he recogido por escrito parte de esto en 2000. Razones profundas de la esperanza (ediciones Palabra).

Imprescindibles las encíclicas de Juan Pablo II, y especialmente las cartas apostólicas Tertio millennio adveniente y Novo millennio ineunte.

Alfonso López Quintás, El espíritu de Europa. Claves para una reevangelización.

Rafael Gómez Pérez, El Opus Dei. Una explicación.

Recomendamos

Noticias de ageanet

Escriba su correo electrónico